“Argentina 1985”: la memoria tratada con fina sensibilidad

“Argentina 1985”: la memoria tratada con fina sensibilidad
05 Octubre 2022

Griselda Barale

Doctora en Filosofía

Antes de ser espectadora de la película de Santiago Mitre “Argentina 1985”, escuché una entrevista en Radio Nacional a uno de los jueces de los Juicios a las Juntas realizado en 1985, el doctor León Carlos Arslanián. El entrevistador le pregunta si vio el filme y, si lo vio, qué le pareció. El juez contesta que sí lo vio y que se sintió emocionado. Avanza la entrevista y el juez dice que ellos, los jueces, cuando deciden aceptar hacer el juicio, sabiendo que era difícil, pensaron que sería muy fuerte, peligroso y que los testimonios (si el fiscal conseguía testimonios y pruebas) serían conmocionantes. Sin embargo, nunca, jamás, se imaginaron la cantidad de testimonios y pruebas que se mostraron en el juicio y mucho menos que fueran de tan tremendo y desgarrador tenor. Si el país se sorprendió, dijo, ellos no se sorprendieron menos. Luego le pregunta el periodista sobre la veracidad de la escena donde los jueces firman una servilleta de papel estando en una pizzería y él responde que efectivamente fue así.

Esta entrevista profundizó mi deseo de ver “Argentina 1985”. Días después, en una reunión con personas cuyo criterio respeto, me sorprendió que expresaran que no se podía esperar mucho de una película sobre semejante tema con un director cuyo apellido es “Mitre”. Me pareció un comentario estigmatizador, creo que los intelectuales, aunque sea difícil, tenemos que evitar ese tipo de pensamientos que pueden perturbar el claro y libre razonamiento o, incluso, hacernos caer en nefastos prejuicios y peligrosos dogmatismos.

Por otro lado, escuché críticas de personas que se sentían defraudadas, que la obra no reflejaba el papel que, en los juicios, habían tenido actores políticos de enorme peso como el Partido Radical, el presidente Alfonsín, la APDH, etc.; no obstante, fui a ver “Argentina 1985”.

Poder que viene de lejos

Cuando comenzó el film se me aceleró el corazón y mi respiración se alteró, sin ver nada aún, simplemente por el tema que se venía, porque en el cine había mucha gente, la mayoría jóvenes que no vivieron la dictadura o, quizá, porque la memoria acerca del horror es una de mis obsesiones.

Sin duda la película no es un reflejo de ese episodio enorme, complejo, multifacético desde el punto de vista político, histórico y, por supuesto simbólico, que fueron los juicios a las juntas de gobierno 1976/1983; es una historia mínima de un acontecimiento casi inabarcable en una obra, un libro, una interpretación. Es la narración puntual, acotada, resumida de una arista de aquel hecho: el trabajo del fiscal Julio Strassera, del fiscal adjunto Luis Moreno Ocampo y de un puñado de jóvenes inexpertos que, casi sin saber muy claramente, al comienzo, de qué se trataba, se ponen al hombro el recabar información fehaciente y buscar sobrevivientes de aquellos acontecimientos ocurridos, años tras años, bajo el mando, el conocimiento y el plan estratégico de los enjuiciados: los supuestos honorables hombres de las Fuerzas Armadas Argentinas.

Es “Argentina 1985” una narración y, como tal, no se fortalece en la simple verificación del dato, en la primicia o en el acontecimiento reciente. Su fuerza proviene de un poder germinativo que viene de lejos, que se ha conservado, transformado, acrecentado en la vida y experiencia del narrador. Pero cuando se trata de un hecho no individual sino que atraviesa la historia reciente de una comunidad entera -como es este caso-, las narraciones posibles se multiplican infinitamente, se construyen y atesoran aunque no se expresen. Y cuando uno de esos narradores lo pone en novela, película, poesía o cualquier otra expresión, resulta inevitable la comparación con la narración de cada quien, es decir, ver la falta, lo no dicho, lo que debía tener y no tiene, lo que el narrador olvidó, omitió o escamoteó.

La narración no sólo hunde sus raíces en la vida misma del narrador, sino que hace huella en el que escucha; la relación entre narrador y oyente está dominada por el interés de conservar lo narrado, por ello creo que más allá de toda falta, “Argentina 1985” conserva, trae a la memoria, muestra soportablemente aspectos de aquellas historias insoportables. ¿Se puede narrar mejor? Siempre se puede, y esperemos que vengan más, muchas más narraciones, pues cada recuerdo, dice Walter Benjamin, “funda la cadena de la tradición que se transmite de generación en generación”.

En el cine se da con naturalidad aquello que según Ranciere ya deja claro Schiller en “Cartas para la educación estética”. Esto es que se suspende la oposición entre entendimiento activo y sensibilidad pasiva. Schiller dice que existen dos instintos: el instinto sensible y el instinto formal, y para que ambos sean equilibrados se necesita un tercer instinto, el del juego. Ahora bien, el juego más perfecto es el arte; en él ambos instintos alcanzan dicho equilibrio. El juego (arte) que es el cine tiene además el valor de llegar masivamente. “Argentina 1985” pondrá ante los ojos de miles -espero- una parte ínfima de aquel episodio que no podemos ni debemos olvidar y lo hace, según mi modesta opinión, con fina sensibilidad y excelentes actuaciones.

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