La resurrección de la mentirocracia

Un antiguo adagio, casi bíblico, sostiene que en vez de regalar peces es preferible enseñar a pescar.

Son de esas ideas que cargan tanta lógica y sentido común que nadie se atreve a cuestionarlas. Además, suena tan políticamente correcta que calza en casi todo credo, ideología o clase social.

En teoría, de un lado se ubica el populismo demagógico y del otro la meritocracia.

Supuestamente, unos combaten la desigualdad con limosnas y otros con educación y trabajo.

Y nos gusta creer eso, nos tranquiliza, porque nos libera de toda culpa.

Pero la verdad es que ese adagio es falso.

Con enseñar a pescar no alcanza para eliminar o acortar la desigualdad. Si así fuera, el mundo desde hace mucho tiempo sería más justo y equitativo.

Supongamos que tenemos 10 pescadores expertos, a quienes hemos entrenado de la misma manera. No todos correrán la misma suerte, según el río, el mar o el lago en donde se sitúen.

Aún si los 10 pescadores estuvieran en el mismo río, a la misma hora, no todos obtendrían idéntico resultado. Quienes han pescado saben que esto es así. El destino suele ser muy caprichoso.

La cosecha nunca es pareja y depende de múltiples factores. La carnada, el anzuelo, la distancia a donde se arroja el cebo, las condiciones del agua, más rápida o más lenta, la profundidad de la plomada e, incluso, la arbitraria suerte.

Hay otro cálculo lógico que también contradice a la máxima de enseñar a pescar en vez de regalar peces. Sostiene que si mañana se distribuyera toda la riqueza de la humanidad en partes iguales, a los cinco minutos ya habría de nuevo ricos y pobres.

Porque aún si todos hiciéramos el mismo esfuerzo y tuviéramos la misma preparación los resultados no serían iguales.

Esto se ve claramente, por ejemplo, en el deporte, sobre todo en el de alto rendimiento o en las competencias olímpicas.

Ganadores y perdedores

Este debate se instaló nuevamente en la Argentina a propósito de los “acampes” y los piquetes de algunos beneficiarios de planes sociales.

La meritocracia como concepto opuesto a la acción de recibir un emolumento sin una contraprestación acorde.

“El primer problema de la meritocracia es que las oportunidades en realidad no son iguales para todos”, sentencia Michael Sandel, profesor de Derecho de la Universidad de Harvard y autor del best seller “La Tiranía de la Meritocracia”.

Sandel, de 69 años, es una especie de rock star de la filosofía. Sus charlas y conferencias llenan teatros y estadios y sus clases magistrales suman millones de vistas en YouTube.

“La meritocracia es un ideal atractivo porque promete que si todo el mundo tiene las mismas oportunidades, los ganadores merecen ganar. Pero la meritocracia tiene un lado oscuro y dos problemas”, explica.

“Uno es que en realidad no estamos a la altura de los ideales meritocráticos que profesamos o proclamamos, porque las oportunidades no son realmente las mismas. Los padres adinerados son capaces de transmitir sus privilegios a sus hijos, no dejándoles en herencia grandes propiedades sino dándoles ventajas educativas y culturales para ser admitidos en las mejores universidades”, desglosa Sandel, cuyo curso “Justice” es uno de los más populares de los últimos 40 años en Harvard.

¿Y el segundo problema? “El segundo problema de la meritocracia tiene que ver con la actitud ante el éxito. La meritocracia alienta a que quienes tienen éxito crean que éste se debe a sus propios méritos y que, por tanto, merecen todas las recompensas que las sociedades de mercado otorgan a los ganadores. Pero si los que tienen éxito creen que se lo han ganado con sus propios logros, también tienden a pensar que los que se han quedado atrás son responsables de estar así. El segundo problema de la meritocracia es un problema de actitud ante el éxito que lleva a dividir a las personas en ganadores y perdedores. La meritocracia crea arrogancia entre los ganadores y humillación hacia los que se han quedado atrás”, explica el filósofo en una entrevista con la BBC de Londres.

La retórica del ascenso

En su libro, Sandel analiza que esta plataforma política de la meritocracia es lo que está haciendo perder votantes de la clase trabajadora a los partidos tradicionales de centro y de centro izquierda. Y también de las derechas conservadoras.

Suponer que el máximo objetivo de progreso social es obtener un título universitario es un error, porque la gran mayoría de las personas, en todo el mundo, no tienen ni podrán tener jamás estudios superiores.

En Estados Unidos y en Gran Bretaña dos tercios de la población no cuentan con un título universitario.

En Latinoamérica, África y Asia esta brecha es aún mayor y la tendencia es que continuará agrandándose.

En la llamada “Ivy League” (que incluye a las universidades de Brown, Columbia, Cornell, Dartmouth College, Harvard, Pensilvania, Princeton y Yale, las más prestigiosas de EEUU) dos tercios de los estudiantes pertenecen al 1% de las familias más ricas del país, y el tercio restante al 60% con menos ingresos.

