“La exageración es el prisma de la verdad” es una frase atribuida a Víctor Hugo y esa modalidad en el discurso público sirve para simplificar la realidad y empujar a la polarización, ya que reduce los matices para hacer el mensaje más impactante y comprensible. Cuando el presidente Javier Milei dice que “95% de los periodistas son delincuentes” deforma los hechos, pero consigue un fuerte efecto y los vuelve visibles, imponiendo temas y forzando posiciones de debate.
Más allá de que el Presidente amplía el espectro a editores y dueños de medios como los conductores de la eventual conjura que dice vivir el gobierno nacional hoy, ¿cree o no cree Milei en tamaño número? Su estilo es tan extremo que probablemente la mención haya sido sólo para graficar, ya que el fin de la frase fue seguramente el de ponerse en situación de perseguido. El mismísimo Juan Perón había formulado un pensamiento similar 80 años antes, aunque con mayor volumen porcentual: “con todos los diarios en contra, ganamos”.
Hoy, la relación de Milei con los medios se ha convertido en un eje central de su manejo político, ya que ha optado por confrontar abiertamente, acusando a la prensa de hostilidad y de formar parte de un entramado que busca debilitarlo. Así, el Jefe del Estado ha construído un enemigo en cabeza de los periodistas, reforzando su narrativa antisistema y la victimización. Dichos ataques le permitieron en su momento tratar de controlar la agenda y cohesionar además a su base, buscando desviar el foco de las políticas concretas. La estrategia se inscribe en una tradición populista que incluye a Trump, Bolsonaro y Bukele, quienes también usaron a la prensa como antagonista. Sin embargo, el rédito de esa táctica parece cada vez más limitado: “la gente no se chupa el dedo”, decían las abuelas.
El momento es bien especial hoy porque la política de comunicación del gobierno nacional está destruida y no hay una cabeza abarcativa que alinee el discurso ni ataje los penales. La fue minando primero el exvocero Manuel Adorni con todas sus chicanas desde el atril (y esta es otra factura que se le debería pasar internamente porque su amateurismo y soberbia de entonces condicionan aún más el cepo político que vive todo el Gobierno hoy) y también la alegre estudiantina de “mandar fruta” únicamente a través de las redes sociales, algo que se ha terminado casi con la pelotera interna entre Santiago Caputo y Karina Milei. Es obvio que las Fuerzas del Cielo han hecho un repliegue táctico.
Esa interna antes que nada fue la que debilitó el aparato digital que amplificaba mensajes, diluyendo el impacto de cualquier noticia y es ahora lo que obnubila al Presidente y lo hace buscar enemigos afuera sin mirar detrás de sus propios cortinados. Por otro lado, la opinión pública ya está irritada por sí sola: casos como el de Adorni, que lleva casi un mes de desgaste, muestran que la bronca no necesita púas mediáticas. Entonces, culpar a los periodistas puede sonar como una evasión de responsabilidades, lo que probablemente altere más a la sociedad que lo que le suma al Gobierno.
Por otra parte, la inflación persistente le quita a Milei su principal bandera: la promesa de bajar los precios. La plata alcanza menos, el trabajo no aparece y la movilidad social se estanca, generando un enojo autónomo.
Hoy, tras 28 meses de gestión, el relato de la "herencia recibida" ha perdido su facultad de escudo protector, cediendo paso a una realidad técnica y social que se mide por indicadores propios.
En este punto de inflexión, la gestión ya no se convalida en el espejo retrovisor del fracaso ajeno (el kirchnerismo), sino en la capacidad de su propio programa para generar resultados tangibles y sostenibles. La ciudadanía, que en los albores del mandato aceptó el sacrificio como una inversión de fe, comienza a contrastar las promesas de estabilidad y de crecimiento con el rigor de las góndolas y el estado del empleo, trasladando el foco del pasado hacia la eficacia del presente.
El crédito social, antes alimentado por la narrativa del ajuste inevitable, ahora exige cierta materialización de la prosperidad prometida, sometiendo al Ejecutivo a un juicio donde los únicos datos válidos son los que emanan de su propio ejercicio del poder, con impacto real en la calidad de vida de la gente. En este delicado contexto, la confrontación con la prensa pierde eficacia porque la bronca surge de la experiencia directa de la gente que no requiere intermediarios para sentir el mal momento.
Comunicacionalmente hablando, el momento es notoriamente sensible porque ha tenido que salir a hablar el mismísimo Presidente de modo visceral, mientras los problemas se le vienen alineando de mala manera en múltiples frentes y las encuestas han empezado a virar. Desde el ángulo de la virginidad perdida se le han acumulado a Milei los temas de $LIBRA, los créditos del Banco Nación y el caso Adorni, por supuesto. Entonces, aparecen las encuestas cualitativas y lo marcan con toda claridad: “vinieron a sacar al kirchnerismo por la inflación y la corrupción y ¡otra vez sopa!”, dicen los relevamientos. No extraña entonces que las respuestas a consultas sobre el futuro hayan pasado de la esperanza al escepticismo porque ahora se le está pidiendo a Milei que cambie, que sea menos rígido, menos cruzado del ajuste perpetuo o menos ideológicamente ortodoxo y que se allane a los nuevos tiempos.
Hay un punto muy a favor del Presidente y es cuando no saca la lanza y se hace escuchar con modestia. Entonces, Milei pasa a ganar en toda la línea.
Desde un costado más lógico, aunque seguramente fuera de su órbita, aunque no hay nadie quien lo haga, él reconoció con mayor hidalguía que enredarse en una pelea inocua contra los zócalos televisivos, que hoy “sería intelectualmente deshonesto” afirmar que “todos están mejor” en la Argentina. Y explicó, con tono didáctico, que “los procesos de mejora no avanzan a la misma velocidad para todos” porque “las estadísticas reflejan promedios y sabemos que hay gente en los extremos de la distribución”.
Sólo este gesto de comprensión vale más que mil diatribas contra los molinos de viento.
Cuando se humaniza, reconoce errores y baja el tono, Milei gana espacio político. Sin embargo, ese efecto le dura poco debido a que la inconsistencia comunicacional y el regreso a los insultos erosionan rápidamente la credibilidad. La falta de resultados concretos en la gestión hace que la confianza se desvanezca con mayor velocidad que lo que tarda en construirse.
En resumen, la estrategia de confrontar con la prensa funcionó en un primer momento como combustible político, pero hoy enfrenta límites claros. La pérdida del aparato digital, el enojo social autónomo y la persistencia de la inflación hacen que culpar a los periodistas sea más un desgaste que un rédito. La humanización le abre ventanas de oportunidad al Presidente, pero sin consistencia y resultados tangibles, esas ventanas se cierran enseguida.
Hoy, el desafío para el Gobierno es transformar la poca comunicación que le ha quedado en gestión visible, capaz de sostener la confianza más allá de los gestos discursivos. Así, Milei pasó de convertir a la prensa en combustible político a enfrentar un escenario en el que los reparos sociales no necesitan catalizadores y donde la humanización presidencial, aunque eficaz, se desvanece con velocidad si no se sostiene con resultados.