Hagamos la primera e inevitable salvedad. El gran negocio, por encima del posterior análisis, es contar con Lionel Messi. Es lo mismo que ligar el as de espadas en todas las manos, el rival sabe que Argentina siempre correrá con ventaja en ese sentido y por eso debe dedicar buena parte de sus fuerzas a neutralizar la amenaza.

Pero la Selección ya sabe lo que es perder, aún con la carta invencible en su poder. El juego propone otras variables y por eso es tan atrapante. Y a la vez tan disfrutable, porque ¿hay algo más reconfortante que robarle una victoria al adversario que arrancó cargado de puntos? En eso está Francia por estas horas y en eso está Argentina.

Veamos entonces por dónde pasa el otro negocio, el más terrenal, el que no se reduce a la inspiración de un genio de la pelota. Eso obliga a mirar con lupa lo que Francia tiene. Desmenuzar al escollo de octavos de final propone buscar los puntos vulnerables de una formación que los tiene, pero que sabe esconderlos. Al contrario, lo que Francia genera en la impresión inicial es admiración y respeto por la jerarquía de sus individualidades. Las estrellas no hacen un equipo, pero vaya si ayudan.

Es importante advertir que, sin bien ganó su zona, Francia estuvo muy lejos de ser brillante. Atención con esto, porque no se trata de un rival que viene comiéndose a los chicos crudos. A Australia y a Perú los derrotó por diferencias mínimas, y con Dinamarca fue un empate de conveniencia. Quiere decir que por el momento es más lo que insinúa por el peso de sus jugadores que por lo mostrado en la cancha. Hasta ahí el antecedente inmediato.

Habrá un elemento decisivo en el partido de mañana y es la fortaleza espiritual. Antes y después de coronarse en el Mundial que organizó hace 20 años, a Francia se le criticó cierta endeblez anímica para afrontar los momentos claves. El fuego sagrado de los grandes, ese que debe aflorar en los instantes críticos, es más una carencia que un activo de los franceses. Por eso es tan valiosa para ellos la presencia en el banco de Didier Deschamps, el capitán campeón de 1998. Si alguien puede transmitirle mística ganadora a un plantel, ese es Deschamps, aquel volante central que se le plantó a Dunga en la final y lideró la victoria por 3 a 0. En el partido del corazón Argentina se le planta a cualquiera, por historia y por presente. De allí salió la reserva anímica para revertir la catástrofe croata y ganarle a Nigeria con la épica del minuto 86.

Línea por línea

N’Golo Kanté y Blaise Matuidi son la usina que nueve a Francia en la mitad de la cancha. Veloces, siempre bien ubicados, seguros con la pelota, están al servicio del equipo y de Paul Pogba, ya sea para asistirlo o para subsanar sus errores. Los modos elegantes y precisos, pero también cansinos, de Pogba merecerán especial atención. Son tres jugadores a los que es imprescindible presionar, impedirles pensar, mantener un ritmo de presión altísimo. Enunciar esto es sencillo, lo complicadísimo es llevarlo a la práctica, y más para un medio campo argentino que apenas hizo buen pie durante el primer tiempo con los nigerianos.

El trío ofensivo es un festival de grandes nombres que todavía no hizo una aparición estelar en el Mundial. Para que sigan así la clave es anular a Antoine Griezmann, ya que por él pasa la mayor responsabilidad asistidora hacia Olivier Giroud y la flecha Kylian Mbappé. Se dificulta la misión porque los tres se mueven muchísimo, sacando a los defensores de posición y metiendo diagonales letales hacia el área. Si la pelota le llega limpia a Griezmann desde el medio y él cuenta con tiempo para girar y levantar la cabeza a Francia los caminos del gol se le abren con facilidad. Australianos, peruanos y daneses pusieron en aprietos al trío de oro francés. Es el camino a seguir.

