Hubo un tiempo (no tan lejano) en el que el fútbol argentino funcionaba como un país dentro del país. Con reglas propias, con tiempos propios y con una lógica que parecía inmune a cualquier otro poder. Allí, la Asociación del Fútbol Argentino administraba campeonatos, castigos y premios con una autonomía que rozaba lo absoluto. Durante años nadie preguntó demasiado; o mejor dicho, muchos preguntaron, pero casi nadie los escuchó.
Ese equilibrio empezó a resquebrajarse cuando una decisión menor, casi folclórica y que tenía como fin hacerle un mimo a Ángel Di María (uno de los héroes de Qatar 2022), expuso algo mucho más profundo. El reconocimiento de un título a Rosario Central, correspondiente a un torneo que no había sido tal, no abrió ninguna causa judicial ni modificó el pasado. Pero sí rompió un pacto implícito: el de la tolerancia. A partir de ese hecho, el poder dejó de disimularse. Y cuando el poder se exhibe, también se vuelve vulnerable.
Conviene relatar todo desde el inicio para no confundir planos, porque ese título no es el hecho investigado. Las causas que hoy rodean a la AFA se apoyan en decisiones, en contratos y en movimientos anteriores a lo decidido por el Comité Ejecutivo de la AFA el pasado 20 de noviembre. Pero el fútbol, como la política, no se mueve solamente por expedientes; sino que lo hace por climas. Y el clima empezó a cambiar a partir de ese hecho.
Durante años, Claudio Tapia construyó su poder a partir de una premisa simple: ordenar hacia adentro y blindarse hacia afuera. Consolidó alianzas, repartió lugares, sostuvo una lógica de gestión que convirtió a la AFA en un sistema cerrado, eficiente para los propios y opaco para el resto. Mientras los resultados acompañaron (o al menos mientras el negocio siguió funcionando), el modelo resistió críticas y sospechas.
El problema no fue sólo la decisión en sí, sino lo que reveló; una forma de ejercer el mando sin necesidad de explicaciones, como si el fútbol no debiera rendir cuentas a nadie más que a sí mismo. Y justo allí apareció el hartazgo. Primero en voz baja, luego en forma de ironía y más tarde como enojo abierto. Los insultos a Tapia dejaron de ser patrimonio exclusivo de las hinchas de fútbol y empezaron a circular en otros ámbitos, menos tolerantes al desorden simbólico como en la calle, e incluso hasta en algunos recitales.
Ese desplazamiento es clave para entender lo que vino después. Porque cuando el rechazo deja de ser estrictamente futbolero, la política empieza a mirar con otros ojos. Y cuando la política mira y encuentra un flanco débil actúa.
El Gobierno de Javier Milei no creó las investigaciones ni inventó los expedientes. Pero sí leyó el momento y entendió que el fútbol ya no era un santuario intocable, y que el costo de avanzar había disminuido. Cuando el humor social empezó a volverse áspero y la figura del presidente de la AFA dejó de ser defendida incluso por sectores históricamente indulgentes, el Estado aceleró procesos que estaban en marcha.
No fue un ataque frontal ni una intervención explícita. Fue algo más sutil y, por eso mismo, más efectivo. En ese instante dejó de mirar para otro lado y permitió que los mecanismos institucionales funcionen sin el freno invisible que durante años los mantuvo a distancia del edificio de la calle Viamonte.
En ese marco comenzaron a tomar volumen investigaciones que apuntan al corazón financiero de la AFA. El foco está puesto en el circuito de empresas y sociedades utilizadas para canalizar contratos, cobros y pagos vinculados a la Selección y a los negocios internacionales, muchas de ellas radicadas fuera del país y sin actividad real comprobable. Estructuras “pantalla”, creadas para oficiar de intermediarias, hoy aparecen bajo la lupa por presuntas maniobras de triangulación de fondos, retornos y desvíos que, durante años, funcionaron al abrigo de un sistema que se autoprotegía. Los hechos que se analizan son previos al episodio del título, pero el debilitamiento del poder que los cobijaba permitió que esas operaciones (antes invisibles o naturalizadas) empezaran a ser observadas con otros ojos.
El enojo popular se fortaleció a raíz de las investigaciones que rodean a la AFA
Y esas investigaciones que hoy rodean a la AFA no nacen del enojo popular, pero se fortalecen con él. No se disparan por un título impropio, pero avanzan porque el contexto cambió. La justicia (como casi todo) no es ajena a los climas. Cuando el poder se percibe sólido, el margen de acción es estrecho, pero cuando ese poder se debilita las preguntas empiezan a multiplicarse.
En ese sentido, el fútbol argentino atraviesa una transición silenciosa. Ya no es sólo un espectáculo ni un negocio; es también un espacio de disputa simbólica. Durante décadas, se sostuvo la idea de que “al fútbol no se lo toca”, como si su autonomía fuera un valor democrático en sí mismo. Pero esa frontera se fue corriendo. No porque el Estado haya decidido invadir, sino porque el propio sistema dejó de justificarse.
El efecto dominó se explica así. Una decisión expone una lógica, esa lógica genera rechazo, el rechazo habilita la intervención política y la intervención despeja el camino para que las causas avancen. No hay una conspiración lineal ni un plan maestro, pero sí una secuencia reconocible.
Tapia, que supo moverse con comodidad en ese mundo cerrado, enfrenta ahora un escenario distinto. No perdió poder de un día para otro, pero perdió algo más delicado que es el consenso tácito. Y cuando ese consenso se rompe, el margen de error se achica. Cada gesto pesa más, cada silencio se vuelve sospechoso y cada antecedente se vuelve a revisar.
El fútbol argentino entra así en una zona incómoda en la que ya no alcanza con ganar tiempo ni con apelar a la épica. La pregunta de fondo no es si la AFA será investigada (eso ya ocurre), sino si el sistema está preparado para convivir con la transparencia que durante años evitó.
Tal vez el mayor cambio no esté en los tribunales, sino en la percepción social. El fútbol dejó de ser ese refugio inexpugnable en el que todo se perdonaba en nombre de la pasión. Hoy, al menos por primera vez en mucho tiempo, parece dispuesto a rendir cuentas. Y eso, para quienes construyeron poder en la penumbra, suele ser más caro que cualquier título mal otorgado.