Según Sandel, en los países tradicionalmente meritocráticos se está produciendo una derechización de la clase media y de la clase trabajadora, ya que no ven que los modelos clásicos, de todo el espectro ideológico, estén generando respuestas. Al contrario, las desigualdades se están ampliando.

Donald Trump o el Brexit inglés son dos ejemplos de este viraje hacia un populismo autoritario o plataformas más disruptivas, que rompen con la política clásica.

“En el último tiempo se ha ido profundizando la división entre ganadores y perdedores, envenenando nuestra política y separándonos. Esa división tiene que ver en parte con las crecientes desigualdades de las últimas décadas”, explica el filósofo, y confirma que la profundización de la grieta no es sólo argentina.

Es el fracaso neoliberal de lo que Sandel llama “la retórica del ascenso” en la globalización.

Es la idea de que si creamos igualdad de oportunidades, entonces no hay que preocuparse por la desigualdad, ya que la movilidad puede permitir a las personas ascender de trabajos con salarios bajos a otros mejores.

Como el adagio de enseñar a pescar, es un mensaje inspirador, porque todo el mundo quiere creer que si trabaja duro puede mejorar su condición.

Pero Sandel sostiene que además de inspirador es insultante, porque sugiere que si la estás pasando mal la culpa es sólo tuya.

Los que han llegado a la cima en la era de la globalización, creen que su éxito es todo suyo porque lo han ganado por sus propios méritos, y que los perdedores no tienen a nadie a quien culpar de su fracaso más que a ellos mismos.

Esto genera cada vez más resentimiento y violencia ya que, sin contar a los desempleados, el 80% de los trabajadores de los sectores más populares rozan la línea de pobreza, aunque trabajen 12 horas por día.

En este mundo globalizado actual trabajar más duro no garantiza ascenso social. Es un concepto que ya no existe y que ha muerto con el Siglo XX y la era industrial y la gente más vulnerable se está empezando a dar cuenta de eso.

Nuevos modelos de producción

El concepto de meritocracia, que hoy tomamos como un axioma sociológico, en realidad surgió de un libro de ciencia ficción de Michael Young, “The Rise of Meritocracy”, publicado en 1958.

La pandemia nos demostró que no siempre los trabajos más esenciales son los mejor remunerados y que mucha gente perdió su empleo sin tener ninguna responsabilidad en ello.

Un enfermero, un bombero o un taxista ganan 10, 20 0 30 veces menos que un corredor de bolsa o un especulador financiero.

Es una idea errónea suponer que la medida de un salario tiene relación con la contribución al bien común.

“No digo que debamos abandonar el proyecto de igualdad de oportunidades. Ese es un proyecto muy importante, moral y políticamente. El error es asumir que crear más igualdad de oportunidades es una respuesta suficiente a las enormes desigualdades de ingresos y riqueza que ha provocado la globalización neoliberal”, afirma Sandel.

Y agrega que “la mayoría de las ganancias de la globalización fueron a parar al 20% más rico, y la mitad inferior de los trabajadores no recibió ninguna de esas ganancias, ya que los salarios en general están estancados desde hace cuatro décadas en el mundo”.

Por otro lado, los modelos de producción han cambiado radicalmente. De modo que la mayoría de los trabajadores actuales, los desempleados o los beneficiarios de los planes sociales están o estarán excluidos del sistema.

Muchos no tienen ni tendrán posibilidad alguna de reinsertarse en el mercado laboral. Esto se omite a la hora de emitir juicios sobre las personas que sobreviven gracias a una contribución estatal.

“Es que no quieren trabajar” suele escucharse a menudo. Lo cierto es que la mayoría no podría hacerlo ni aunque quisiera. No es un problema argentino, es un desmoronamiento global de los sistemas de producción, donde las máquinas, los robots y los softwares están sustituyendo a la fuerza laboral humana.

También se piensa erróneamente que si una persona vulnerable estudia o aprende un oficio podrá salir de la pobreza. Está comprobado que esto es cada vez menos probable.

El veredicto lo dicta un mercado laboral desregulado y no la contribución a la sociedad que cada quien haga o el esfuerzo que ponga en su trabajo.

Un estudio de la New Economic Foundation, de 2009, revela que algunos de los trabajos mejor pagados son socialmente muy destructivos, son trabajos que no aportan nada al bien común. Un ejemplo es el que mencionábamos antes, de un corredor de bolsa, que puede hasta hacer quebrar una empresa sólo por intereses especulativos.

“Es importante inculcarles a nuestros hijos que si mañana tienen éxito será en parte gracias a su propio esfuerzo, pero en parte gracias también a sus maestros, a su comunidad, a su país, a los tiempos en que viven, a las circunstancias, a las ventajas de las que hayan podido disfrutar. Enseñar a nuestros hijos que su éxito sólo es resultado de su propio esfuerzo podría hacerles olvidar que están en deuda con los demás, incluida su comunidad. Debemos criar niños que tengan un sentido de gratitud y humildad cuando triunfen”, concluye Sandel, echando luz sobre la mentirocracia.

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