Una empresa incorpora personal, compra equipos y amplía sus instalaciones. Al finalizar el año, descubre que las ventas crecieron, pero menos que sus costos. Hay más personas en la empresa, más tecnología y más capital invertido, aunque la capacidad de producir y generar resultados no mejoró en la misma proporción. La organización es más grande, pero no necesariamente más productiva. Esta diferencia suele pasar inadvertida. En muchas empresas, crecer se asocia con vender más, contratar colaboradores o realizar nuevas inversiones. Sin embargo, ninguna de esas decisiones garantiza por sí sola una mejora sostenible. El verdadero crecimiento aparece cuando la organización logra generar más valor con los recursos que utiliza.
La productividad no consiste simplemente en trabajar más. Consiste en trabajar mejor.
La productividad mide la relación entre los resultados obtenidos y los recursos utilizados para alcanzarlos. Si una empresa incorpora máquinas y personal, pero produce prácticamente lo mismo, su productividad disminuye. Si, en cambio, logra aumentar su producción sin incrementar sus recursos en la misma proporción, mejora su eficiencia. Esta distinción también resulta relevante para analizar el crecimiento de un país. En el artículo de Lucas Pussetto publicado en El Cronista el 19 de octubre pasado se analiza la productividad de Argentina en la última década. El Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) difundió la primera medición oficial de la productividad total de los factores, junto con una nueva estimación del stock de capital de la economía argentina, la primera en veinte años. De acuerdo con esa medición, entre 2016 y 2025 el valor agregado de la economía argentina creció apenas 3,1%, mientras que los servicios del capital aumentaron 14% y los del trabajo casi 11%. Como consecuencia, la productividad total de los factores cayó, en promedio, 0,9% por año. En términos sencillos, la economía usó más recursos para producir casi lo mismo.
Puntos de vista sobre management: ¿quién aprenderá si la IA hace las tareas iniciales?Los datos del Indec muestran una señal diferente en 2025: el valor agregado creció 3,6% y 2,8 puntos porcentuales de ese incremento se explicaron por una mejora de la productividad. Es un dato positivo, aunque todavía insuficiente para confirmar un cambio de tendencia.
Para las empresas, el mensaje es claro: invertir y contratar puede ser necesario, pero no alcanza. La pregunta relevante es si esos recursos adicionales se traducen en una mejora proporcional de los resultados. Supongamos que una empresa aumentó durante los últimos años su dotación de personal, incorporó tecnología y amplió su estructura. Sus ventas también crecieron, pero sus márgenes se redujeron y cada decisión requiere más reuniones, controles y autorizaciones. Desde afuera, la organización parece haber avanzado. Desde adentro, cada nuevo nivel agrega complejidad.
La empresa tiene más recursos, pero también más tareas duplicadas, tiempos de espera y dificultades de coordinación. Parte del personal calificado se ocupa de actividades administrativas que podrían simplificarse. Los sistemas no se comunican entre sí y la información debe cargarse varias veces. Los responsables intervienen en decisiones que podrían resolverse en niveles inferiores. En estos casos, el problema no es la falta de esfuerzo. Las personas pueden estar trabajando muchas horas y, aun así, la productividad permanecer estancada. La eficiencia se pierde en pequeños obstáculos cotidianos: información que llega tarde, procesos que nadie revisa, reuniones sin decisiones, controles que se superponen y tareas que dependen del conocimiento de una sola persona. Cada ineficiencia puede parecer menor. Sumadas, determinan cuánto valor produce realmente la organización.
Hay que revisar cómo se trabaja
Cuando aumenta la carga de trabajo, la respuesta más inmediata suele ser incorporar personal. A veces es la decisión correcta. En otras ocasiones, solamente agrega capacidades a un proceso que ya funciona mal.
Puntos de vista sobre management: tu caja no es ganar dineroAntes de contratar, conviene observar qué actividades realiza el equipo, cuánto tiempo demandan y qué parte de ese trabajo aporta valor al cliente. Puede ocurrir que la necesidad de una nueva incorporación desaparezca al eliminar una carga duplicada, automatizar una tarea repetitiva o redistribuir responsabilidades. También puede descubrirse que el verdadero faltante no es cantidad de personas, sino capacitación, herramientas tecnológicas o mayor claridad en los roles. Este análisis no busca exigir que menos personas hagan cada vez más. Una mejora genuina de la productividad no debería basarse en acelerar indefinidamente el ritmo ni en trasladar el costo al agotamiento del equipo. El objetivo es eliminar obstáculos para que las personas puedan concentrarse en aquello para lo que fueron contratadas.
