"Borges decía que si uno lee un clásico y se aburre hay que tirarlo"

El norteamericano confiesa que el argentino le enseñó que leer era placer y alegría. "Tengo tantos recuerdos de Borges que hasta sigo soñando con él", revela. En cambio, dice que María Kodama ordenó retirar sus traducciones en Amsterdam.
Por Marcelo Damiani - Para LA GACETA - Bournemont (Inglaterra)

04 Oct 2009
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Di Giovanni, de estirpe italiana pero origen norteamericano, hoy ciudadano inglés, aunque con un fuerte anclaje argentino -uno de sus hijos nació allá-, actualmente vive en el sur de Inglaterra, entre Bournemont y Portsmouth & Southsea, muy cerca de la Isla de Man. Nos recibió muy amablemente en su acogedora casa, a punto de partir a Sudamérica de nuevo, con un montón de proyectos entre sus manos y muy contento por haber terminado la traducción que realizó con su esposa de esa obra maestra de la literatura argentina del siglo XIX llamada El matadero, de Esteban Echeverría.
Di Giovanni también es autor del libro de ensayos La lección del Maestro, editada por Sudamericana en 2002, donde reúne trabajos sobre el arte de la traducción y Borges, incluyendo la introducción a la Autobiografía, que no le dejaron publicar junto con el libro. De todos estos temas -y de muchos otros más- hablamos en esta entrevista.

- ¿Podría contarnos cuándo conoció a Borges y cómo fue su relación con él?
- Conocí a Borges casi por casualidad en EE.UU. en 1967. Yo estaba preparando una antología de poesía latinoamericana en inglés por esa época. Un día fui a la única librería que había en Boston de libros extranjeros y pedí las Obras completas de Borges. El vendedor me dio el libro y me preguntó si sabía que él estaba hablando ahí la semana siguiente. Yo no tenía la menor idea de que Borges estaba en EE.UU. Entonces fui a escucharlo, una conferencia muy buena, y volví a mi casa y le escribí una carta diciéndole que me gustaría hacer un libro de su poesía en inglés, como había hecho recientemente con Jorge Guillén, el poeta español que vivía en esa zona y enseñaba en Boston, sin saber que Borges conocía bien a Guillén, conocía su poesía y estaba en contacto con él. Borges me contestó la carta, algo que nunca hacía, y me dio su teléfono. Entonces lo llamé y me citó para esa misma tarde con los poemas. Le dije que todavía no había traducido ninguno y él me dijo que vaya igual. Así empezó esa relación muy estrecha que tuvimos. Trabajamos casi diariamente durante cinco meses y al final me invitó a Buenos Aires para seguir trabajando. El se fue en abril, creo, y yo llegué a Argentina en noviembre, y empezamos a trabajar de nuevo en la Biblioteca Nacional. Yo pensaba quedarme unos meses pero al final fueron tres años y medio. Terminé haciendo 11 libros de Borges, muchos de ellos en estrecha colaboración (con él), y así me gané una fama como traductor.

- ¿Qué estaba escribiendo Borges en esa época?
- Borges había dejado de escribir. En siete años sólo había escrito un cuento chico: La intrusa, y decía que ya no podía escribir más cuentos. Dictaba sonetos, porque había podido memorizar la forma. Cuando trabajábamos en Harvard me había dicho que estaba aburrido de los sonetos. Yo le pregunté si no podía volver a escribir verso libre y él no me contestó nada. Después, desde Buenos Aires me mandó unos poemas nuevos publicados en el diario La Nación, y eran muy buenos. Al llegar le pregunté si eran poemas nuevos o material viejo que tenía olvidado en algún cajón. "¿Por qué? ¿No le gustan?", me preguntó. "Sí, me encantan," le contesté. "Son nuevos -admitió entonces-, porque usted me dijo que no escribiera más sonetos". Le dije que con esos 17 poemas tenía la mitad de un nuevo libro. "No, no -dijo-, ya no quiero editar más. No tengo confianza en estas cosas". Una noche, poco después, cenando con Bioy Casares y un montón de gente, Borges dijo: "Di Giovanni tiene la loca idea de que yo tengo que escribir otro libro de poemas". A Bioy y a todo el mundo le pareció una buena idea y al día siguiente Borges fue a Emecé a encontrarse con Carlos Frías para ver si alguien se oponía, y como de nuevo encontró aceptación, volvió y me preguntó cuántos poemas mas necesitaba para que el libro estuviera terminado. Yo le dije que otros 17, y ese libro fue Elogio de la sombra. Ahí, además, había tres o cuatro pequeñas piezas en prosa. Borges quería escribir cuentos, me los contaba, tenía siete u ocho argumentos ya, pero siempre me decía que no podía. Así que prácticamente lo tuve que convencer para que escribiera El informe de Brodie. Era interesante que yo tuviera tanta influencia sobre él. Era un hombre muy inseguro.

