Una entrevista publicada recientemente en LA GACETA Literaria hecha por Flavio Mogetta a la periodista Josefina Licitra trajo ante la opinión pública tucumana un tema puntual: la inundación y posterior destrucción de un pueblo-balneario de la provincia de Buenos Aires. Y un concepto: “tendemos a desoír los desastres anunciados”, frase que no sólo llama a la reflexión, sino que abre un bucle temporal que, mal que nos pese, puede aplicarse a cualquier lugar de la Argentina, lógicamente incluyendo a Tucumán.

Licitra escribió un libro sobre el tema, “El agua mala”, poniendo su mirada de cronista sobre lo sucedido, desde 1985 y por varios años, a más de 500 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires, en el suroeste bonaerense, con las aguas del lago Epecuén. Este bañaba manso hasta ese entonces a Villa Epecuén, localidad ubicada muy cerca de la ciudad de Carhué y fundada en 1921. Se trataba de un balneario que se había convertido en un destino de la aristocracia bonaerense y porteña. Esto se debía a las propiedades de sus aguas altamente mineralizadas “similares a las del Mar Muerto”, según cartillas turísticas de la época. Hasta el día de la inundación llegó a contar con una capacidad hotelera de 5.000 camas distribuidas en 220 establecimientos entre hoteles, pensiones y residencias. Allá por la década del 70, el lugar contaba con una población estable de unas 1.200 personas y llegaba a recibir cada temporada veraniega a más de 25.000 turistas. Es decir, era un sitio de innegable y fuerte atractivo.

ANTES Y AHORA. En primer plano, cómo se veía la avenida antes de la inundación; de fondo, cómo es ahora.

Villa Epecuén es una rareza en el territorio argentino. Una aproximación al surrealismo, con un antes y un después.

Pueblos fantasmas: Villa Epecuén se fue cubriendo de agua lenta y paulatinamente

De todo lo descripto hoy apenas quedan vestigios mudos que sólo reciben eventualmente el graznido de las gaviotas, el estridente grito de los teros, el croar de los sapos y el soplo fantasmal del viento. Se ven edificios tambaleantes que desafían a la física manteniéndose en pie, un amasijo de metales, maderas derruidas, asfalto carcomido por sal, vehículos oxidados. También un tramo largo de calles de hormigón todavía en impecable estado, un tanque de agua que se levanta como un símbolo de resistencia, casi tanto como lo hace una pileta pública inaugurada en los años 70 y que, entre varios atractivos, contaba con un extraño tobogán, aún en pie. Representan en esencia y en conjunto una imagen post apocalíptica, que sobrecoge y pone al visitante en un lugar de profunda reflexión. Un escenario de la serie “The Walking Dead”, con una humanidad subyacente.

Inútil lucha contra la naturaleza

La recorrida fotográfica que acompaña a este texto surgió por una programada visita como parte de un plan de vacaciones, de hacer algo distinto en tránsito a la costa bonaerense. La idea dejó huellas y secuelas de pensamiento sobre la inútil lucha contra la naturaleza que en ocasiones emprende el hombre.

ÁRBOLES. La inundación también mató a los árboles de la ribera.

Las fotos dan una idea de cómo se ve hoy lo que alguna vez fue un bullicio de personas que iban y venían, de hoteles de calidad, de servicios que competían con los de otros lugares bonaerenses de gran atractivo, de vehículos transitando por la llamativamente nombrada Avenida de Mayo. No es la única con nombres “porteños”: también están Cangallo, Mitre y Rivadavia. O estaban…

Como parte del decorado sobrecogedor de este pueblo “fantasma”, se ven áreas de árboles secos aún en pie, pisos ribereños inestables alfombrados en parte por la sal, el castillo de una princesa europea del cual sólo se visualiza parte de los cimientos, caminos de ripio grueso que obligan a un lento transitar. También está el monumental matadero abandonado obra del arquitecto Francisco Salamone, una joya del art déco funcionalista, caracterizada por su alta torre y diseño vanguardista y que fuera inaugurada en 1938.

Inundación y robos: la lamentable historia de siempre en avenida Siria y Bolivia

Cuando todos los que moraban en el lugar se fueron, hasta hubo que trasladar los féretros del cementerio. Cuando todos se fueron, hubo que sacar lo más posible antes de que las aguas hicieran su silencioso avance destructivo. Villa Epecuén llegó a estar sumergida bajo 10 metros de agua. Cuando el nivel empezó a bajar y volvió a cobrar luz el poblado, ya todo era un antes. Un viejo morador del lugar, que volvió con los años para convertirse en el único habitante, Pablo Novak, fallecido a los 93 años en 2024, sintetizó en una entrevista de 2007 su sentimiento y el que quizás dominaba a todos quienes habitaban el pueblo: “estoy aquí porque quiero... simplemente porque me hace feliz”.

Inundación en Las Piedritas: "Todos los años pasa lo mismo", dicen los vecinos

Para el visitante, no queda más que la capacidad de asombro por una historia única que nos indaga sobre nuestras debilidades y negligencias.