Tener un padre que es una eminencia en el mundo del vino puede ser una bendición o una condena. Para Valentina Puga fue, al principio, una carga difícil de sobrellevar. "Me metí mucha presión yo sola. La gente no solo lo reconoce en Cafayate, sino que en todo el país. Claramente yo nunca voy a ser él", admite sin vueltas. A sus 26 años, está a un paso de recibirse de enóloga y ya tiene dos marcas propias: Malcrío y Airampo. No quiere ser la copia de Francisco "Paco" Puga. No se presenta como la hija del maestro, sino con su propio nombre. "Valentina Huilén es mi nombre", aclara.

Sus papás querían ponerle un nombre francés, pero el Registro Civil de la Ciudad de San Juan, donde nació, se los negó. Tuvieron que buscar uno de pronunciación parecida, pero en mapuche. "Huilén significa primavera. Si bien la gente sabe por mi apellido que soy la hija de 'Paco', fue como querer identificarme un poquito más a mí misma", cuenta.

Estudió cuatro años de Biología y Bioquímica en Tucumán, hasta que el camino que trazó su padre empezó a seducirla: "Me comenzaron a llevar a ferias y degustaciones de vino, y ahí me di cuenta de que me gustaba cada vez más este mundo". Sin embargo, el fantasma de no estar a la altura la frenaba. "Veía a mi viejo, que identificaba cada olor que existía, y yo no", recuerda en una charla con LA GACETA. Tardó en entender que no se trataba de un don divino, sino de memoria y práctica. Que el olfato, como un músculo, se entrena con el tiempo.

Cómo es trabajar con "Paco" Puga

Cargar con el apellido Puga no es sencillo. Escuchar a todo el mundo hablar maravillas de su padre le generaba un enorme orgullo, pero también un peso que la intimidaba. Con el tiempo encontró la forma de soltar esa mochila: "Claramente yo nunca voy a ser él. Mi idea para sacarme esa presión fue buscar mi propio camino, mis propias ideas, que obviamente están influidas por él".

A la hora de definirlo como maestro, Valentina se sincera: "Es un gran maestro, te escucha mucho y te presta atención. Ha sido y sigue siendo muy buen profesor", dice. Aunque, como en todo vínculo entre padre e hija, no todo es color de rosa. "Por ahí chocamos en muchas cosas hasta que le digo: 'Por favor, relajate y avancemos'", confiesa.

HIJA Y PADRE. Valentina, junto a

Lo que más rescata es su generosidad para enseñar. Incluso a sus propios compañeros de cursada, que se acercan a la bodega en Tolombón sin experiencia previa: "Si no le entendiste a la primera, las veces que haga falta te lo va a explicar".

Valentina no separa el vino de su gente. Sus hermanos tienen otros rumbos, pero en época de cosecha o cuando hay que elegir etiquetas, aparecen. Su mamá tampoco es una asidua visitante de la bodega, pero ahí está para dar una mano en lo que necesiten. "Paco" es el que más disfruta de ese desorden: "El que más tiene ese sentimiento de alegría es mi viejo al ver a toda su familia trabajando junta", asegura. Sin embargo, la convivencia diaria no es un idilio. "Así como es lindo, es complicado también", admite sin maquillar la realidad. Trabajar juntos significa discutir, ceder y tolerarse. En esa mezcla de roces, anécdotas y uvas, los Puga encontraron su propia forma de hacer las cosas en la pintoresca bodega que tienen en Tolombón.

Los vinos

En 2023, mientras empezaba a cursar la carrera de Enología, la joven hizo su primera incursión en la bodega liderada por su padre. El proyecto se llamó Los Pupis (Hijos del Valle). "Mi viejo me dejó experimentar. Sabía que yo no tenía mucha idea, entonces me dijo: 'Bueno, probá'", rememora. Hubo pruebas en barrica, en tanque y varios intentos que no salieron como esperaba. El resultado fue un blend con todos los varietales con los que trabajaban en ese momento: Malbec, Cabernet Franc y Cabernet Sauvignon.

