“La guerra es una masacre entre gente que no se conoce, para provecho de gente que sí se conoce pero que no se masacra”, afirmaba el brillante escritor y filósofo francés Paul Valéry.

Poco después, el autor de “La joven Parca” extrapoló este concepto al campo de la política, que en definitiva es la antesala de la guerra. Porque suele decirse que la guerra es el fracaso de la política, aunque la política muchas veces también es una guerra con menos bombas o con bombas no convencionales.

Mientras la sociedad se masacra sin conocerse -la cruel guerra de pobres contra pobres- en beneficio de la clase política, en donde todos se conocen demasiado pero no se masacran.

El transfuguismo perpetuo (personas que pasan de un partido político a otro o gente que se la pasa huyendo de un espacio a otro) es la prueba más elocuente de que mientras los militantes se aniquilan entre sí, en las cúpulas los acuerdos y las traiciones son una orgía desenfrenada, sin diferencias de género, religión o ideología.

El presidente Alberto Fernández fue liberal, menemista, duhaldista, kirchnerista, antikirchnerista, cristinista… Y el presente de Fernández es una consecuencia de su transfuguismo: nadie sabe quién es, qué quiere y hacia dónde va. Es la indefinición por esencia.

La vicepresidenta Cristina Fernández fue peronista, menemista, idólatra de Domingo Cavallo, luego ungida junto a su marido por Eduardo Duhalde; después kirchnerista antiduhaldista y finalmente cristinista, ombligo autorreferencial del que no pudo salir nunca más.

No vamos a resumir el transfuguismo de Sergio Massa porque nos llevaría toda la columna. Basta con decir que mutó de la UCD fundada por el subteniente golpista Álvaro Alsogaray a la jefatura de Gabinete de Cristina durante el apogeo del enamoramiento con Hugo Chávez. Massa tiene más vidas que una manada de gatos.

A nivel provincial el transfuguismo posee más tomos que la Enciclopedia Británica. El propio gobernador suplente, Osvaldo Jaldo, proviene de Vanguardia Federal, un radicalismo disidente, pro militar y conservador, y hoy encabeza el llamado “Peronismo Verdadero”, facción que fue a la guerra, literalmente y a los tiros, con la “Lealtad Peronista” de Juan Manzur.

En este enfrentamiento, acaecido hasta hace escasos ocho meses, se cumplió a rajatabla la premisa de Valéry: se masacraron las masas anónimas en beneficio de las cúpulas que hoy se abrazan sonrientes y manchadas con sangre.

El bumerán que vuelve y golpea

“En toda discusión, no es una tesis la que se defiende sino a uno mismo”, sostenía el genial poeta, autor de los maravillosos “Cuadernos”, obra en la que se agrupan las anotaciones que Válery asentó durante 50 años en más de 200 cuadernos.

Todo lo que haga o deje de hacer un adversario político está mal, y más en Tucumán. No importa cuándo se lea esto. Es la principal razón por la que en Argentina y en esta provincia no existen políticas de Estado a largo plazo, en beneficio de una causa común, de un propósito nacional.

Ejemplos comarcanos abundan. Las semipeatonales que impulsa el intendente Germán Alfaro, otro funcionario con un frondoso pedigree de transfuguismo, fueron el blanco de críticas del peronismo hasta que, de pronto, un día cesaron.

Pasó algo similar con las semipeatonales que desarrolló, pioneramente, el ex intendente Roberto Sánchez en Concepción, entre 2018 y 2021.

Coincidencia o no, este silencio repentino ocurrió cuando comenzaron a construirse semipeatonales en Aguilares (hoy suman cinco cuadras), ciudad que comanda Elia Fernández, esposa del actual vicegobernador interino Sergio Mansilla, ex alperovichista, manzurista y hoy maquillado de jaldista.

Las críticas mezquinas y chicaneras en política son un bumerán que un día regresa y te golpea en la boca.

La verdad oculta en esta obra pública que pusimos de ejemplo es que las semipeatonales y las peatonalizaciones de los microcentros son una tendencia urbanística mundial.

Desalentar el ingreso de vehículos motorizados a los sectores comerciales y más congestionados de las ciudades es una propensión internacional, en un mundo cada vez más poblado, contaminado, ruidoso y caótico. Beneficiar al caminante, al comercio, al transporte público, al traslado saludable como la bicicleta y el monopatín, y mejorar la calidad de vida urbana son algunos de los objetivos de estos rediseños.

Este ejemplo confirma que en el relato político local lo que menos importa es la gente. Y así está la provincia, y el país, con excepciones de algunos distritos donde sí rigen ciertas políticas de Estado, como Mendoza, Córdoba o Ciudad de Buenos Aires, lugares donde cuando uno arriba siente que ha llegado a otro país.

El objetivo principal del relato político local es acumular poder, perpetuarlo, y lastimar lo máximo posible al adversario. Y si se puede, aniquilarlo. No importan los argumentos y las mentiras que se digan, aunque con ello se perjudique a la sociedad.

“Lo que ha sido creído por todos siempre y en todas partes, tiene todas las posibilidades de ser falso”, decía el autor de “El cementerio marino”.

Nadie dijo peores cosas de Manzur que Jaldo, y viceversa, hasta hace apenas unos meses.

Hoy el blanco a esmerilar se llama Alfaro, con el claro objetivo de dividir al frente opositor que tiene -o tenía- buenas chances de ganar la gobernación el año que viene.

