A casi 7.000 metros de altura, el tiempo se vuelve lento. Cada paso exige tres respiraciones profundas. El cuerpo pesa. El aire parece insuficiente. Y aun así, la marcha continúa. Así es el tramo final hacia la cumbre del nevado Ojos del Salado, el volcán activo más alto del mundo, donde un grupo de montañistas tucumanos llegó hace pocos días. La expedición, que implicó largas travesías y temperaturas extremas (de hasta 24 grados bajo cero), dejó una experiencia inolvidable para sus protagonistas.
Matías Díaz, María del Rosario López, Luciano Ale de Moreno y Marco Muñoz contaron todos los detalles de cómo fue al ascenso hasta la cima del volcán (que además es la segunda cumbre más alta de América, después del Aconcagua.
La aventura duró 10 días y comenzó mucho antes de que apareciera la cima, el 19 de enero. Empezó en Fiambalá, Catamarca, con permisos, mochilas listas y una certeza compartida: nada se improvisa en la altura.
El primer tramo
El tramo inicial fue hacia la Ruta de los Seis Miles, que conecta Fiambalá con el Paso de San Francisco, en el límite con Chile. La primera noche, a unos 4.000 metros de altura, ya marcó el cambio de ritmo. Había que moverse despacio y escuchar al cuerpo.
El campamento base, cerca del Paso San Francisco, fue para este grupo el centro de operaciones durante varios días. Desde allí, el grupo fue sumando altura de a poco: primero el Falso Morrocho, luego el volcán Beltrán, después el San Francisco, de más de 6.000 metros. El objetivo era ascender, descansar y volver a intentar durante una semana. Así se construye la altura, detalla Díaz, de 36 años, profesor de Educación Física y guía de montaña.
Recién entonces cruzaron a Chile para encarar el verdadero objetivo. El refugio Atacama, a 5.300 metros, fue el último punto de espera. Ahí vivieron días de mucha preparación. Se ordenaron alrededor de una rutina simple y exigente: caminar, comer, hidratarse, descansar. Subir un poco más para que el cuerpo aprenda. Volver a bajar. Esperar. En los campamentos, el tiempo se estiraba entre mates, risas, silencios largos y charlas con montañistas de otros países, todos unidos por la misma obsesión: subir alto. Y volver.
El volcán más peligroso de Argentina sigue activo: dónde queda y por qué todavía se puede visitar“Los días previos al intento de cumbre se vive con incertidumbre. La cabeza trabaja todo el tiempo”, cuenta Rosario, de 28 años. El miedo no paraliza, pero acompaña. Se aprende a convivir con él, admite.
Al fin, el ascenso
Chequearon cómo estaba el clima y tomaron la decisión. El ascenso iba a ser el lunes 19 de enero. A las cuatro en punto, con las linternas frontales dibujando pequeños círculos de luz en la oscuridad y el frío mordiendo la cara, comenzaron a avanzar. Todo era subida. Todo exigía concentración. “Fue muy duro”, resume Matías.
El terreno se volvía cada vez más inestable: la piedra pómez se desarmaba bajo las botas y el cansancio aparecía sin pedir permiso. En un momento, Luciano caminaba pero no avanzaba. Literalmente. Desde atrás, Matías le gritó en broma: “¡Caminá!”. La respuesta fue tan sincera como absurda: “No puedo”. Se rieron. En medio del agotamiento, el humor siempre funciona como un salvavidas, reconocen.
“Fueron tres o cuatro horas de pelearle al frío, frío que no te permite descansar y te obliga a estar en movimiento”, señala Rosario. Superados los 6.700 metros, el mundo se redujo a lo esencial: respirar, dar un paso, volver a respirar.
Rosario y Marco avanzaron primero. Con el sol asomando sobre el horizonte y la inmensidad de volcanes desplegándose alrededor, alcanzaron la cumbre cerca del mediodía. Los últimos 30 metros fueron de escalada, asegurados a cuerdas fijas, con la certeza de que allí no hay margen para el error.
Rosario alcanzó a gritar ¡Cumbre! ¡Llegamos!”. A 6.893 metros, la felicidad fue total. “Toda montaña arriba de los 6.500 es un proyecto enorme y muchas veces no se logra. Esta vez la montaña nos dejó llegar”, cuenta.
Luciano y Matías alcanzaron la cima cerca de las dos de la tarde. No hubo gritos ni festejos exagerados. Hubo miradas largas, abrazos torpes por los guantes gruesos y mucha emoción. “Es una sensación muy linda estar allá arriba”, cuenta Matías, uno de los fundadores de la Tecnicatura en Guía de Montaña en Tucumán, carrera que están cursando actualmente quienes lo acompañaron a la cumbre del volcán.
