La dimensión del daño causado por el doble sismo que sacudió el estado venezolano de La Guaira y dejó casi 4.500 muertos aún se está evaluando. El auxilio llega a cuentagotas y- mientras los que están en el terreno intentan recuperarse de la conmoción-, la diáspora venezolana busca formas de ayudar.

Desde Tucumán, Ányela Aguilera, una venezolana que vive en la provincia desde hace ocho años, coordina una recaudación para socorrer a su país; desde el exilio, la cineasta Mariana Rondón describe una desesperanza que atraviesa fronteras.

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Los terremotos que sacudieron el estado de La Guaira dejaron casi 4.500 muertos, según estimaciones que circulan entre organizaciones de ayuda. Los números quedan cortos frente a lo que se ve en el terreno.

“Da culpa estar bien”

Anyela sigue la tragedia desde Tucumán, con una mezcla de alivio y culpa. Radicada en la provincia desde 2018 -tras un paso por Ecuador-, hoy sostiene un emprendimiento de comida venezolana y cría a sus dos hijos junto a su marido y sus padres. Migraron en bloque cuando les ofrecieron trabajo en Argentina.

El resto de su familia, la que quedó en Venezuela, vive en la zona oriental del país, la que no sufrió daños. “Nos da culpa estar bien”, resume, mientras coordina desde la distancia una recaudación de fondos con premios donados que se sortean entre quienes colaboran. Las donaciones pueden hacerse contactando con ella a través de la cuenta de Instagram @tequeboom.tuc o al 3813556979, de Ányela.

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El dinero se gira por una plataforma de intercambio. La persona que recibe esos fondos en el terreno es Geraldine (@dimegeri_), una venezolana que vivía en Buenos Aires y que, de vuelta en su país, se sumó a la ayuda.

Hacia el fin de semana había reunido 20.000 dólares. Es algo, ante el mar de necesidades que hay que enfrentar. En el país hay insumos, lo que vuelve casi impensable hablar de reconstrucción a mediano plazo.

El relato que llega desde adentro describe un Estado desbordado. Defensa civil y bomberos, cuenta Aguilera, no contaban con material suficiente, y fueron los sobrevivientes quienes comenzaron a rescatar a sus vecinos antes de que llegara cualquier ayuda organizada. Después se sumó la población en general, y más tarde una red de organizaciones que no siempre logra coordinarse: hay zonas donde la ropa donada se acumula porque llega repetida, y otras donde falta la comida.

Buena parte de los desplazados duermen en plazas y carpas, o directamente afuera de sus casas, por temor a los saqueos.

La Guaira quedó sin señal ni cobertura de medios oficiales, en medio de denuncias de censura. Por eso, cuenta Aguilera, mucho de lo que se sabe afuera llega a través de contactos directos y no de fuentes oficiales.

Un equipo local se organizó para relevar necesidades caso por caso, porque lo que hace falta no siempre es lo que se imagina desde afuera. Junto a los pedidos previsibles -ropa, comida- aparecen otros menos visibles: palas y picos para remover escombros, tapabocas, bolsas para residuos. También insulina y medicación para asmáticos. Los más chicos piden juguetes.

A la emergencia sanitaria se sumó un cerco administrativo, que exige trámites de validación a quienes se acercan a colaborar y límites a la cantidad de insumos que pueden transportar. Eso llevó a que algunos centros de acopio pasaran a operar de manera clandestina, ante la amenaza de sanciones para quienes los sostenían.

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La orfandad institucional también atraviesa la mirada de quienes narran el país desde afuera. La cineasta Rondón, ganadora de la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián en 2013, dijo a la agencia AFP en Bogotá que es difícil hablar de esperanza porque siente que no hay salida para Venezuela.

Su última película, “Aún es de noche en Caracas”, codirigida con la peruana Marité Ugás y basada en la novela “La hija de la española” de Karina Sainz Borgo, retrata un colapso político concebido antes del sismo y de la caída de Nicolás Maduro en enero, pero que hoy resuena con una vigencia que la propia directora no había anticipado.

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Para Rondón, la tragedia deja una lección: la comunidad venezolana, adentro y afuera, deberá sostenerse a sí misma, sin certezas sobre lo que resta del país que dejaron atrás. “Ya no existe” el país del que se fueron, dice, y solo le queda desear que exista uno mejor.