A los 13 años José Eduardo Darmanín encendió su primer cigarrillo. Estaba convencido de que el pucho era símbolo de virilidad y un arma de seducción irresistible para el sexo opuesto. A caballo de esa creencia lo adoptó como su mejor amigo, sin saber que en realidad estaba haciendo buenas migas con su peor enemigo. Lo supo 50 años después, en 2007, cuando sintió que el pucho le había asestado un duro golpe. Obligadamente tuvo que echarlo. Fue demasiado tarde. Lo que antes le causaba placer ahora lo ahogaba en forma recurrente. Cada vez sentía más la falta de aire; se cansaba cuando se bañaba y quedaba exhausto después de vestirse. Ni qué decir de cuando intentaba caminar...
"Hace cuatro años y medio, a mis 63 años, me diagnosticaron EPOC (Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica) pero no podía deshacerme del cigarrillo. Fumaba un promedio de 30 a 40 puchos por día. Hace tres años lo dejé porque no daba más y el año pasado tuve neumonía y me tuvieron que internar... Me sacaron de aquí en silla de ruedas..." contó José Eduardo (más conocido como Duado) a LA GACETA.
Además de aspirar diariamente nicotina, alquitrán y otras miles de partículas tóxicas que tiene el cigarrillo, Duado trabajó más de 30 años en un ambiente contaminado. Tenía un taller de rectificación de motores "y siempre laburaba con el pucho en la mano", rememora. Además, era un noctámbulo y por eso salía mucho a comer afuera y a tomar café con sus amigos. "Abandoné esta vida cuando se promulgó la ley antitabáquica... Ahora estudio computación", comenta con buen humor.
"Pude dejar el cigarrillo gracias al apoyo del equipo del doctor Héctor Hugo Altieri, del Centro de Salud. "No me abandonan nunca", valoró.