Mucho antes de que llegue al cine, “La Odisea” ya había construido un relato sobre la lucha, el amor por la patria, la perseverancia y el regreso. El viaje de Ulises no es solo el recorrido de un hombre: es también una historia sobre los obstáculos, la lealtad, el vínculo con los otros y las transformaciones que atraviesa una persona antes de volver a casa.

“La Odisea” narra el largo regreso de Ulises a Ítaca después de la guerra de Troya. En el camino, el héroe enfrenta guerras, pérdidas, tentaciones y criaturas que ponen a prueba su resistencia, mientras intenta regresar junto a su esposa Penélope y su hijo Telémaco.

Un grupo de tucumanos descendientes de la comunidad griega hablan sobre cómo mantienen vivas esas virtudes a pesar de la distancia.

Valores que prevalecen

Para la cultura griega, estos valores todavía conservan un significado profundo. “El amor hacia el compañero, sobreponerse al dolor y seguir adelante. Son virtudes que nos gobiernan”, resume Estela Mabel Escobar, representante de la colectividad helénica en Tucumán.

La odisea de los tucumanos que pasan hasta 12 horas sin agua: “Es imposible vivir así”

También destaca el compañerismo, la lealtad y la necesidad de celebrar la vida aun frente a la certeza de la muerte: “La muerte nos acompaña en todo momento y entendemos que estamos de paso en esta vida, siempre con la pasión de vivir cada instante”.

La nueva adaptación cinematográfica dirigida por Christopher Nolan funciona, en ese sentido, como un disparador para volver sobre una historia mucho más antigua que la pantalla.

En opinión de Juan Manuel Frangoulis, descendiente de griegos y referente de la librería “El Griego”, “La Odisea” forma parte de un legado que atravesó siglos y que también dejó su huella en la manera occidental de pensar.

Estela, por su parte, encuentra en el viaje de Ulises otra enseñanza: los obstáculos transforman a quienes los atraviesan. El poema de Homero invita al pensamiento: “Puso otra vez en reflexión la naturaleza humana, con sus luchas internas. El mito refleja nuestros monstruos internos y que el viaje transforma nuestra esencia. No somos los mismos al inicio que al final de nuestra historia”, analizó.

En ese sentido, la historia de la comunidad griega también puede leerse como un viaje. Una historia de personas que dejaron su tierra, atravesaron dificultades, llegaron a un país distinto y construyeron nuevas raíces sin abandonar completamente las anteriores.

La lucha y la libertad

La lucha es otro de los valores que atraviesa el imaginario griego y que encuentra un eco particular en la historia de su pueblo. Mucho antes de la conformación de la Grecia moderna, distintas generaciones atravesaron guerras, ocupaciones y procesos de transformación lpolítica. La independencia frente al Imperio Otomano fue resultado de años de enfrentamientos y de una lucha que dejó una profunda marca en la identidad nacional.

“Libertad o muerte” resume, en consideración de Estela, parte de ese espíritu. No se trata solamente de una consigna histórica, sino de una idea que, según explica, permanece presente en la cultura griega y en la manera en que sus integrantes entienden su propia historia.

Esa tradición de resistencia también aparece en las historias de las islas griegas. Estela recuerda que, durante períodos de ocupación, incluso cuando estaba prohibido enseñar el idioma, fueron los monasterios los espacios donde se conservó parte de ese legado. La lengua, la religión y las costumbres se convirtieron así en formas de preservar una identidad frente a las adversidades.

“La lectura de ‘La Odisea’ ofrece una riqueza que ninguna película puede agotar”

La historia familiar de los griegos que llegaron a la Argentina también estuvo atravesada por esa búsqueda de una vida posible. Muchos de ellos abandonaron sus lugares de origen escapando de los conflictos del Imperio Otomano y llegaron a un país que, para aquellos inmigrantes, representaba una oportunidad para comenzar nuevamente. 

