Juan Carlos Paz: odios y simpatías para un músico controvertido

El compositor introdujo la música dodecafónica en el país y encabezó numerosos proyectos. Fue colaborador de LA GACETA Literaria.

COMPOSITOR Y POLEMISTA. Juan Carlos Paz no tenía medias tintas al momento de expresar sus ideas. COMPOSITOR Y POLEMISTA. Juan Carlos Paz no tenía medias tintas al momento de expresar sus ideas.

Buenos Aires, 1922. La mirada del famoso compositor le hace estremecer su pequeñez en una baldosa. Richard Strauss hace una pausa de gestos. El joven se anima: “Maestro, usted sabe que acá no hay guías. Yo estudio órgano y estoy en contacto con la música de César Franck...” Un latigazo de disgusto estalla en el rostro germano: “No, no. La expresión musical de Franck o de Brahms es de hombres viejos, que si bien avanzaron en su época, lo hicieron tardíamente, les falta savia juvenil. Acérquese a la gente joven, a Chopin, Schumann y sobre todo a Debussy; este lo va a liberar, los otros lo van a encerrar”.

Con esta consigna, pocos años después, funda con Jacobo Fischer y los hermanos Juan José y José María Castro, el Grupo Renovación y se interesa por la música de la Escuela de Viena que impulsa Arnold Schœnberg.

Odia el piano, quiere componer. Prosigue la escuela del desarraigo familiar. “Desde mi nacimiento al mundo de la música tuve mala suerte: debí actuar entre dos mundos dispares”, dice. Estudia en París con Vincent D’ Indy. Cuando los rumores dodecafónicos despabilan su inquietud se lanza al ruedo contra viento y marea. “Cambié mi manera de componer. Los Castro y Fischer me abandonaron. Inicié mi camino solo. Pronto me di cuenta de que no estaba equivocado. En el 36 ejecutaron en Praga mis Cinco piezas orquestales y un año después en París, mi Passacaglia”.

Introduce la técnica dodecafónica en América Latina. 1937, organiza los Conciertos de la Nueva Música, luego convertidos en Agrupación Nueva Música. Los conciertos de divulgación de las nuevas obras que él organiza, generan abucheos de colegas y del público.

Fanáticos de la verdad

La ironía es su espada y escudo. Escribe incisivos artículos (algunos en LA GACETA Literaria) y medulosos libros (“Alturas, tensiones, ataques, intensidades”, “Introducción a la música de nuestro tiempo”) que lo erigen en francotirador. “Odio a los fanáticos de la verdad: son gente inhumana. No salvarían una sola vida por no faltar a sus principios; así como serían capaces de cualquier atrocidad para sostenerlos. Recuérdense las guerras de la religión... El país está harto de que lo salven. Cuanto más lo salvan, más se hunde”, vocifera.

La soledad lo acantona en un antiguo departamento. Todas las artes son sus amigas. Tres Movimientos de Jazz, Música, Rítmica constante, Dédalus, Continuidad, Núcleos, Concreción, Galaxia, son algunas partituras. También música para películas de Leopoldo Torre Nilsson (“La casa del ángel” y “Fin de fiesta”). Escribe, lee, compone, filosofa: “La verdadera madurez solo comienza cuando el hombre toma conciencia efectiva de su soledad”; “Verdi estudió todas las sonatas de Beethoven, no sabemos para qué”; “Goethe tenía razón: el demonio es siempre creador”; “Argentina: país sin vocaciones y sin ganas de tenerlas”; “¡Prohibido organizar el caos!: desorganizarlo más si es posible. Del caos puede surgir todo un mundo, no así de la conformidad”, “Cuando vinieron los misioneros, nosotros teníamos la tierra y ellos la Biblia. Actualmente ellos tienen la tierra y nosotros, la Biblia”; “Como diría Brecht, ¿no sería más sencillo que el gobierno disolviera al pueblo y eligiera otro mejor?”

Un erudito terrible

“Era fenomenal. A mí me tenía muy orgulloso porque no nos sacábamos ninguna ventaja en estatura. Era un erudito terrible, pero le faltaba lo que le sobraba a Alban Berg: imaginación y talento. Él era muy circunspecto en muchas cosas, era muy árida su música. Hacía música serialista, muchas notas, lo mismo le pasaba a Schœnberg”, sostiene el pianista Enrique Mono Villegas.

Es blanco de simpatías y odios. “Lo sé. No me asusta. Mi profesión más antigua es la de ser combatido. Mi misión es romper violentamente con los hábitos de nuestro público y a muchos, eso no les gusta”, desafía.

Agosto es el mes que lo ve llegar (jueves 5, en 1897) y lo despide del mundo (sábado 26, en 1972), siempre en Buenos Aires. “Si te detienes cada vez que un perro ladra, nunca llegarás al final de tu camino… es más difícil crear o inventar un placer nuevo que una religión, una cocina o una nueva concepción estatal”, piensa el compositor, ensayista, crítico de arte.

Un rumor de garúa resbala en los 75 años ese sábado. “Llueve en la noche. Hay que salir para reflejarse y contemplarse en la lluvia”, escribe el silencio. Las gotas de la muerte ya arropan los párpados de Juan Carlos Paz.

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