Una sierra cae por ambos límites. De un lado se corta, abrupta y gigante mientras que del otro cae suavemente formando un valle ondulado. Aquella cadena montañosa es la que contiene a un pueblo surcado por los arroyos cristalinos que ondulan entre bosquecillos de plantas homónimas, algarrobos, chañares y jarillas que se distribuyen en salpicones por una localidad llena de encanto. Achiras es ese punto casi caído del mapa de Córdoba, guardado por la Sierra de los Comechingones y que se reserva la carga de ser uno de los sitios más importantes de la historia del siglo XIX.
Cómo llegar al pueblo turístico de Catamarca que tiene la Virgen más grande del mundo“La linda del Sur” es el bautismo de Achiras, un pueblo pegado a San Luis y que guarda el encanto de las Sierras Bajas. En los rincones abunda el esplendor de la Canna indica o Achira, la planta nativa que recorre todo el pueblo con sus flores rojas o amarillas y hojas grandes que se instalan en aquellos lugares donde los arroyos surgen inesperados. De telón de fondo se muestran las Sierras de los Comechingones completando un enclave de gran belleza y una de las joyas turísticas más importantes de la región austral de Córdoba.
Casonas inglesas y el silbato del progreso
Ubicado estratégicamente a poco más de 270 kilómetros de la capital cordobesa, el entramado urbano parece esconderse a simple vista. Basta con adentrarse en sus callejuelas para descubrir un trazado adoquinado donde el murmullo de los arroyos es el único sonido constante. Entre la vegetación silvestre emergen sombras de otra época: chalets y casonas de clara arquitectura inglesa de finales del siglo XIX que revelan el pasado de un destino que supo enamorar a las familias aristocráticas que buscaban refugio veraniego.
El gran giro en el destino del poblado ocurrió en 1913, cuando el silbato del ferrocarril interrumpió por primera vez el silencio de la sierra. El tren, que partía directamente desde Buenos Aires como punta de línea del ramal de Vicuña Mackenna, no solo trajo progreso e impulsó el comercio local, sino también a veraneantes de Río Cuarto, San Luis y, muy especialmente, de Rosario. Este último grupo terminó echando raíces tan profundas que bautizó a todo un sector de la localidad como el "Barrio Los Rosarinos".
El Puentecito de los Rosarinos que resolvió los cruces por el barrio
Fue justamente la impronta de esos visitantes la que resolvió una de las mayores incógnitas del pueblo de la época: cómo cruzar el escurridizo curso de agua que dividía al casco urbano del área de los balnearios. La leyenda local rescata que en el verano de 1928, tras el aparatoso chapuzón de una vecina que intentaba cruzar por un inestable tablón de madera, los veraneantes rosarinos decidieron financiar y levantar una estructura definitiva. Hoy, el icónico "Puentecito de los Rosarinos" se mantiene en pie sobre la calle Cabrera como una reliquia arquitectónica que aún une la historia con el descanso.
Pero la mística del lugar no comenzó con el tren. Siglos antes de la llegada de las casonas inglesas, este punto geopolítico ya ostentaba una importancia vital. A solo cinco kilómetros del centro se encuentra la histórica Posta de Los Nogales, una parada obligada sobre el antiguo Camino Real por la que pasó el mismísimo General José de San Martín en su marcha hacia la gesta libertadora de Cuyo. Esos mismos paisajes, clave más tarde durante la campaña del desierto, hoy se resguardan en las salas del Museo Histórico local.
Un oasis con piletas naturales
En la actualidad, cuando el calor apremia, la magia del pueblo se traslada al cauce de sus arroyos. Las aguas cristalinas de Los Coquitos y del río Achiras se encajonan en paredes de granito creando piletas naturales de hasta dos metros y medio de profundidad, cascadas ocultas y playas de arena fina. Sitios como "La Ollita", rodeados por la sombra tupida de sauces ancianos, invitan a almorzar un tradicional lechón a la pizza o un plato de locro casero antes de adentrarse en senderos de caminata. Se trata, en definitiva, de un oasis donde el tiempo decidió detenerse entre el susurro del agua y el aroma a jarilla.