Mauricio Macri, (entonces) Presidente de la Nación, no paraba de mirar el reloj. Juan Manzur, (entonces) Gobernador, amonestaba con un gesto a quienes se movían del asiento. Juan Carlos de Borbón bostezaba, despojado de cualquier protocolo. Seguían tratándolo de rey de España, por más que el pantano del desprestigio ya lo había obligado a entregarle la corona a su hijo. Esa era la foto del palco durante el larguísimo desfile que engalanó los festejos de 2016. Caras aburridas, rodeadas por una multitud fervorosa. El palacio y la calle en su máxima expresión, contrastes de aquel Bicentenario que, a la luz de la historia, no sirvió para nada. Pasaron 10 años.
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Javier Milei participará de la vigilia del 9 de julio en la Casa Histórica de TucumánEn el recuerdo de aquellos días sobresale con nitidez la alegría de los ciudadanos de a pie. Fueron protagonistas de la fiesta, coparon los espacios públicos, le pusieron color y ganas a los fastos. Emocionó tanta tucumanidad desplegada en la plaza Independencia durante la vigilia del 9 de julio; los asistentes al desfile en la avenida Mate de Luna se contaron por decenas de miles. Y así con cada acto. El Bicentenario predispuso voluntades, sólo era necesaria una visión, un propósito, un horizonte hacia el cual marchar. La gente estaba lista. El problema es que nadie la lideró; peor aún, faltó un proyecto orientado a sacar a Tucumán de la mediocridad en la que languidece desde hace décadas.
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El 9 de julio de 2016 los ojos del país estaban puestos sobre la cuna de la Nación. Había recursos extraordinarios, atención política, cobertura internacional, inversiones anunciadas y un consenso casi unánime acerca de que el Bicentenario debía marcar un antes y un después. ¿Qué quedó de todo eso? Un envoltorio ceremonial, tan multitudinario como incapaz de convertirse en el punto de partida de una transformación. Fue una golosina carísima, de esas que endulzan el paladar y al ratito se diluyen. ¿Y entonces? La cuestión es mucho más profunda: ¿por qué las sociedades dejan escapar las oportunidades históricas? ¿Por qué algunos pueblos aprovechan los momentos excepcionales para reinventarse mientras otros vuelven rápidamente a sus viejos hábitos? ¿Qué explica que una ventana de posibilidades termine cerrándose sin haber cambiado casi nada?
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Guillermo O’Donnell sostenía que uno de los grandes desafíos de América Latina es la debilidad de sus instituciones. Esto implica contar con un Estado capaz de sostener políticas públicas estables, que sobrevivan a los cambios de administración y que no dependan exclusivamente de la voluntad de una cabeza circunstancial. El Bicentenario careció de todo aquello que el politólogo consideraba indispensable: un plan de largo plazo. Y eso que no faltaron los fondos, aunque las rendiciones de cuentas provocaron infinidad de dolores de cabeza. Demasiados viajes, reuniones en lujosos hoteles, almuerzos, cenas, compras discrecionales, viáticos. Lo de siempre.
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A San Miguel de Tucumán le cabe el mismo análisis. Quedó el monumento inaugurado por el (entonces) intendente Germán Alfaro, una mole de hormigón hoy insertada con naturalidad en el paisaje urbano. Un regalo de forma. ¿Y el fondo? Las grandes ciudades que lograron transformarse gracias a acontecimientos extraordinarios entendieron que el verdadero legado no eran los festejos o los monumentos conmemorativos, sino las políticas posteriores. Barcelona utilizó los Juegos Olímpicos de 1992 para rediseñar su estructura; Bilbao convirtió al Museo Guggenheim en el símbolo visible de una profunda reconversión económica; Medellín aprovechó años de inversiones continuadas para modificar su imagen internacional. En todos esos casos hubo mucho más que una celebración; la efeméride sirvió más bien de plataforma para un cambio permanente.
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Una buena síntesis: en Tucumán, el Bicentenario terminó funcionando más como un punto de llegada que como un punto de partida.