Demagogia y oportunismo

“La política es el arte de impedir que la gente se entrometa en lo que le atañe”. Otra lúcida ironía de Valéry.

El estacionamiento medido que se implementó en el macrocentro de la capital, desde hace poco más de un mes, es otro ejemplo evidente del viciado relato político, donde lo que menos importa es la ciudad y la gente.

Funciona desde hace un año y medio en la ciudad de Concepción en 29 manzanas y, con variantes tecnológicas, se replica en casi todas las capitales y grandes ciudades argentinas.

Se trata de otra tendencia urbanística internacional, con probado éxito en las grandes ciudades del mundo, cuyo principal objetivo es desalentar el ingreso de autos y motos a los centros comerciales o históricos, y propender al mayor uso del transporte público y de medios más saludables.

Este tipo de medidas, sumado al constante aumento del precio del combustible, han hecho que desde 2012 haya caído en Argentina el uso del automóvil. Hoy, en promedio, se recorren 2.500 kilómetros menos por año que hace una década.

En Tucumán, los vecinos de la capital sacan el auto para viajar, en promedio, 20 cuadras. Este recorrido aumenta cuando se incluye a habitantes de ciudades vecinas, como Yerba Buena, Tafí Viejo o Banda del Río Salí.

Para caminar 20 cuadras por el centro, como lo comprobó un trabajo de LA GACETA, se tarda lo mismo que en auto. Y es gratis, no se contamina, es silencioso y mucho más sano.

Pero otra vez aquí, el mezquino relato político, ese arte de impedir, ha mezclado todo, temas que no tienen nada que ver uno con otro, con rastrera demagogia y oportunismo egoísta. Y en algunos casos, también con supina ignorancia.

La situación de los cuidacoches, el precio del estacionamiento, la tercerización del servicio, la recaudación municipal, la supuesta corrupción, la seguridad y el vandalismo, la crisis económica…

Todos temas diferentes que deben abordarse por separado, técnicamente, y no desde la tribuna populista.

Un funcionario provincial disparó, sin ponerse colorado, que se había privatizado el estacionamiento callejero.

A ver, hasta ayer el municipio no recaudaba un peso por este concepto. Hoy recoge el 15%. ¿Es poco? ¿Los montos no se han exhibido con claridad? ¿La empresa adjudicataria es la correcta? ¿Quién y cómo la controla? ¿Cuál es la letra chica de la concesión? Todas preguntas, entre otras, que debe responder el municipio. Lo que es claro es que el estacionamiento hasta ayer era privado y hoy se estatizó en un 15%.

Privado porque estaba en manos de particulares, precarizados, sin ninguna regulación, que responden a dirigentes políticos y sociales, mayormente del Movimiento Evita y de referentes de Juan Grabois, y cuya recaudación, en buena parte, no quedaba en mano de los “trapitos”, sino de esos dirigentes.

Es por eso que no cualquiera, aún con grandes necesidades, podía colocarse una pechera y salir a cobrar estacionamiento. Hubo numerosas escenas de violencia por esto, ya que de alguna forma el estacionamiento callejero estaba cartelizado.

Esto se sabe pero como todo el negocio era informal, en negro, no había constancia de los montos, sólo estimaciones.

Si el municipio debería ayudar a esa gente a que encuentre otras opciones laborales es otro tema, pero no se puede permitir el lucro personal con el espacio público.

Con ese criterio, mañana podría haber “trapitos” en los juegos infantiles de las plazas, o gente que te cobre para ingresar a una plaza o ir a correr. O para hacer un picnic en el parque 9 de Julio.

La calle es mía

“Cuando alguien te lame las suelas de los zapatos, colócale el pie encima antes de que comience a morderte”, advertía el francés sobre los riesgos de la demagogia política.

La vía pública es propiedad del Estado, no de los conductores particulares ni mucho menos de los cuidacoches.

Ocupar un espacio que es de todos no puede ser gratis. Y usar el pavimento, echar humo, hacer ruido y ralentizar y congestionar el tránsito en beneficio exclusivamente personal, tampoco.

¿Por qué la patente y el impuesto automotor lo recauda la Provincia, en vez de los municipios? ¿No debería ser al menos compartido?

Otro dirigente de Banda del Río Salí dijo que se estaba discriminando a los vecinos de otras ciudades, ya que no todos estaban en condiciones de costear el estacionamiento. ¿Y los vecinos de la capital que usan el auto todos los días? ¿Los de afuera no y los de acá sí? Un dislate.

Una persona que tiene el privilegio de viajar en auto para trasladarse sólo a sí misma debería poder pagar un estacionamiento, ya que gasta mucho más en combustible, mantenimiento, seguro, etc. Y si le resulta muy costoso tendría que viajar en colectivo, en bicicleta o caminar.

También están los frentistas que tienen auto pero no cochera. Es un tema que el municipio debe contemplar y solucionar, en beneficio de esos vecinos, no de la recaudación.

Lo mismo con la seguridad, que no es asunto de los municipios, como tampoco lo era de los “trapitos”. Es un problema policial.

Insistimos. Deben revisarse los números con absoluta transparencia, de cara a la ciudadanía, analizar la concesión y su fiscalización, pero dejar el auto en pleno centro está dejando de ser gratis en todo el mundo, y mucho menos ceder ese negocio público a punteros políticos.

Hace 80 años lo anticipó Paul Valéry: “El problema de nuestros tiempos es que el futuro ya no es lo que era”.

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