Imaginar que un avance contra el Parkinson puede empezar a perfeccionarse fuera de la Tierra parece una hipótesis lejana. Sin embargo, esa posibilidad comenzó a tomar forma entre mesadas de laboratorio en Tucumán, acuerdos científicos internacionales y la ingeniería espacial argentina.
Desde la Universidad Nacional de Tucumán (UNT), el equipo del Instituto de Medicina Molecular y Celular Aplicada (Immca) explora si la microgravedad puede ofrecer condiciones para ensamblar mejor nanopartículas que transporten fármacos hacia el cerebro. Dicho de manera más simple: buscan saber si, donde nada cae y todo flota, un tratamiento podría diseñarse mejor. La línea se apoya en Pegasus -una molécula con patente internacional- y en una nueva etapa de trabajo orientada a optimizar cómo ese desarrollo llega al cerebro.
En diálogo con LA GACETA, Rosana Chehín, directora del Immca y docente de la Facultad de Bioquímica, Química y Farmacia de la UNT, insistió en que nada de esto surgió de un hallazgo repentino. “No hubo un solo click. La ciencia no funciona así; es un trabajo de hormiga, silencioso y paciente. Este camino empezó hace más de 15 años en París, junto a Rita Raisman. En ese recorrido tuvimos la suerte de cruzarnos con personas clave, como Claude Burgio, que nos enseñó a mirar más allá de la mesada del laboratorio y a pensar en términos de impacto real”, recordó.
Hoy el proyecto involucra a 16 investigadores, entre becarios doctorales, posdoctorales y personal técnico. Además de cinco estudiantes de grado con distintas becas y pasantías formales. “En el Immca trabajamos bajo los estándares que nos exigen nuestras instituciones -la UNT, el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) y el Sistema Provincial de Salud (Siprosa)-. Eso implica rigor, excelencia y difusión internacional de resultados”, indicó.
Japón aprueba tratamiento con células madre contra el ParkinsonEntre los avances alcanzados, explicó, hay dos patentes internacionales ya licenciadas a una empresa de biotecnología en Estados Unidos. “Por un lado, estamos desarrollando una tecnología para detectar el Parkinson en etapas mucho más tempranas que las actuales. Y por otro, avanzamos en una molécula propia con un objetivo ambicioso que busca combinar dos efectos en una misma estrategia: tiene actividad dopaminérgica y potencial efecto neuroprotector”, explicó.
¿Qué buscan cambiar?
Para volver comprensible esa búsqueda, Chehín apeló a una imagen doméstica. “El Parkinson es como una gotera en una casa. Los tratamientos actuales, funcionan como un balde: juntan el agua para que el daño sea menor y la persona pueda seguir con su vida. Pero la gotera sigue ahí. Nuestra molécula busca hacer las dos cosas al mismo tiempo. Por un lado, ayuda a ‘poner el balde’ -mejorar los síntomas-, pero por el otro intenta subir al techo para actuar sobre la causa del problema”.
Esa ‘grieta’, explicó, es una proteína llamada sinucleína. “En el Parkinson, esta cambia su forma, se agrega y adquiere propiedades tóxicas que dañan a las neuronas y pueden propagarse en el cerebro”. La apuesta, resumió, no es sólo aliviar síntomas. “Lo que hace Pegasus es intervenir en ese proceso. No solo buscamos que el paciente se sienta mejor hoy; además, buscamos disminuir el daño neuronal. Esa doble acción, aliviar y proteger, es la gran diferencia”.
¿Cómo comienza el parkinson? Este es el síntoma que alertó a un hombre sobre la enfermedadPero incluso una molécula promisoria enfrenta un obstáculo decisivo: llegar al cerebro. “Existe una ‘aduana’ muy estricta, que se llama barrera hematoencefálica, y prácticamente no deja pasar nada. Con nuestra molécula, Pegasus, nos pasa algo similar”, señaló. Por eso el equipo trabaja con nanotecnología. “La idea es ‘empaquetar’ la molécula.” Y allí aparece el giro inesperado que conecta el laboratorio con el espacio. “Queremos fabricar esos vehículos en condiciones de microgravedad”.
