El fiscal hambriento y la banana de los minions

El idioma de los minions es una mezcla de muchas lenguas, entre ellas inglés, francés, italiano, español, alemán y coreano, junto a mucha onomatopeya y jerigonza. Así lo afirma su creador (del idioma), Pierre Coffin. De hecho se traduce para las distintas versiones del idioma de la película, variando la proporción de cada ingrediente. Pero desde luego que la gran palabra es banana. En mi caso, por caprichos de la memoria, me traslado a una gran experiencia electoral de mi juventud.

El efecto mariposa es una teoría basada en el proverbio chino “El aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo”. Señala cómo un evento puede producir otro de diferente magnitud y tipo en otro tiempo y espacio. El aletear de una mariposa en Australia puede generar una tempestad en Nueva York. Es la formulación climatológica con la cual los pronosticadores abren el paraguas -perdonen la expresión- para advertir lo difícil que es su trabajo.

Quisiera complementar la romántica idea del caos lepidóptero con una que incluya los sueños y sus avatares. Es que los sueños se cumplen a veces en lugares y tiempos muy distintos de su lugar de origen. Por ejemplo, el sueño de Enrique Romero de que todos los ciudadanos sean inspectores de tránsito está más cerca de realizarse en Yerba Buena que donde rige la política vial draconiana del gran sibarita.

De la misma manera, el ideal ateniense de una elección que sea un hervidero de gente dispuesta a votar y a ser votada tuvo en Tucumán su expresión más acabada. De todos los estados en los que se ha presentado la materia electoral, uno de los más célebres de nuestra provincia fue aquel de los sublemas. La proximidad con los candidatos era celestial. Milagrosa fue también la multiplicación de nombres que leíamos en cada rincón de cada barrio. Todavía hoy, a 30 años, cuando escuchamos algún apellido nos sentimos tentados a preguntar, por ejemplo: ¿qué sos del Pérez de la 4019? No se puede negar que estimulaba el cholulaje y que de uno u otro modo permitía conocer los alineamientos de nuestros comprovincianos y su innegable audacia. Nunca el cociente entre candidatos y población estuvo más próximo a la unidad. Participé de aquella gesta. Es que, por una serie muy variada de motivos, un caudillo jurista e ilustrado de larga tradición democrática (con cuatro lindas hijas, convencidas como él de que debía ser legislador) me contaba entre sus filas. “Somos la cuarenta treinta y nueve”, nos dijo mil veces a quienes seríamos sus fiscales. Nos insuflaba patriotismo numérico, nos arengaba y a la vez nos hacía memorizar el dígito. Y así llegó el día de la votación.

Como fiscal suyo pasé 15 horas corriendo de una mesa a la otra. Las demás listas tenían una organización febril con cargos y subcargos cada tres urnas. Pasaba el tiempo y desfilaban snacks, café, mate, mate con leche, por parte de gente que visitaba al resto de los fiscales, les daban ánimo y no faltaban los abrazos. Los amigos de la izquierda eran un reloj, menos cariñosos pero implacables con los demás y solidarios entre ellos. Unos casi oficialistas de la par eran un espectáculo: bandejas térmicas con comida elaborada, teniendo la pirámide nutricional en mente. Tenían entrada, alfajores, snacks y botellitas de gaseosa línea Pepsi. Yo tomaba el agua del baño y racionaba un turrón.

Pronto empecé a hacer comentarios sarcásticos a unos oficialistas acerca de mi situación, cargándolos de mimados: “qué más quiere usted, tallarines o espaguetis”. Ellos pronto vieron en mí una oportunidad de risa, con la cual estaba, desde luego, totalmente de acuerdo. Me ofrecían las sobras de sus vituallas. Uno de los encargados de una lista importante, la segunda oficial le decían a su sublema, mintió tramitarme una milanesa, pero les di tanta pena cuando me confesaron la broma que sacaron la minuta de no sé dónde. Claro que la dignidad me hizo rechazarla. Miraba hacia la puerta y soñaba con la segunda hija del caudillo democrático, con su lunar de dama antigua, entrando a la escuela con una enorme canasta envuelta en celofán, llena de flores y fiambres.

Fue a las cuatro de la tarde cuando alguien gritó mi número: “¡Cuarenta treinta y nueve, la vianda! Un silencio descendió sobre la escuela. El policía federal a cargo atravesó emocionado el patio con una bolsa de papel madera. No era más grande que la medida más chica que ofrecen los bicicleteros de pochoclo. Era mi momento. Levanté la bolsa a la vista de todos y saqué primero una botellita de agua. Aplausos. Después unos palitos fritos gitanos. El sándwich de jamón y queso arrancó algún vamos todavía. La enorme expectativa fue desbordada finalmente por una, aquí va el episodio minion, enorme banana. Los que me rodeaban saltaban repitiendo el nombre de la fruta. En minion, en realidad, banana significa hambre.

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