Enrique Villegas: “En lo único que creo es en la música y en mi tristeza”

El legendario pianista de jazz se fue hace 35 años. La comparación entre la importancia de la muerte de Ravel y la de un Papa. Sus compositores preferidos. El Septiembre Musical lo contó entre sus invitados varias veces.

Enrique Villegas: “En lo único que creo es en la música y en mi tristeza”

Noche. 1986. La melodía garabatea un eclipse de soledad. La huesuda mano se estira en un whisky y camina luego por el teclado. Los ojos detienen el aire. El jazz asfixia sus dedos. Algunos amores se le posan en la mirada. Un amigo muerto le atropella la nostalgia. El piano se descubre en “Cuerpo y alma”. Mastica algunas palabras. Afuera tal vez llueve. El frío jueves 10 de julio arrincona un latido hasta dejarlo mudo. El tren del silencio intuye que su próximo pasajero es el Mono.

“A veces la gente me pide que cuente mi biografía y siempre respondo lo mismo: mi biografía termina a los siete años, porque a esa edad aprendí a tocar el piano y a leer, que fue lo único que hice durante el resto de mi vida. Mi padre, que se llamaba Enrique Ulises, fue un tipo extraordinario y realizó las tareas más dispares que uno pueda imaginar hasta el día en que se murió. Mi madre falleció de un ataque cerebral cuando yo no había cumplido seis meses. Es decir que no tuve casi padres y me criaron unas tías condescendientes que jamás me obligaron a nada. Los padres, los maestros, se olvidan a menudo de lo maravilloso que son los niños y los engañan con el cuco, les mienten, los obligan a fingir y, poco a poco, les quitan toda su libertad. Yo tuve más suerte: hice lo que se me dio la gana durante toda mi vida”, cuenta.

1937. Primeros escándalos. “Afirmé un día que la muerte de Ravel era más importante que la del Papa. No quise ser hereje. Pensé que al papado pueden acceder muchos cardenales. En cambio, a ser Ravel solo pudo llegar el propio Ravel. Además por esa época mis autores preferidos eran Schumann, Brahms, Debussy y Ravel”, dice.

Frecuenta la casa de Leda y Rolando Chivo Valladares e integra FIJOS (Folklóricos, Intuitivos, Jazzísticos, Originales y Surrealistas), grupo fundado por la tucumana, que convoca también al Cuchi Leguizamón, Manuel Gómez Carrillo, Lois Blue y Adolfo Ábalos, quien le enseña a tocar folclore.

Enrique Villegas: “En lo único que creo es en la música y en mi tristeza”

Como Chopin

1955, Nueva York. “Me llevó un amigo que al poco tiempo dejó de serlo. Creía que yo era un gran compositor y que en poco tiempo conquistaría los Estados Unidos y se iba a llenar de dólares. Pero las cosas no eran así y me pasé tres años tomando café con leche. De todos modos, fue positivo porque grabé dos discos y conocí a los genios del jazz: Ellington, Count Basie, Coleman Hawkins. Siempre fui dormilón, igual que Chopin. En el año 47, dormía 17 horas por día, porque descubrí que cada vez que abría los ojos gastaba plata. Así fui ahorrando unos pesitos con los que pensaba irme a Estados Unidos. Algunos creen que dormir mucho es quitarle tiempo a la vida. Sería así si uno se muere al día siguiente. Pero si vive 50 años más, qué importan unas horas. Después de todo, lo único seguro en la vida es la muerte y antes de correr esa suerte, hay que pasar por unas cuantas: que lo echen del trabajo, que lo traten de inútil, que el mejor amigo lo afane y encima se le vaya con la mina... ¿De qué vida hablamos entonces?”, filosofa.

Graba en el sello Columbia dos discos en la Gran Manzana: “Introducing Villegas” (1955) y “Very, Very Villegas” (1956), con el acompañamiento de Milt Hinton y Cozy Cole, dos prestigiosos músicos de sesión que habían tocado con Cab Calloway y Louis Armstrong. Pero a la compañía no le cierra un jazzero argentino que destila swing y se mezcla desprejuiciadamente con músicos negros. Le proponen grabar temas del compositor cubano Ernesto Lecuona. Fin de la relación. “Nunca me arrepentí de no haber seguido en Columbia por haberme negado a tocar otra cosa que no fuera jazz”, dice.

Un teatro. El Mono se apoya en el piano y comienza a lanzar punzantes reflexiones. Una voz femenina clama: “¡Menos charla y más música!”. “Una cosa tiene que ver con la otra, doña. Además, ya verá que cuando empiece a hacer música, usted no la va a entender”, replica. Rodolfo Arizaga, compositor y crítico de la revista Primera Plana, lo bautiza “El Mono”. “Será porque imito muy bien a los seres humanos”, dice con sorna.

Desbordes inesperados

1972. Septiembre Musical Tucumano. “Estuvo pensativo, profundo, menos delirante que de costumbre en su insólito show de música, egocentrismo y conversación. Villegas no necesita del justificativo o las contemplaciones. Ahora superó el clima de su anterior concierto (1969) y puso al alcance de una entusiasta y nutrida audiencia las mejores cualidades de su estilo. Vigor, precisión, desbordes inesperados y una expresividad que revela su talento… Con este auténtico monstruo musical caben dos alternativas: gustarle o no. Es tal vez algo parecido al vino muy añejo. Conserva su sabor, gracias y a pesar del tiempo”, dice la reseña de LA GACETA sobre su recital del 20 de septiembre en el teatro San Martín.

En el sello Trova, de Alfredo Radoszynski, registra una serie de álbumes: “En cuerpo y alma”, “Tributo a Monk”, “Metamorfosis” (con preludios de Chopin) y “Porgy & Bess”. También publica “Encuentro”, que registra una sesión con Paul Gonsalves y Willie Cook -dos de los músicos de la orquesta de Ellington-, “Inspiración”, un álbum grabado junto al saxofonista de Arco Iris, Ara Tokatlián, y “Tributo a Jerome Kern”, con su último trío, integrado por Oscar Alem y Osvaldo López.

Una veta contestataria y lúcida merodea su personalidad. “Yo estoy pensando constantemente. Eso lo aprendí de mi gran maestro Macedonio Fernández. Siento compasión por las personas que están exentas del placer infinito de escuchar música. Desgraciadamente solo entra por uno de nuestros sentidos: el oído. Y como la gente está distraída, ocupándose en convertirse en un gran comerciante, un gran industrial, un jefe de departamento, un subsecretario de no sé qué o ser un ministro, no tiene el tiempo necesario para escuchar música. Cuando descubro a un tipo que piensa y opina de manera muy similar a la mía, me da un gran placer porque descubro que no estoy totalmente solo”, discurre.

La espalda abovedada de jazz carga 72 años. Pasea los sueños por Charcas y Agüero, el porteño Barrio Norte, donde un recién nacido ha lanzado su primer acorde el 3 de agosto de 1913. Huérfano de amor, pero no de música; cáustico, pero divertido; resentido, pero tierno. “En lo único que creo es en la música, y en mi vida personal, y en mi tristeza absoluta. Y en mi soledad...”, murmura Enrique Mono Villegas.

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