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Domingo, 08 de Marzo de 2009
PUNTO DE VISTA

Manejo político de las palabras

Por Enrique Fraga - Periodista experto en semiología, autor de "La prohibición del lunfardo en la radiodifusión argentina".
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El filósofo austríaco Ludwig Wittgenstein escribió que los límites del lenguaje son los límites de la mente. Por ello, si los primeros condicionan mi forma de pensar, esto influirá en el modo en que interprete la realidad y condicionará mis conductas. Las palabras, además, expresan los valores y las cosmovisiones con que las personas interactúan en sociedad. Por extensión, en política, los términos usados también expresan el mundo que construyen, es decir, las herramientas mentales con las que se abren paso en el tratamiento de lo público.

Paro o lock out
Durante los momentos más críticos del conflicto entre el Gobierno y el campo, analistas sociales hicieron hincapié en cómo los medios de comunicación contaban esta historia. No era lo mismo mencionar al paro del campo que referirse al lock out de los sectores rurales.
Si bien ambos remiten a medidas de fuerza, son términos sustancialmente distintos. El paro es un mecanismo de protesta de los obreros, mientras que un lock out es una acción que realiza el dueño de los medios de producción. La segunda alternativa fue la difundida por los discursos del Gobierno. Sin embargo, la referencia al paro prevaleció, si bien algunos medios continuaron utilizando la otra opción.
Es probable que entonces la conducta hegemónica, la confrontación constante y la reticencia al diálogo del Gobierno haya moldeado en el imaginario colectivo la idea de que el reclamo rural es más parecido a la demanda de un obrero que intenta ganarse sus derechos que a la estrategia de un patrón que impone una medida impopular. Lo interesante es ver cómo junto con la batalla librada en las rutas y en los espacios institucionales, también se realizó una puja por la imposición del sentido de los acontecimientos.
El estudio de esta pelea semiológica es relevante ya que de ella surgirán las palabras con las que en los próximos años será contada esta parte de la historia de la Argentina. En el corto y mediano plazo la expresión que predomine condicionará la comprensión del conflicto y las medidas políticas concretas que se instrumenten para su resolución.
Si el Gobierno sigue considerándose una víctima de la extorsión de una patronal ruralista, las respuestas al conflicto serán muy distintas a políticas de Estado estratégicas a largo plazo para el sector.

Politizar: ¿mala palabra?
Tras el reconocimiento de la gravedad de la sequía, se escuchó a dirigentes (entre ellos, el gobernador bonaerense, Daniel Scioli) abogar para que el problema no se politizara. La expresión se ha vuelto un cliché y es parte de la jerga del rubro. Es curioso que la consigna no politizar sea mencionada en el espacio de la política. Imagínese un pianista que ante la composición de una obra prefiriera no musicalizarla.
Politizar, según la Real Academia Española, significa "dar orientación o contenido político a acciones y pensamientos que, corrientemente, no lo tienen". En nuestra región se lo usa con un plus semántico peyorativo. ¿Por qué? Porque remite al juego egoísta y oportunista de sectores, que aprovechan la ocasión para poner palos en la rueda y obtener un rédito propio, antes que buscar la mejor solución a un problema que la sociedad civil exige.
A ocho años de la crisis de 2001, que los mismos dirigentes se refieran a su modus vivendi de tal manera, evidencia, paradójicamente, una desconfianza hacia la política. Pero, para un sistema democrático sólo el diálogo político logrará la canalización de fuerzas para la resolución de problemas. Debería reflexionarse sobre qué concepción tiene la sociedad acerca de la política para que el verbo politizar haya alcanzado tal acepción. Podría significar, por ejemplo, la acción de consolidar y de poner en práctica un proyecto socialmente consensuado. De ser así, se les exigiría a los funcionarios politizar problemas como la sequía, pero también la pobreza, la inseguridad, la educación y la salud pública.  Si los límites de nuestro lenguaje son los de nuestra mente, tales expresiones peyorativas revelan un menosprecio hacia la política como forma de construir una sociedad. Lo preocupante es que tal actitud provenga de las mismas esferas del poder político.

 


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