Pero se habla demasiado de lo que puede hacer Francia de mitad de cancha en adelante, mientras en este momento los franceses estudian las fórmulas para sujetar a Messi. Cuando los atacaron no fueron un canto a la solidez, por más respeto que impongan los encumbrados Raphaël Varane y Samuel Umtiti. En este caso, el negocio es por los laterales. Esa es la zona que guarda la llave del partido. Por la derecha juega Benjamin Pavard, compañero de Santiago Ascacíbar en el Stuttgart alemán. Por la izquierda el titular era Mendy, pero se rompió los ligamentos y llegó al Mundial con lo justo, así que el puesto quedó para Lucas Hernández, lesionado por estas horas. Con el tráfico en cantidad y calidad que propone Francia por el centro, ocupar las bandas y encarar repetidamente a Pavard y a Hernández –si es que juega- serán las consignas.

Voto de confianza

Todo indica que Jorge Sampaoli mantendrá a los 11 que iniciaron el partido con Nigeria en San Petersburgo. El único con alguna molestia es Enzo Pérez, pero no le impedirá afrontar el compromiso. Ángel Di María, el de rendimiento más flojo el martes pasado, es el llamado a romper la defensa francesa por el lateral. Si no, esa misión debería estar reservada a Cristian Pavón, que tiene las características de desborde y centro o remate al arco.

Los tiempos apremian; un par de entrenamientos es todo lo que tiene Argentina para preparar las variantes, ya que hoy emprenderá el vuelo a Kazan. Sampaoli volverá a enfrentar los micrófonos esta tarde y mañana saldrán a la cancha. Así son las exigencias mundialistas, una vorágine en la que todo sucede en un abrir y cerrar de ojos.

Ni siquiera la decisiva presencia de Messi volcó los augurios hacia el lado argentino. El análisis en Rusia coloca a Francia un escalón por arriba, a causa de los nombres ilustres de su plantel, pero sobre todo de lo mostrado por la Selección durante una primera fase que superó gracias a un milagro.

La de punto siempre es una posición más cómoda. Que las responsabilidades de ser favorito las asuma el rival, es el pensamiento natural de técnicos y jugadores. Pero hay que ver la otra cara de la moneda: si Argentina está en ese lugar es porque sus prestaciones futboleras invocan a la desconfianza.

Lo mejor de la clasificación fue el cambio de clima que se vive en el búnker de Bronnitsy. El desahogo del festejo posnigeria mutó en calma. Federico Fazio apareció en la conferencia de prensa con un ojo en compota y se lo adjudicó a Pavón. Es un mensaje que va más allá del chiste.

También habló Giovani Lo Celso, ese fantasma que parecía titular seguro y por ahora no disputó ni un minuto en la Copa. Lógico, jugando en Paris Saint Germain es el indicado para hablar de Francia. Jugar un partido intenso, concentrados, con mucha inteligencia, es el mantra que se despliega hacia adentro y hacia afuera.

Antecedentes

El primer adversario que enfrentó Argentina en un Mundial fue Francia, allá por 1930, en Montevideo. Le costó ganarle, fue 1 a 0. Se enfrentaron por segunda vez en nuestro glorioso 1978 y también fue victoria por lo justo, 2 a 1. Lo curioso es que ambos partidos se definieron por la misma vía, con remates desde afuera del área. En 1930 fue Luis Monti el que doblegó al magnífico arquero Thepot. En el 78, con el 1-1 y todos los nervios del Monumental en la piel, Leopoldo Luque le regaló al país un zapatazo precioso e inatajable. Moraleja: hay que tirar desde lejos, un arma que la Selección no ha empleado todavía en el Mundial, y eso que cuenta con Messi y con Ever Banega.

Los octavos de final están jugándose a pleno en los campamentos y en el alma de los hinchas. Es el duelo más atractivo que ofrece esta segunda fase del Mundial, que perdió al defensor del título y que se desbalanceó por completo.

De un lado se acumulan Argentina, Francia, Portugal, Uruguay, Brasil y Bélgica. Del otro, la lógica conduce a una semifinal entre España e Inglaterra, todo por culpa de Corea del Sur y del desastre alemán. En este baile está metida la Selección. La habían invitado al VIP, con tarjeta de lujo, pero terminó entrando por la puerta de servicio. Ahora, en la pista, la aguarda la redención. Para los cortes y las quebradas está Lionel Messi.