El chikungunya está causando padecimientos en Tucumán desde febrero. Los informes ministeriales detallan una lista de síntomas que a primera lectura parece distante: fiebre, dolores musculares, de cabeza, en múltiples articulaciones y náuseas. Pero en el interior de los hogares, la picadura de un Aedes aegypti portador del virus puede causar malestares que van desde lo físico hasta lo psicológico, afectando todo aspecto de la vida. Trabajo, crianza, familia, educación, deportes y salud se ven contaminados en un contexto en que la circulación local ya empezó.
"Gritaban de dolor": cómo se vive en los barrios tucumanos en los que la epidemia de chikungunya no da tregua“No podía pisar”, “no podía ir al baño solo”, “nunca sentí un dolor similar” son algunas de las declaraciones que se repiten entre quienes ya recibieron un diagnóstico positivo para chikungunya. La fiebre como primer síntoma o las puntadas en alguna articulación o la espalda, también suelen ser denominador común.
Maia, estudiante y deportista
Maia Weiss Kristal tiene 24 años, es estudiante y fue una de las primeras personas en tener chikungunya no solo en Yerba Buena, sino en la provincia. En su cuadra, los casos febriles se reportaron recién dos semanas después de que cursara sus primeros síntomas. El dolor de espalda inicial que sufrió le hizo creer que solo había dormido mal. Pero menos de 12 horas después, empezaron sus sospechas de dengue. “No me podía levantar de la cama porque me dolían mucho las rodillas, no podía flexionar las piernas; ese fue el momento en que pedí ayuda”, contó. Tres análisis de laboratorio arrojaron resultado negativo para dengue, pese a que los síntomas se asemejaban. 48 horas después, quedó internada en el Santorio 9 de Julio con una fuerte baja en sus defensas. A dos meses y medio del cuadro, Weiss Kristal no recuperó por completo su actividad física. Aunque antes de la enfermedad era una persona sana y plenamente activa, el entrenamiento en el gimnasio tuvo que disminuir su intensidad a la fuerza. Mientras algunos especialistas hablan de secuelas que pueden durar dos meses, otros hablan de hasta años. “No rindo lo mismo que antes y el cuerpo no tiene la misma fuerza”, aseguró.
Cintia, madre y costurera
Chikungunya no reconoce edades, pasatiempos, trabajos ni dedicaciones. Por eso Cintia Gramajo, una madre y costurera de Barrio Crucero Belgrano, tuvo que apurar su recuperación para atender a toda su familia, también contagiada. Madre, esposo, hijo, hermanos y sobrinos fueron picados por un Aedes aegypti portador del virus. El sábado 18, Cintia empezó a sentir un dolor que la obligó a acostarse. Al día siguiente, amaneció con ampollas en la cara, la frente, el cuero cabelludo y las orejas.
Su esposo, hipertenso, tuvo 39 °C de fiebre, sabor amargo en la boca y una suba de presión. “Yo sí tenía dolores, son muy feos, te pongás del lado que te pongás –relató–. Te duele si te querés mover para un lado, para el otro. El lunes ya no me quise acostar, porque no soportaba la cama”. Durante todos esos días, tuvo que levantarse no solo por la incomodidad, sino también para cumplir con las tareas de cuidado de su familia. Su hijo de 24 años empezó con fiebre el martes siguiente. La tarea que no pudo retomar sino hasta 10 días después, fue la costura: “Era imposible trabajar, no podía mover los dedos”.
Lucas, trabajador y deportista
Entre los casos más recientes en el sur de la capital tucumana, Lucas Carranza –también de 24 años– sintió el impacto en su vida laboral y deportiva. “El viernes (17) me dolían la mano y el tobillo izquierdos nada más; después del mediodía volví de trabajar, comí, me bañé y me desperté con fiebre, con las dos piernas y manos adoloridas”, relató sobre su primer día con síntomas. Para el viernes 24, los síntomas casi habían desaparecido, pero no los resabios de la presencia del virus. En su vida cotidiana, la pelota ocupa gran parte de la rutina: trabaja en una fraccionadora de azúcar hasta el mediodía; el resto del día, queda libre. Juega fútbol 5, futsal y fútbol 11 cada vez que tiene oportunidad: dos o tres veces por semana al menos y, a veces, doble turnos los sábados o domingos. Pero con la chikungunya, incluso cuando los síntomas más potentes se habían disipado, eligió quedarse en casa. En una escala del 1 al 10, calificó el dolor de la enfermedad en el punto más alto. “Tendría que haber jugado ayer, pero no me sentía bien. Mañana también tenía que ir, pero avisé que no iba a poder”, se lamentó el viernes pasado.
