El Mundial 2026 se vive en México entre el entusiasmo por recibir nuevamente la máxima cita del fútbol y los cuestionamientos por los costos, las obras y las restricciones implementadas para organizar el evento. A pocas horas del inicio del torneo, el clima que se respira en las ciudades sede combina orgullo, expectativa y también debates sobre el impacto que dejó la preparación de la competencia.

Desde Monterrey, una de las tres sedes mexicanas junto con Ciudad de México y Guadalajara, Marbella describe un ambiente marcado por la pasión futbolera. “Los últimos meses se ha sentido un gran ambiente futbolero, desde los juegos de repechaje, el tour de la Copa del Mundo y obviamente ahora con los fan fest”, dijo en diálogo con LA GACETA. Para ella, el regreso del Mundial representa “una oportunidad histórica para que la ciudad esté en los ojos internacionales y mostrar su crecimiento”.

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Gustavo Hernández García, también residente en Monterrey, comparte esa mirada positiva. “Se está viviendo de una manera única, la gente apoyando, todos desde sus trincheras, a nuestra selección nacional”, afirmó. Además, consideró que el torneo es “una oportunidad de que la gente venga, conozca y se enamore de nuestro país y de su gente”.

Sentirse parte del festejo

Sin embargo, no todos reflejan el mismo entusiasmo. Mariana Meneses, vecina de Ciudad de México, asegura que en la capital el clima que se siente es distinto al de Monterrey. “Hay un ambiente de tensión más que de fiesta”, dijo. Según contó, existe una preocupación generalizada por las manifestaciones que se desarrollan en paralelo al inicio de la competencia. En diálogo con este diario comentó que parte de la población está molesta con el Gobierno y la organización porque los preparativos se hicieron a contrarreloj. “Hubo tiempo, ocho años para lograr los cambios necesarios en la ciudad y todo se hizo a prisa”. También cuestionó el elevado costo de las entradas y consideró que el torneo terminó convirtiéndose en “un evento para gente con altos recursos y extranjeros”, y no uno en el que los mexicanos puedan participar.

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Los tres entrevistados coincidieron en señalar que los preparativos implicaron importantes transformaciones urbanas. En CDMX se realizaron obras en el estadio Azteca, el transporte público y distintas arterias de circulación. En Monterrey se avanzó con mejoras viales, adecuaciones urbanas y proyectos vinculados a la movilidad, entre ellos nuevas líneas de Metro y un monorriel que busca mejorar la circulación de visitantes y habitantes.

Las controversias aparecieron alrededor de esas inversiones. Mariana sostuvo que distintos sectores cuestionaron que los recursos fueran destinados al Mundial en lugar de atender problemas vinculados a seguridad, educación, salud y transporte. Marbella también reconoció que hubo debates sobre los costos de las obras y sobre si algunas modificaciones respondían a necesidades permanentes de la ciudad o únicamente a la competencia.  Gustavo, por su parte, consideró que las críticas son parte de cualquier organización de gran escala, aunque remarcó que muchas de las obras “perduran y serán de beneficio para todos los ciudadanos a largo plazo”.

Los entrevistados también tuvieron diferentes opiniones sobre cuál es la imagen que México está proyectando al mundo al ser sede de un evento tan importante. Mientras Mariana cree que se está mostrando una versión artificial del país, “más preocupada por la estética que por la realidad”,  Marbella considera que existe un motivo legítimo de orgullo. “Aunque creo que la mejor imagen para los turistas es una ciudad auténtica, no una versión maquillada o excesivamente controlada”, dijo.

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A pesar de sus diferencias, los tres coincidieron en que el Mundial colocó nuevamente a su país en el centro de la escena global. Para algunos representa una celebración histórica; para otros, una oportunidad para debatir qué versión de México se muestra y qué parte queda fuera de los flashes.