No me llevo bien con las etiquetas, ya que generalmente buscan aunar bajo algún criterio, más o menos fundamentado, un conjunto de discursos generalmente heterogéneos. Las etiquetas encorsetan. Construyen un corpus de manera directa o indirecta. Lógicamente, pretender visualizar/analizar al campo audiovisual tucumano en su totalidad resultaría inabarcable. La multiplicidad de temas, relatos, miradas, formatos y motivaciones nos obliga a realizar recortes. Ahora bien, ¿qué pasa cuando estos recortes no se realizan por tiempos, espacios, formatos u otras variables mensurables? ¿Qué hacemos con todos aquellos relatos que no se adecúan a un recorte que se plantea a partir de una afinidad temática y/o dramática?
Hace ya 15 años, el periodista Mario Yannoulas publicaba una nota en el Suplemento No de Página/12 sobre la 7º edición del Festival Buenos Aires Rojo Sangre. Resulta interesante cómo al referirse a las películas nacionales que participarían decía que “la mayoría son producciones de bajo -si no bajísimo- presupuesto, que en la Argentina todavía luchan contra el mote de subgénero, por no haber sido admitidas en los dominios del llamado ‘nuevo cine argentino’”. El estigma del cine de género, ese que pareciera no tener prestigio ni aura, atraviesa la historia del cine argentino.
Tanto como estudiante como en mi corta experiencia como docente de guion noté la reticencia a trabajar con géneros, aunque los relatos lo pidieran a gritos. Historias de robos y persecuciones, de casas misteriosas, de tricksters y bufones, presentadas y defendidas como dramas. En la charla cotidiana con estudiantes surge muchas veces la afirmación de “querer hacer una película seria”, idea que también me problematizó durante muchos años. Y aquí puedo ver la imposición del prejuicio, de la falsa idea del prestigio. Siento que perdemos el sentido lúdico de contar historias.
Un yugo
La noción de “seriedad” se vuelve un yugo a la hora de pensar relatos que puedan tener difusión en un cine como el argentino. Es más fácil construir un drama sin alma que una comedia funcional, no obstante el drama “pregna”. Así como la mera presencia de un monstruo no hace al terror, así como un gag no hace a la comedia, un personaje atribulado no hace al drama. El trabajo con géneros cinematográficos implica estudio. Implica un conocimiento profundo de las herramientas que nos brindan. Sobre todo, la capacidad de regular las expectativas del espectador. Y esto no tiene que ver sólo con lo que le mostramos sino también con lo que le hacemos sentir. Operación profundamente ligada con la mirada que dejamos caer sobre un tema determinado, que no opera en el plano de la historia sino en un plano emocional, subjetivo.
El cineasta boliviano Jorge Sanjinés plantea la importancia de que lxs jóvenes realizadorxs hagan las películas que quieran, del género que sea, siempre que tengan la mirada puesta en la cultura de su país, en la sociedad y en las problemáticas locales. Construimos nuestros relatos alrededor de un punto de vista sobre un tema determinado. Desde su lugar, el espectador tomará o rechazará nuestra mirada. Entonces, ninguna historia es importante per se. Todas son importantes, de acuerdo a quién la recepcione.
Detrás de los monstruos y los gags hay una mirada política de la realidad. Escribimos sobre lo que nos duele del mundo. Sobre lo que nos conmueve, nos inquieta o nos interpela. Ahí está la cuestión autoral, ahí reside la voz de la historia que vemos. Y es ahí donde podemos plantear que todas las historias son necesarias, ya que son parte de nuestra memoria audiovisual y emocional. De un acervo cultural que se nutre de todas las miradas.