Un profesional dedicado durante horas a buscar información dispersa, corregir errores de carga o solicitar múltiples autorizaciones no está aplicando plenamente su capacidad. La empresa paga por su conocimiento, pero utiliza buena parte de su tiempo en compensar fallas del sistema. Algo similar sucede con la incorporación de tecnología. Comprar un sistema, renovar equipos o implementar inteligencia artificial puede elevar la productividad, pero solamente cuando la empresa cuenta con procesos y personas capaces de aprovechar esas herramientas. La tecnología no corrige automáticamente responsabilidades ambiguas, información desactualizada o circuitos innecesariamente complejos. Incluso puede acelerar errores que antes se producían a menor escala.
Puntos de vista sobre management: la IA no ordena el caos, lo aceleraPor eso, antes de invertir, la organización debería definir qué problema quiere resolver, qué indicador espera mejorar y quién será responsable de la implementación. Sin esas respuestas, la compra corre el riesgo de convertirse en un nuevo recurso subutilizado.
La inteligencia artificial ofrece una oportunidad particularmente relevante. Puede reducir el tiempo dedicado a tareas repetitivas, facilitar el análisis de información y ampliar la capacidad de los equipos. Pero su impacto dependerá menos de adquirir una herramienta que de rediseñar la forma de trabajar.
Una empresa desordenada puede incorporar inteligencia artificial y continuar siendo improductiva, solo que a mayor velocidad.
Medir para comprender...
La productividad no siempre aparece de manera directa en los estados contables. Por eso, cada empresa necesita definir indicadores vinculados con su actividad. En una industria puede medirse la producción por hora, el nivel de desperdicio o el uso de la capacidad instalada. En una empresa de servicios, pueden observarse las horas necesarias por proyecto, los tiempos de respuesta, los reprocesos o la cantidad de clientes atendidos por equipo.
También es importante relacionar esas métricas con la calidad. Producir más rápidamente no representa una mejora si aumentan los reclamos, las devoluciones o los errores. Los indicadores deberían ayudar a formular preguntas, no limitarse a evaluar personas. ¿Por qué un proceso requiere más tiempo que antes? ¿Dónde se originan los reprocesos? ¿Qué tareas concentran las demoras? ¿Qué conocimientos posee una sola persona? ¿Qué inversión no está generando el resultado esperado?
Puntos de vista sobre management: ¿cuánto cuesta la tecnología?Medir permite distinguir si la dificultad proviene del desempeño individual o del diseño de la organización. Muchas veces, el problema atribuido a las personas está en el proceso dentro del cual trabajan.
La productividad también adquirirá mayor importancia por razones demográficas. La caída de la natalidad y el envejecimiento de la población harán que la contribución del trabajo al crecimiento tienda a disminuir. Para las empresas, esto se traducirá en una competencia creciente por el talento calificado. En ese escenario, la respuesta no puede limitarse a contratar más personas. Será necesario aprovechar mejor las capacidades disponibles, desarrollar al equipo y evitar que los perfiles más preparados dediquen su tiempo a tareas de poco valor. Formar, documentar y transferir conocimiento será tan importante como incorporar tecnología. Una organización productiva no es aquella que depende de colaboradores excepcionales para compensar procesos débiles, sino la que crea condiciones para que todo el equipo pueda desempeñarse mejor.
Crecer de otra manera
La inversión y el empleo seguirán siendo componentes fundamentales del crecimiento. Pero ambos enfrentan límites: el capital puede generar rendimientos cada vez menores y el talento disponible será más difícil de encontrar.
La productividad permite superar parte de esas restricciones. No exige necesariamente menos recursos, sino una relación más inteligente entre los recursos utilizados y los resultados obtenidos.
Para una empresa, mejorarla puede significar simplificar un circuito, eliminar una tarea innecesaria, capacitar a un colaborador, rediseñar un puesto, aprovechar mejor una máquina o transformar información dispersa en una decisión oportuna.
Ninguna de estas acciones suele producir el impacto visible de una gran inversión. Sin embargo, son las que permiten que las inversiones y las personas generen verdaderamente más valor.
El dato positivo de 2025 abre una oportunidad, pero no garantiza una recuperación sostenida. Lo mismo ocurre dentro de las empresas: un buen año puede responder a circunstancias favorables; una mejora permanente requiere capacidades que puedan repetirse.
La pregunta ya no debería ser solamente cuánto queremos crecer, sino cómo pensamos hacerlo.
Porque una empresa puede sumar personas, tecnología y capital sin volverse mejor. La productividad comienza cuando esos recursos dejan de ser una medida del tamaño y se convierten en una fuente real de valor.