El espacio
Chehín explicó por qué con otra imagen: “Aquí en la Tierra, la gravedad es como un ruido constante que no nos deja escuchar la música”. En la microgravedad, dice, ese ruido desaparece. “Es como tener un pequeño laboratorio autónomo orbitando”. La idea surgió en diálogo con investigadores de Investigación Aplicada (Invap) -una empresa argentina de tecnología, de alto prestigio internacional, creada en Bariloche en 1976 y dedicada al desarrollo de satélites, radares, proyectos nucleares y sistemas de alta complejidad- y profundizó qué podría cambiar eso para un futuro medicamento. “El espacio permite mejorar muchísimo ese proceso de ensamblado. Esto tiene consecuencias muy concretas: mayor previsibilidad, eficiencia y seguridad”, expresó.
El producto de limpieza más usado que podría aumentar el riesgo de Parkinson, según un estudioMientras SkyBio LLC -la compañía que tiene la licencia de la molécula- avanza en el camino regulatorio y se prepara para los ensayos clínicos, el equipo tucumano sigue en la “sintonía fina” del desarrollo. “Tenemos resultados sólidos en laboratorio y en modelos animales, pero aún falta el paso clave: los ensayos en personas. Un punto importante es que la síntesis de la molécula ya se pudo escalar y fue evaluada en una CRO de Washington, donde se obtuvieron resultados consistentes. Con ese nivel de avance, el desarrollo está en condiciones de iniciar el proceso regulatorio para una solicitud de Nuevo Fármaco en Investigación (IND, por las siglas en inglés de Investigational New Drug) ante la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA, por las siglas en inglés de Food and Drugs Administration), que es la instancia donde se evalúa si un candidato puede pasar a estudios clínicos en humano”, dijo. Pero puso un límite a cualquier expectativa apresurada: “El camino sigue siendo exigente y depende de la evidencia en cada etapa”.
Cuando entra Invap
Ese cruce con la medicina espacial tomó forma en diálogo con Invap. Allí trabaja Lynn Van Broock, también tucumana, ingeniera de la compañía y magíster en Ciencias Espaciales por la Universidad de North Dakota, EEUU. Su rol, explicó, es tender puentes entre ciencia e implementación. “Trabajo ayudando a traducir una idea o una investigación en un enfoque evaluable con criterios de factibilidad”. Ese cruce entre laboratorio e ingeniería aparece cuando una investigación necesita condiciones que la Tierra no siempre ofrece. “Se cruza cuando una investigación biomédica empieza a necesitar condiciones o entornos que no son habituales en un laboratorio terrestre”.
Convertir una práctica científica en un experimento orbital, advirtió, exige reformularlo casi todo. “No se trata solo del contenido científico, sino del sistema que lo hace operable en órbita”, remarcó. Desde su mirada, ese es el valor de la microgravedad: explorar condiciones difíciles de reproducir en Tierra. “La microgravedad es especial porque cambia fenómenos físicos básicos que en la Tierra damos por sentados”. Y sintetizó: “El valor del espacio no es mágico: es que permite explorar condiciones que en Tierra son difíciles de reproducir”.
La historia tiene además una dimensión personal. Van Broock dejó Tucumán a los siete años, cuando su padre ingresó a Invap y la familia se mudó a Bariloche. “Invap fue una presencia constante en mi vida, desde mi infancia hasta mi vida adulta”, dijo. Y luego contó lo que significó para ella cuando ingresó al Invap, décadas después: “Fue algo profundamente movilizador; por medio de mis padres conocí el amor por la ciencia, el esfuerzo y la vocación por materializar ideas que trasciendan”.
El primer síntoma de Parkinson que puede reconocerse en el cuerpo a temprana edadImagina que este tipo de cruces serán cada vez más frecuentes en el futuro. “Será cada vez más habitual explorar en el espacio ciertas etapas de investigación y desarrollo”. Chehín lo piensa en términos parecidos. “Nos pareció una oportunidad fascinante: demostrar que desde Tucumán y desde Argentina podemos estar en esa frontera donde la ciencia se encuentra con el futuro”.
Van Broock lo nombra con una expresión propia del sector: “La espacialización de la idea”. Y deja una última imagen que parece cerrar la nota por sí sola: “Me gusta pensar, íntimamente, que mi papá tuvo algo que ver desde algún lugar del Universo”.