Un año después, ya más avanzada en sus estudios y con una vieja bodega que compró la familia, empezó a palpar el vino de otra manera. El siguiente experimento ya no fue una prueba de laboratorio, sino el resultado de un error ajeno. En una viña que arrendaban en Cachi desde hace casi una década, el Malbec empezó a mezclarse con Criolla que había crecido al mismo tiempo. Un día, el encargado del campo les mandó las gamelas de cosecha con aproximadamente un 20% de Criolla. "Imaginate cómo estaba mi viejo. Lo llamaba a este hombre, pero como trabajaba en un banco por la mañana no podía atenderlo. Desde el primer momento me di cuenta que ese vino iba a ser como 'el malcriado', el niño chico que te hace rabiar", cuenta Valentina.

Lejos de frustrarse, decidió separar la Criolla y convencer a su padre de cofermentarla con un poco de Malbec. Así nació Malcrío, un nombre que juega con la dupla de uvas (Malbec y Criolla) y con la rebeldía de los hermanos menores. Y no le fue mal porque obtuvo 93 puntos en la Guía Descorchados.

MACRÍO. El vino que nació de un error que Valentina supo potenciar.

Pero Valentina buscaba un perfil más fresco. Y en 2025 se animó a dar vuelta la ecuación: 70% Criolla y 30% Malbec. "Quería hacer algo más liviano todavía, pensando en la gente de mi edad que no consume tanto vino. La idea fue apuntar al público joven, buscar algo ligero que se pueda acompañar con una pizza, una picada o lo que elijas", explica. Así nació el Nuevo Malcrío.

El último desafío de la joven enóloga se llama Ayrampo, que se sale del molde de la bodega. "Nos faltaba hacer un rosado, y el consumo de blancos y rosados está aumentando", explica. Es 100% Malbec, pero con un pequeño porcentaje de uvas blancas en la fermentación (Sauvignon Blanc, Chardonnay y Torrontés) que le aportan frescura. Para la etiqueta, Valentina usó una foto de un airampo, un fruto silvestre de la zona. "Como mi idea es mostrar todo lo que hay acá, quería dar a conocer cosas que la gente no conoce", señala.

El ayrampo, conocido científicamente como Opuntia soehrensii, es una fruta de la familia de los cactus que prospera en los climas áridos de los Andes. Para los Incas, no era un simple fruto. Le atribuían propiedades medicinales, incluidas ciertas virtudes anticancerígenas que la ciencia moderna todavía estudia. Pero su verdadero valor también estaba en el color. Los pigmentos extraídos de su fruto se usaban como tintes intensos para teñir los textiles que definían su indumentaria y su simbolismo cultural. Medicina y arte en una sola planta.

AYRAMPO. Un vino fresco que Valentina pensó para las nuevas generaciones.

La imagen que se encuentra en la etiqueta de esta botella no fue tomada pensando en el diseño, sino durante un recorrido por Tolombón. Al ver la foto en su computadora, la joven supo que encajaba perfecto. "Es algo totalmente representativo para mí", confiesa.

Los preferidos de Valentina

A largo plazo, "La Valen", como le dicen en su casa, no se imagina lejos de las viñas. "Siento que es donde nací, donde también tengo todas las posibilidades para hacer las cosas que a mí me gustarían", sostiene. No le teme a la sombra de su padre. "Somos aliados, no enemigos", bromea. Su misión es encontrar un perfil propio, que no reniegue de la tradición, pero que se anime a explorar.

A la hora de elegir una copa, su paladar es tan amplio como su curiosidad. "Me gustan también los vinos con una madera bien integrada", aclara. Para ella, el estilo depende del día, de la compañía y del momento. Sus favoritos de la bodega Fracisco Puga y Familia son el Contemporáneo, un Cabernet Franc “con las pirazinas justas”, y Los Colorados Pucará, un 100% Malbec. Pero si tiene que elegir uno que nunca falla, no duda: L'amitié, "el caballito de batalla de la bodega".

En un valle donde la vitivinicultura es tradición, Valentina Huilén Puga es una de las voces más frescas de la nueva generación. Una voz que llegó para quedarse.