En ese silencio helado, los pensamientos viajaron lejos. “Pensé en mi nene, que siempre me pregunta a dónde voy y dice que cuando sea grande me va a acompañar. Y pensé en mi señora, que siempre me banca y espera”.
Christian Petersen habló sobre su descompensación en el volcán Lanín: qué recuerda del episodio“Si tuviera que resumirlo en una palabra a esta experiencia, sería durísima”, dice Matías, riéndose. Pero la montaña, como la vida, deja algo más que cansancio: enseña a perseverar, a confiar en otros y a entender que, a veces, avanzar es simplemente animarse a dar un paso más. Y respirar.
El tramo más desgastante
Para Luciano, de 29 años, el tramo final fue el más desgastante. “Dabas dos pasos para adelante y retrocedías tres o cuatro”, explica sobre un sector de arena suelta que parecía una broma pesada. “Era muy exigente física y mentalmente”, apunta. A esa altura, según describe, el cuerpo entra en otro modo: todo se vuelve más lento -los movimientos, las decisiones, el ritmo- como si el mundo estuviera en cámara lenta y el oxígeno llegara a cuentagotas.
Cuando llegó a la cumbre, lo primero que sintió fue alivio. Después vino la alegría. Aprovechó que tenía señal e hizo una videollamada para mostrar dónde estaba. Y la dimensión del lugar: estar parado ahí, casi 6.900 metros, rodeado de volcanes, con el mundo extendiéndose abajo, fue una emoción difícil de poner en palabras. Pero ideal para compartir con el celular.
La bajada
La bajada fue rápida, pero muy cuidada. En la montaña, llegar no alcanza: hay que volver. La cima es apenas la mitad del camino, aclaran. Cuando pisaron el campamento, montañistas de otras expediciones los felicitaron. Recién entonces la tensión se aflojó.
Un volcán de Costa Rica revela cómo pudo haber existido vida en Marte¿Es una expedición muy arriesgada?, les consultamos. Admiten que el riesgo nunca deja de estar presente. De hecho, según cuentan, semanas antes, un montañista había muerto bajando de esa misma cumbre. La noticia circula, pesa, recuerda que nada está garantizado. “Estar a esas altitudes no es fácil. Hay que asegurarse a las cuerdas fijas con los arneses, tenés que estar con las luces bien encendidas ya que un error ahí te puede costar la vida. Toda montaña te enseña algo, a superar obstáculos, a no bajar los brazos; te hace ver cosas que tal vez estando en un estado de confort no lo apreciás”, resume Matías.
“Confío en la planificación y en los recaudos que tomamos: chequear el clima, aclimatar bien, prevenir el mal agudo de montaña, alimentarse e hidratarse correctamente y tener siempre un plan de contingencia”, agrega.
Para Luciano, el miedo no fue un pensamiento constante, pero sí estuvo siempre el respeto por los límites. “Si el plan decía que a las dos había que estar en determinado punto y no se cumplía, había que darse la vuelta. Sin discusión”, remarca. La rigurosidad en los detalles y el apoyo mutuo fueron tan importantes como la fuerza física, coincidieron los montañistas. El riesgo existe. Siempre. Pero aun así, para Luciano, todo valió la pena: “Valió 100%”.
De regreso, ya lejos de la cima y con la experiencia todavía latiendo en el cuerpo, el grupo empezó a hablar de nuevas montañas y objetivos. Porque quien sube sabe que ninguna cumbre es definitiva.
¿Cómo es?: el gigante bífido que duerme en la frontera
El volcán Nevado Ojos del Salado tiene 6.891 metros sobre el nivel del mar. Está en la Cordillera de los Andes, enclavado sobre el límite entre Chile y Argentina. Es el más alto del mundo y según los registros no se encuentra extinto, por lo que en algún momento podría volver a entrar en erupción: la última vez que habría ocurrido algo similar fue 1.300 años atrás. En 1993 hubo una leve emisión de cenizas volcánicas. Un dato peculiar sobre este volcán es que posee una cima “bífida” que se divide en dos picos que están situados entre sí por 50 metros: uno pertenece a la Argentina (este) y el otro a Chile (oeste). También es especial porque cuenta con el lago más alto del mundo. Para llegar, se debe ir hasta la ciudad catamarqueña de Fiambalá. Se accede a través del paso fronterizo internacional San Francisco. Una condición fundamental: estar bien entrenado.