La Quebrada de Humahuaca tiene unos 155 kilómetros de extensión en los que la geografía solo arranca comentarios de admiración de sus espectadores. Un camino con el que la naturaleza agotó todos sus pigmentos, donde cada rincón vibra entre tonos rosados, marrones, blancos, naranjas y una cantidad de matices que son más que siete. Entre esa inmensidad conocida hay un pueblito que aún se mantiene escondido y ese es Tumbaya.

El pueblo argentino con 33 calles y símbolos de la masonería que busca ser uno de los mejores del mundo

La energía recorre de manera diferente las arterias de la localidad, donde las casas de adobe se impregnan de los misterios que ubicuamente laten en cada rincón de este pequeño poblado norteño. Escondido en la quebrada, se ubican los museos de piedras preciosas que con sus propiedades energizan el valle, incluso con un propio espacio donde las mismas se concentran y “limpian” a los visitantes. En Tumbaya hay una puerta, un acceso a la historia, a la cultura y a las vibraciones propias de Jujuy.

Un pueblo prehispánico escondido en la Quebrada

Los cerros que se disponen hacia atrás refulgen entre la aridez y los cielos despejados. Cada tono menos quebrado se destaca entre los colores apagados.El silencio aquí no es vacío, es un murmullo sagrado que envuelve calles estrechas y empedradas, donde el color ladrillo de las fachadas domina el horizonte regalando una atmósfera sacada de otro tiempo.

Se trata de un pueblo de raíces prehispánicas que parece detenerse cuando uno lo contempla desde la ruta, pero que hoy late con una nueva fuerza gracias a la llegada del Tren Solar, abriendo un puente moderno hacia su dignidad ancestral. Quien camina sin prisa por sus rincones descubre que esa aparente soledad es solo el resguardo de una comunidad viva, custodia de secretos coloniales e independentistas.

Tumbaya se encuentra en la Quebrada de Humahuaca, JUjuy.

Tesoros coloniales, fe y sabores ancestrales en Raya Raya

El epicentro de esa fe y misterio se resguarda tras las imponentes paredes de adobe de un metro de grosor de la Iglesia de Nuestra Señora de los Dolores. En su interior, el tiempo se bifurca: pinturas cuzqueñas traídas por los jesuitas conviven con la impactante y peculiar imagen de un Cristo crucificado vestido con polleras, una joya pictórica que estremece a los viajeros. Afuera, en el patio que abraza al templo, la tierra guarda un pedazo de la patria: allí descansan los restos de los soldados que combatieron junto al General Manuel Belgrano en las guerras de la Independencia, bendecidos por la mítica fuente donde alguna vez calmó su sed San Francisco Solano.

Pero Tumbaya también vibra en el presente de su gente y en la pureza de sus tierras. Cruzando hacia Tumbaya Grande, en el paraje Raya Raya, la herencia omaguaca se vuelve sabor en los cultivos agroecológicos de quinua, amaranto y papas andinas que brotan de la tierra. La experiencia se vuelve íntima al compartir la ceremonia del té con Doña Celestina, una referente indígena que entibia el alma de los visitantes con infusiones de hierbas nativas, pan casero y relatos de una vida entera dedicada al cuidado de los cerros.

Para quienes buscan conectar con la inmensidad a través del cuerpo, el entorno desafía con la aventura. Los antiguos senderos mineros conectan este oasis con Purmamarca en un trekking de 11 kilómetros hacia la vieja mina Dolomita, trepando entre los 2.100 y los 2.400 metros sobre el nivel del mar, allí donde el aire es puro y los colores andinos estallan en los ojos.