La primera vez no siempre ocurre con otra persona. A veces sucede en soledad, con auriculares puestos y una pantalla encendida. Para muchos adolescentes y jóvenes, el primer contacto con la sexualidad no está mediado por el roce, la mirada o el vínculo, sino por imágenes que prometen placer inmediato y escenas cuidadosamente construidas. Tal como abordó LA GACETA en una nota reciente, cuando las pantallas reemplazan la piel, el inicio sexual se vuelve una experiencia desprovista de contacto real. Pero ¿qué pasa después? ¿Cómo impacta ese aprendizaje en la vida íntima, el deseo y las relaciones?

Sexólogos advierten que la huella no siempre es visible de inmediato. A menudo aparece más tarde, en forma de inseguridad, comparación constante o insatisfacción sexual.

Ivana Andrade explica que el consumo frecuente de pornografía puede generar dificultades en la vida sexual real porque despierta emociones intensas -como adrenalina o excitación- a partir de escenas que no responden a la realidad cotidiana. “Muchas de esas situaciones son ficticias, están muy cuidadas y no tienen que ver totalmente con lo real”, señala. En el consultorio, cuenta, aparecen con frecuencia varones atravesados por la idea del tamaño como medida de valor sexual, una noción reforzada por imágenes donde los cuerpos parecen responder a un ideal poco común. En las mujeres, en tanto, se repite la comparación con modelos de perfección corporal que difícilmente puedan sostenerse en la vida real, atravesada por diferencias individuales y genéticas.

Esa distancia entre lo que se ve y lo que se vive también se traduce en expectativas que condicionan el encuentro con otros. Andrade observa que existen diferencias en la forma en que mujeres y varones interpretan el contenido pornográfico, atravesadas tanto por el desconocimiento como por el exceso de información que circula en redes sociales y plataformas digitales. Mientras muchos varones quedan atrapados en la idea de que “el tamaño importa”, algunas mujeres esperan respuestas físicas o emocionales que luego no aparecen en la experiencia concreta. En ese recorrido, el porno puede generar en los varones cuestiones más subjetivas, ligadas a la presión interna y a cómo se perciben a sí mismos.

Adolescencia y pornografía: "El inicio sexual ya no es un vínculo real", cuando las pantallas reemplazan la piel

La insatisfacción en las parejas es otro de los efectos frecuentes. Según Andrade, las expectativas poco realistas juegan un papel central, especialmente en personas que consumieron pornografía desde edades tempranas. “El porcentaje de insatisfacción es mucho más alto que en quienes buscan información profesional o artículos científicos”, afirma. Allí donde el aprendizaje estuvo mediado casi exclusivamente por imágenes, el encuentro real suele sentirse insuficiente.

Intensidad

Roberto Finolli coincide en que la pornografía prioriza la novedad, la intensidad y la diversidad de actos por sobre una representación realista de la sexualidad. Esa lógica instala mitos persistentes: encuentros sexuales prolongados, erecciones firmes y constantes, lubricación inmediata, orgasmos múltiples e intensos, y una disponibilidad permanente para el sexo. “Nada de eso refleja la variabilidad fisiológica y emocional de la respuesta sexual humana”, explica.

INSATISFACCIÓN. Quienes se educaron con películas para adultos viven una vida sexual con más frustraciones.

Además, señala que el porno suele mostrar vínculos sin dudas, sin inseguridades y sin necesidad de comunicación. El impacto de estas representaciones, advierte Finolli, se siente en la vida sexual y en las relaciones de pareja. Se abre una brecha entre lo esperado y lo experimentado, que puede derivar en frustración, resentimiento e insatisfacción persistente, incluso cuando hay amor y afecto. La comparación constante instala un “silencio de performance”, donde pesa más la autoevaluación que el disfrute.

Tres ideas sobre la pornografía

Finolli sostiene que el primer paso para desaprender estas ideas es tomar conciencia de la influencia que estas representaciones tuvieron en la propia mirada sobre el sexo. A partir de ahí, el camino implica nutrirse de información científica, valorar la comunicación, el consentimiento y la conexión genuina, y construir una narrativa sexual propia, más cercana a la experiencia real que al guión aprendido. Sin todo esto, la pantalla puede seguir dictando expectativas que el cuerpo y el vínculo difícilmente puedan cumplir.