La misa de hoy: Las paradojas de las bienaventuranzas

Por Pbro. Marcelo Barrionuevo

13 Febrero 2022

“Maldito quien confía en el hombre, y en la carne pone su fuerza, apartando su corazón del Señor... Bendito quien confía en el Señor y pone en Él su confianza”. Las lecturas de hoy están unidas por una misma idea: el sano desprendimiento de los bienes de esta vida, empleándolos como enseña san Agustín: “con la templanza de quien los usa, no con el afán de quien pone en ellos el corazón”.

Hemos de pedir a Dios que sepamos usar los bienes presentes, con los que Él no deja de favorecernos, de tal modo que merezcamos alcanzar los eternos. “Por muy brillantes que sean el Sol, el cielo y las nubes -recordaba a sus fieles Newman-; por muy verdes que estén las hojas de los campos; por muy dulce que sea el canto de los pájaros, sabemos que no todo está ahí y que no tomaremos la parte por el todo. Estas cosas proceden de un centro de amor y de bondad que es el mismo Dios; pero estas cosas no son su plenitud; hablan del cielo, pero no son el cielo; en cierto modo son solamente rayos extraviados, un débil reflejo; son migajas de la mesa”.

El desprendimiento cristiano no es un desprecio de los bienes de esta vida ni desafecto por las personas; es colocarse a la suficiente distancia de ellos para valorarlas en su justa medida, sin subestimarlos ni idolatrarlos. Es hacer realidad aquel consejo de Jesús: “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás vendrá por añadidura” (Mt 6, 33); porque los atractivos de este mundo pasan” (1 Cor 7, 31).

“Acostúmbrate, ya desde ahora -instaba san Josemaría Escrivá- a afrontar con alegría las pequeñas limitaciones, las incomodidades, el frío, el calor, la privación de algo que consideras imprescindible, el no poder descansar como y cuando quieras, el hambre, la soledad, la ingratitud, la incomprensión, la deshonra...”. Que el desprendimiento lleve a moderar los gastos caprichosos o de pura ostentación, que son una afrenta para los que carecen de lo más elemental para vivir, y a emplear ese dinero en aliviar tanta necesidad. Que sea desprendimiento de la comodidad para estrujar bien las horas sin quejas egoístas cuando el trabajo pesa o se amontonan los contratiempos. Quien vive así, no anda deslumbrado por paraísos temporales -que suponen un fraude para las aspiraciones humanas más hondas-, sino que se abre a esa plenitud eterna con la que el corazón humano sueña y para la que fue creado.

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