Un viaje por el viejo camino del Tafí

Entre el verdor y los vestigios de historia, te proponemos un recorrido por la traza de la ruta Tafí-Infiernillo. Un día de senderismo para despejar la mente.

Un viaje por el viejo camino del Tafí
16 Enero 2022

La naturaleza ha sabido dotar a Tucumán de postales conmovedores, a la vez que heterogéneos. Una obra maestra dispuesta para quienes decidan incursionar en la tierra, y acompañar con sus pasos aquellos bastos senderos.

En esta ocasión, el desafío (apto para los que dispongan de un buen estado físico y estén acostumbrados a caminar en altura) se centra en la traza de Tafí y El Infiernillo.

Ruta N° 307

En el trayecto Tafí-Infiernillo, la ruta provincial tucumana N° 307 fue propuesta por el Ingeniero Robles Mendilaharzu y se ejecutó entre 1939 y 1942; durante el gobierno de Miguel Critto.

En su totalidad, la senda carretera está asentada a los pies de las Cumbres Calchaquíes, en la banda norte del río Tafí. Zigzagueante, se eleva desde los 2.000 metros (en el centro de la villa de Tafí) hasta los 3.100 metros (en el Abra del Infiernillo). La extensión aproximada es de 21 kilómetros.

“La traza de la nueva ruta se apartaba del antiguo camino de herradura utilizado durante casi cuatro siglos, pues requería muy pocas obras de arte (puentes, banquinas, badenes, etcétera) y transitaba por zonas menos escabrosas que el viejo camino”, detalla el historiador Félix Alberto Montilla Zavalía.

La traza

El gran valle de Tafí, con un largo de alrededor de 40 kilómetros, estuvo interconectado durante cuatro siglos por numerosos caminos de herradura.

“En la zona existían muy pocos carros que habían llegado desarmados y se utilizaban para transportar personas, enseres y productos (especialmente quesos) entre las pocas casas de los veraneantes, las estancias y algunos puestos cercanos. Luego, la gente y las cargas eran traspasadas a petacas o chiguas que -en arneses o chasnas- se colocaban en caballos y/o mulas”, detalla.

Por aquel entonces, el tránsito entre Tafí y Yocavil era muy fluido y el Infiernillo representaba el punto más alto y complicado del trayecto. “Allí se debía de cuidar mucho a los animales, pues un 'aire' raro generaba el mal del 'tembladeral' que hacía sucumbir, tras una cortísima agonía, a los cuadrúpedos cargueros. Además, los troperos sufrían de la puna, y a menudo la fuerte ventisca, gélida, entorpecía la marcha”, agrega.

En verano las fuertes y constantes tormentas, el granizo y los rayos generaban temor entre los arrieros. Sumado a que en invierno el garrotillo no daba tregua. El circuito entre Tafí y Amaicha era, realmente, un tránsito por el mismo infierno.

Sin embargo, si el tiempo estaba de buenas, el paso entre el seco y árido valle Calchaquí y las praderas se convertía en un verdadero paraíso terrenal. A esa altura, los ojos divisaban la ondulada vastedad de Tafí y los azulinos contornos de sus cerros australes.

La búsqueda

Un viejo mapa del geólogo Abel Peirano (confeccionado en 1940) muestra la antigua huella del camino de herradura de Tafí al Infiernillo, por los pies del Cerro Muñoz. Aunque parezca increíble, luego de 80 años la senda todavía existe en casi su totalidad y podemos recorrer sus 20 kilómetros.

Con algunas viradas, hemos procurado seguirlo, admirando los paisajes y buscando testimonios de presencia humana en sus páramos.

Un viaje por el viejo camino del Tafí

El trayecto

Para iniciar, desde el Infiernillo, debemos desviarnos hacia el sur oeste; rumbo al arroyo Carapunco (Puerta de Cuero). A partir de ese punto, hay que andar casi dos kilómetros entre ruinas indígenas hasta llegar al puesto de Tolaba.

“Todavía en uso, en ese espacio existía una suerte de posta en la cual el viajero podía desguarnecerse. Sus grandes corrales dan testimonio de la importancia de aquella localidad en el tráfico de hombres, animales y mercaderías. El puesto estaba enclavado en la antigua estancia Infiernillo que luego adquirió la familia Zavaleta junto con la de Río Blanco”, comenta el ensayista e investigador.

El Carapunco parece un valle distinto al de Tafí, en el que sus prados (a veces cubiertos por grandes pajonales y otras por una espesa capa de pasto y algarrobillo; tapizada de coloridas florecillas) se diferencia de los cerros y lomadas que lo circundan.

De vez en cuando aparecen algunos círculos de piedra (antiguas casas indígenas) y es posible, saliéndose de la senda, encontrar morteros y cazoletas. El viento que nos acompaña es fresco, suave y trae el aroma de la muña muña y el arcayuyo que crecen por doquier.

“El camino baja casi sin sinuosidades siempre hacia el sur, de forma constante, hasta llegar al arroyo El Derrumbado. Este nace en el Muñoz y desagua en el río de Tafí (formado por los caudales del Infiernillo y Carapunco)”, señala.

Para alcanzarlo, debemos cruzar un gran zanjón plagado de cortaderas, queñoas, azafranes, molles y micunas. De fondo, se siente el rugido del agua y, a lo lejos, el balido de toros que hacen eco en las grandes cañadas.

Más huellas

Luego de siete kilómetros de trayecto -entre el río de Tafí y las estribaciones del Muñoz- la senda muestra otro vestigio de civilización. Aunque impensado para ciertos caminantes, aún quedan unos cuantos antiguos postes del telégrafo.

A partir de esta instancia, la pradera se vuelve amarilla. Por todos lados crece la mostacilla y, entre medio, aparecen súbitamente huaipos que gritan despavoridos alzando un pesado vuelo.

Ya van 12 kilómetros y, por fin, ante nosotros se muestra el imponente valle de Tafí. De frente, el recorrido prosigue y cruza el arroyo Lampazito. Es entonces que la postal se completa al divisar los cercos de la estancia del Churqui.

La panorámica incluye -a la distancia- hileras de sauces mimbres y los restos de la antigua quesería de San Clemente. Al seguir, también tenemos la derruida sala de Río Blanco (con sus grandes paredes de adobes que se niegan al olvido) y el río Blanco.

“Su nombre se debe a la gran cantidad de piedras graníticas de color claro que tiene su cauce. Estas provienen de lo alto del cerro Muñoz (también desagua en el Tafí, que a esa altura ya recibe la denominación de río Churqui)”, detalla Montilla Zavalía.

El final

El camino continúa descendiendo hacia el sur y pasa el gran tolar del Churqui para llegar a Santa Rosa; donde empalma con una calle vecinal. De seguir la misma dirección llegamos a la villa de Tafí.

Ahora solo queda la despedida y la vivencia de haber transitado el camino de herradura, con sus 20 kilómetros desde el Infiernillo hasta aquí.

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