- ¿Cómo nació la idea de la Autobiografía?
- En inglés había dos o tres antologías de su obra. Nosotros queríamos traducir El Aleph. Era increíble que el mejor libro de Borges no estuviera en inglés. Pero por un problema con la venta de derechos no se podía hacer y Borges estaba furioso, porque había una nueva antología en camino y ningún material nuevo que pudiéramos agregar. Unos meses antes habíamos estado en la Universidad de Oklahoma, donde Borges habló sobre su vida. Yo pedí la transcripción y le propuse a Borges agregar ese material. Él aceptó, pero el texto era un lío, una digresión atrás de otra. Así empezamos de cero con un pequeño plan, para que no volviera a pasar lo de antes, y recién después de tres meses teníamos 65 páginas. En esa época se estaba separando de su esposa y había días en que estaba tan dolorido que no podía concentrarse para trabajar. Yo había dividido su vida en cinco capítulos, y cuando terminamos el primero lo mandé a Nueva York para ver si les gustaba, y por supuesto que les encantó. Al final no sólo fue editado en inglés sino también en italiano y portugués, pero no en castellano. La Nación nos ofreció hacer una versión para ellos, pero Borges no quería, y nunca me explicó muy bien por qué, sólo decía que había demasiadas fechas. Años después estuve traduciendo Evaristo Carriego y ahí sólo había seis fechas. Entonces entendí lo que Borges quería decir. Para él la esencia de una vida no estaba en las fechas.

- ¿Cómo era el Borges privado que pocos conocen?
- Él decía lo mismo a todo el mundo: según mi esposa, tenía un patrón. Como él no veía con quien estaba, parecía estar actuando todo el tiempo, porque además era muy tímido. Yo casi tuve que forzarlo a hablar en público acerca de su vida. Cuento eso en mi libro La lección del Maestro. Conmigo era distinto, a mí me contó cosas que no le debe de haber contado a mucha gente, ya que nosotros tuvimos una relación entre iguales. Además, yo era uno de los pocos que le decía la verdad.

- ¿Cuáles son sus preferencias con respecto a los textos borgeanos?
- A mí me gustaba lo que escribía bien (risas). La verdad es que me resulta muy difícil elegir, porque creo que tiene cuentos muy buenos, pero que no sé si son los mejores. Muchas veces los conceptos son tremendos. Pierre Menard, por ejemplo, tiene una idea fabulosa, pero no sé si es un cuento. A mí, personalmente, me gustan mucho los cuentos de Borges que tienen una base realista con conceptos metafísicos. En el otro extremo está La biblioteca de Babel, un cuento completamente abstracto. En cambio, cuando uno lee La otra muerte, uno tiene la idea abstracta pero el acontecimiento es bien realista. Algo similar pasa con Funes, el memorioso. Siempre que el elemento central es metafísico y está basado en la realidad física rioplatense, para mí es una combinación perfecta.

- ¿Cuáles eran las preferencias de Borges con respecto a sus propios textos?
- Cuando había dejado de escribir él decía que su mejor cuento era El sur. Hay gente que dice que le gustaba más ese porque era muy autobiográfico, pero nada que él hubiera escrito no lo era. Borges era muy monotemático, no hay personajes en sus textos, todos son extensiones de su propia personalidad.

- ¿Cuál es el mejor recuerdo que tiene de Borges?
- Tengo tantos recuerdos de Borges que hasta sigo soñando con él. Creo que mis mejores recuerdos son del trabajo que hicimos en la Biblioteca Nacional, porque realmente estar con Borges era estar con la literatura. Además me enseñó que leer era placer, alegría; siempre me decía que si uno lee un clásico y se aburre hay que tirarlo, ya que hay muchos clásicos. Hay que disfrutar la literatura.

- Usted debe haber leído muchas biografías de Borges. ¿Cuál cree que es la que le hace más justicia?

- Primero, la tradición de biografía no existe en castellano. La mayoría de las supuestas biografías que hay sobre Borges, a las que por cierto suelo encontrar ilegibles, son en realidad colecciones de memorias. Las memorias son interesantes para obtener pistas, pero todas tienen el defecto de la carencia de una investigación seria, y de que siempre los autores se terminan poniendo en primer plano, por sobre la figura de Borges, y no voy a mencionar nombres. Además, dentro de poco vamos a tener 14 biografías de Borges, y considerando que él no tuvo una vida aventurera como Hemingway, por ejemplo, me parece un poco demasiado.

- ¿Qué me puede decir de María Kodama y su relación con Borges?
- Ella era amiga mía en una época y sin embargo sigue siendo un misterio. De su relación con Borges puedo decir muy poco. Empezó estudiando noruego antiguo con él todos los domingos a la tarde, cuando Borges todavía estaba casado. Después, cuando yo volví en 1980 con la BBC para entrevistarlo con motivo de la víspera de sus 80 años, ella ya viajaba y estaba todo el tiempo con él. Hace 4 años, cuando estaba a punto de editarse la Autobiografía en castellano, yo le escribí una carta pidiéndole permiso para incluir en el libro una memoria que yo tenía de Borges a manera de introduccion. Pero ella no me contestó. Su abogado me contestó preguntándome cuánto ofrecía. Yo no estaba ofreciendo nada, era la editorial la que hacía la oferta de publicar el libro. Entonces me dijeron que no había problema con la Autobiografía, pero yo no podía incluir mi memoria. Algo raro pasa allá. Soy un tipo prohibido. Alguien me contó que en Amsterdam, con motivo de una exposición dedicada a Borges, Kodama vio mis traducciones y ordenó que las sacaran. Debía ser la primera vez desde la Segunda Guerra Mundial que prohibían libros en Holanda.
© LA GACETA

Marcelo Damiani - Novelista y ensayista, profesor de
Filosofía de la Universidad Maimónides, premio
Fondo Nacional de las Artes.

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