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Lo llamativo es que pocas provincias argentinas poseen un capital simbólico comparable. Tucumán no necesita inventar un relato fundacional porque es parte del origen mismo de la Nación. Cada niño argentino aprende en la escuela a dibujar la Casa Histórica y recuerda que fue allí donde los congresales declararon la Independencia (al menos así se enseñaba en el país, ¿seguirá sucediendo?). Ese patrimonio constituye un activo cultural, educativo y turístico extraordinario. Ya quisieran otras regiones contar con un trampolín como este. Pero no olvidemos, como apuntó Natalio Botana, que la historia no garantiza el futuro.
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Las naciones pueden vivir de sus recuerdos durante un tiempo, advertía Botana, pero finalmente son juzgadas por su capacidad para construir instituciones, generar riqueza y ofrecer horizontes compartidos. Es una observación que resulta especialmente pertinente para Tucumán, porque existe una tendencia recurrente a refugiarse en el orgullo del pasado. A saber: fue cuna de la Independencia, desarrolló una poderosa industria azucarera, generó una universidad prestigiosa que derramó saberes a todo el NOA, alumbró gigantes de la política, del arte, del pensamiento. Todo eso es cierto, pero ninguna sociedad puede vivir indefinidamente del prestigio heredado. La evocación permanente de un supuesto pasado glorioso suele convertirse en un obstáculo para construir el futuro. Cuando la nostalgia reemplaza al proyecto, el pasado deja de ser inspiración para transformarse en refugio.
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Los aniversarios redondos suelen funcionar como espejos incómodos, porque obligan a comparar las expectativas con los resultados. A partir de la próxima semana serán 210 los años transcurridos desde la gesta de 1816. Pues bien, sólo se habla de la cantidad de horas que pasará Javier Milei en Tucumán la noche del 8 de julio o de si el comercio abrirá el viernes 10, teniendo en cuenta que es día no laborable. Esas son todas las expectativas. Cuánta pobreza.
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Entre las concreciones del Bicentenario figura la publicación de una amplia colección de libros, en los que trabajaron numerosos académicos tucumanos. Son nada menos que 30 volúmenes; 19 dedicados a la historia y constitución de cada uno de los municipios de la provincia, y 11 temáticos sobre educación, política, agroindustria, cultura y religiosidad, entre otros abordajes. ¿Cómo está aprovechándose ese esfuerzo? ¿Son esos libros de lectura obligada en el secundario? LA GACETA empleó el año pasado los contenidos de uno de ellos para estructurar el concurso Enseñame Tucumán. O sea, hay toda clase de posibilidades de utilizar semejante reserva de conocimiento. Es cuestión de pensar.
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Pasó el Bicentenario y Tucumán volvió a ocupar el lugar periférico en el que perezosamente se ha instalado. Será porque las sociedades suelen imaginar que las oportunidades históricas regresan periódicamente, mientras la experiencia demuestra exactamente lo contrario. Los momentos son irrepetibles, la historia raramente concede segundas chances. Lo que no vale es escudarse en supuestos cambios de agendas gubernamentales, porque Tucumán viene siendo gobernada por las mismas caras desde hace 27 años, cuando Julio Miranda desplazó a Antonio Bussi del sillón de Lucas Córdoba. Los rostros son los mismos, rotando estratégicamente entre los Poderes del Estado en el afán de mantenerse vigentes. La única diferencia es que las cabelleras lucen más canosas.
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Quizá exista también un problema relacionado con la ambición colectiva. Hay pueblos que aspiran a ser protagonistas; otros se resignan a administrar la decadencia. El Bicentenario ofrecía una oportunidad extraordinaria para redefinir la identidad contemporánea de Tucumán. Flotaban preguntas y más preguntas: ¿cómo traducir el patrimonio histórico en liderazgo educativo? ¿Cómo convertir la memoria en desarrollo económico? ¿Cómo transformar la cultura en empleo? ¿Cómo aprovechar la historia para atraer inversiones, talento y turismo de calidad? No hay respuestas, nunca las hubo. Organizar un desfile es más sencillo que proyectar para las generaciones que vendrán.