Yanina y Benicio, madre e hijo
Yanina Díaz, una enfermera de 39 años, y su hijo Benicio Hernández, de 8, sufrieron la enfermedad en paralelo. A la incapacidad que les produjeron los dolores de piernas y espalda, se sumó también la compleja situación familiar que atraviesan.
No viven solos, sino con los padres de Yanina: su madre es jubilada y diabética y dedica casi la totalidad de su tiempo a cuidar a su esposo, quien tiene una discapacidad por amputación de miembros inferiores. La presencia de un mosquito portador del virus representa una severa alarma para todos, en especial para la pareja de adultos mayores.
Benicio llegó a la consulta médica en la silla de ruedas de su abuelo. Su imposibilidad para mantenerse en pie dificultó el traslado. Yanina no fue en silla de ruedas, pero necesitó de la ayuda de sus vecinos para poder salir de su casa. Los síntomas empezaron a manifestarse con un día de diferencia, pero el chikungunya evolucionó a diferente velocidad en ambos cuerpos.
En el niño, se dieron de forma veloz; en la madre, se extendieron más en el tiempo. Mientras que Benicio necesitó pañales para evitar levantarse, Yanina recibió dos sueros por hipotensión. Para la enfermera, la proliferación de mosquitos se debió a la disposición y poco mantenimiento de los canales alrededor de su barrio.
Rosario, jubilada activa
A pocas cuadras de la casa de Benicio y Yanina, en el barrio Crucero Belgrano, Rosario Alanís sufrió el chikungunya al menos por tres semanas. Postergó la consulta por dos semanas, hasta que el dolor en su brazo derecho fue insoportable, un síntoma que llamó la atención de su médico de cabecera. “No soy de las personas que se quejan, yo soy activa y con esto he dejado de trabajar”, se lamentó, mostrando los pocos movimientos que podía hacer con sus manos. La bicicleta formaba parte de su vida diaria antes del chikungunya, pero esa potencia se convirtió en un tono de voz bajo y movimientos a paso lento. “Psicológicamente me está afectando un montón, no puedo levantar las manos, no aguanto”, dijo. Aunque hace un tiempo está jubilada, continúa ejerciendo como empleada doméstica. Pero la enfermedad le quitó esa actividad. Las tareas del hogar como cocinar, picar verduras o lavar a mano son imposibles de realizar. Las artralgias empezaron el sábado 11 de abril y se extendieron, al menos, hasta finales del mes. El retraso de la asistencia médica retrasó también el diagnóstico y, con ello, la aplicación de un tratamiento efectivo.
Eduardo, trabajador farmacéutico
Los dolores de chikungunya se asemejan a los de dengue. Eduardo Medina, vecino de Villa Angelina de 45 años, pudo vivirlo en carne propia y hacer la comparación. “El dolor de pierna –remarcó–; ahora ha sido un poco más fuerte que con el dengue”. Es que entre 2024 y 2025, tuvo esta enfermedad tres veces. Ahora, le tocó un diagnóstico de chikungunya. Durante la semana que estuvieron presentes los dolores más fuertes, no pudo ir a trabajar y, a veces, tampoco levantarse de la cama. Vive con su padre de 83 años, quien lo atendió durante su convalecencia. Como medida preventiva, para evitar que un mosquito vuelva a picarlo y transmita el virus a alguien más, se mantiene abrigado con ropa de mangas largas, usa tela mosquitera para dormir, come liviano y toma mucha agua para la deshidratación. Porque un cuadro de chikungunya puede incluir síntomas gástricos como náuseas y diarrea, por lo que tomar líquido puede marcar una diferencia en la evolución del paciente. “Casi todas las casas tienen pasto en la puerta; en la cuadra de mi casa, tiran todo lo que lavan y queda el agua empozada”, ejemplificó sobre el desorden que hay en los barrios. También contó que agentes municipales visitaron su domicilio y se comprometieron a regresar para limpiar el fondo de su casa, pero nunca lo hicieron.
Hasta la última Sala de Situación elaborada por el Ministerio de Salud Pública de la Provincia, Tucumán contaba con 346 casos confirmados de chikungunya. Pero los especialistas coinciden en que los contabilizados oficialmente pueden ser menos que los que realmente hay en la provincia. La inexactitud corresponde a casos que no son notificados porque no todos los ciudadanos con síntomas se acercan a hacer una examinación médica.
Producción Audiovisual: Agustina Garrocho y Álvaro Medina