La adolescencia es una etapa de cambios intensos. El cuerpo se transforma, las emociones se complejizan y el entorno -la escuela, la familia, los vínculos- puede volverse más demandante.

En ese contexto, algunos jóvenes atraviesan un malestar profundo y persistente que no es tristeza pasajera ni “cosas de la edad”. Es depresión, y requiere ser abordada con la misma seriedad que cualquier enfermedad.

Según explica la doctora Valeria El Haj, Directora Médica Nacional de Ospedyc (la obra social con origen en la Unión Trabajadores de Entidades Deportivas y Civiles), “la depresión puede afectar entre el 3,4 % y el 5 % de los adolescentes, aunque se estima que la cifra real podría ser mayor.

“Muchos no logran poner en palabras lo que les pasa o no se animan a pedir ayuda por miedo, vergüenza o la idea de que nadie los va a entender. Eso retrasa el diagnóstico y prolonga el sufrimiento”, señala.

En esta etapa, la depresión no siempre se manifiesta como tristeza evidente. Puede aparecer como irritabilidad constante, enojo, aislamiento, bajo rendimiento escolar, cambios en el sueño o la alimentación, quejas físicas frecuentes o abandono de actividades que antes disfrutaban. El dolor emocional está presente, aun cuando no se exprese con palabras.

“Para quienes la atraviesan, incluso las tareas más simples pueden sentirse imposibles”, explica El Haj. “Levantarse, concentrarse o hablar con alguien puede vivirse como un esfuerzo enorme. No es falta de voluntad: es una enfermedad de origen multifactorial, donde influyen factores biológicos, emocionales, familiares y sociales”.

La presión académica, la autoexigencia, la comparación constante en las redes sociales, el bullying, los conflictos familiares o las pérdidas afectivas pueden actuar como desencadenantes. Por eso, la detección temprana es fundamental. La escuela suele ser uno de los primeros espacios donde aparecen las señales, y el trabajo conjunto con la familia aumenta las posibilidades de intervenir a tiempo.

Abordaje profesional

La consulta médica es otro pilar fundamental. El primer contacto suele ser con el pediatra o médico de atención primaria, quien evalúa los síntomas y, cuando es necesario, deriva a salud mental.

Los tratamientos con mayor evidencia de una resolución favorable incluyen terapias psicológicas y, en algunos casos, medicación indicada por profesionales especializados. La recuperación no es inmediata, pero es posible con acompañamiento, continuidad y sostén.

Minimizar los síntomas o esperar a que “se pase solo” puede retrasar la ayuda necesaria. En el Día Mundial de Lucha contra la Depresión, que tiene lugar todos los 13 de enero, el llamado es a escuchar sin prejuicios, a mirar la adolescencia con más empatía y a fortalecer el trabajo conjunto entre familias, escuelas y el sistema de salud. Porque con apoyo y acceso oportuno a la atención, la recuperación es posible.