Una identidad hecha de pueblos

La travesía de los inmigrantes griegos no cesó con su llegada a la Argentina. Como ocurrió con tantas otras corrientes migratorias, la adaptación implicó construir una nueva vida sin abandonar por completo aquello que los vinculaba con su lugar de origen. En ese proceso, la identidad griega también comenzó a mezclarse con la argentina.

En opinión de Juan Manuel Frangoulis, esa mezcla es una de las características más valiosas de la sociedad argentina. “Somos ese pueblo que es mezcla de pueblos, voces e identidades”, sostiene. Griegos, italianos, españoles, franceses, alemanes y otras comunidades fueron incorporando sus propias historias a una sociedad que terminó construyéndose a partir de múltiples raíces.
Pero esa integración no significó necesariamente que todas las identidades se fusionaran. Frangoulis plantea que, en distintos momentos, esa mezcla funcionó más como una yuxtaposición de culturas que como la construcción de una identidad propia.

En el caso de los griegos, esas raíces pueden incluso leerse en los apellidos. Frangoulis explica que las terminaciones tienen un significado particular dentro de la cultura helénica. En su propio caso, el sufijo “-is” está asociado a la isla de Creta y permite identificar el origen familiar. El apellido, de ese modo, no es solamente un nombre: también puede funcionar como una huella de la tierra de la que partieron los antepasados. Esto refleja un fuerte arraigo de un pueblo que desea llevar su tierra adonde vaya.

La barrera del idioma

La distancia no solo se mide en kilómetros. Una de las barreras más significativas recae sobre el idioma. El griego no comparte lengua materna con el español, lo que, en palabras de Juan Manuel Frangoulis, modifica no solo la manera de comunicar, sino también la forma de pensar: “El lenguaje es un mediador entre vos y la realidad, es lo que te permite decodificarla y ordenar ese caos que impresiona, cuando nuestro lenguaje es distinto, nuestras formas de pensar son distintas”, explicó.

Así también existen particularidades propias del idioma helénico. Actualmente, los centros de aprendizaje suelen enseñar griego antiguo. Sin embargo, en el país se utiliza una adaptación diferente y, tal como sucede en nuestro territorio, hay varios dialectos. “Hay un acento propio en cada isla, como para nosotros existen diferentes tonalidades”, explicó Estela Escobar.

“La Odisea” no omite esa dificultad. El texto original, escrito en un dialecto que mezcla griego antiguo, eólico y jónico, presenta una distancia temporal que hace casi imposible su traducción literal. Interpretarlo, entonces, no es solo trasladar palabras de un idioma a otro: es intentar reconstruir un pensamiento que ya no existe tal como fue concebido.

Una comunidad en crecimiento

Hoy la colectividad griega en Tucumán reúne, según el conteo de Estela Escobar, unas 40 personas, de las cuales solo 15 participan de manera activa. Pese al número reducido, algunas tradiciones se mantienen vivas en las familias: la comida, como la “musaka”, y el baile, en especialmente el “sirtaki”. Escobar también remarcó la importancia de la Iglesia ortodoxa griega, con sede en Córdoba. La referente contó además que buena parte de su propio compromiso con la causa nació de una búsqueda personal: le llevó 20 años a su familia reconstruir el rastro de su antepasado, Andrés Corajay, oriundo de las islas Cícladas. Ese recorrido, dijo, la convirtió en una promotora activa de la visibilidad griega en Tucumán, una comunidad que busca crecer y transformarse en un puente entre ciudades. “Normalmente se conocen a las comunidades más tradicionales y si bien no se puede cambiar el pensamiento, sí podemos empezar a germinar otro tipo de ideas”, explicó.

Quizás allí se encuentre la última coincidencia con el viaje de Ulises: no se trata solamente de llegar a un destino, sino de conservar aquello que nos hace saber de dónde venimos. En Tucumán, una comunidad pequeña continúa haciendo ese recorrido, entre la memoria de sus antepasados y la construcción de un lugar propio en el presente. (Producción periodística: Valentina Aranda Zóttola)