La inestabilidad económica y la inflación, al diván

Desde hace varios lustros, el crónico desequilibrio financiero sacude los bolsillos y las esperanzas de los argentinos. La mirada de cuatro psicoanalistas.

La historia vuelve a repetirse. Siempre se vuelve al primer amor (¿o desamor?) “Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar”, dice don Jorge, pero a veces chocan contra un paredón y dan marcha atrás. Décadas, a los saltos. A los ponchazos. Con el corazón en la boca. Bordeando abismos. Hay un tiempo universal que fluye siempre hacia adelante. Pero, hay otro, con marca registrada, que se hace carne en las frustraciones y retorna como un bumerán. Desde hace lustros, caminamos en un colchón de aire. El paso es dubitativo. El equilibrio desequilibrado. La economía nos interpela a diario con sus vaivenes. Con sus cachetadas. El dólar nos gobierna. Nos zamarrea. Un puñado de argentinos medios y altos compra. Vende. Ahorra. Especula. El resto corre la coneja. Salarios devaluados. Collares de deudas. De impuestos. ¿Planificar? Ya no se piensa en cómo llegar a fin de mes, sino a la primera quincena. Desdicha que acorrala a jubilados. A desempleados. A excluidos del sistema. Discursos. Promesas, mentiras, cíclicas. Economistas fracasados que dan consejos. La buena vida y la poca vergüenza de una buena parte de los gobernantes de turno. La inflación crónica engorda la pobreza. Las desigualdades. Sabotea la salud mental. Construye angustias. También el famoso “¡sálvese quien pueda!” Boicotea sueños. El futuro. Agujerea la esperanza. Posiblemente, si viviera, Sísifo habría adoptado la nacionalidad argentina. “Si arrastré por este mundo la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser…”

¿Cómo repercute la inestabilidad crónica de la economía en la psiquis de los argentinos? Cuatro psicoanalistas aportan su mirada sobre esta problemática cotidiana, la inflación, que nos tiene contra las cuerdas.

MIRADAS SOBRE UN DRAMA ARGENTINO

Destino y contingencia

Rosana Aldonate

Psicoanalista-Escritora

Hablar de “cronicidad de la inestabilidad” es una contradicción, porque relaciona lo largo y habitual con lo que cambia, cae o desaparece. Cronificar la inestabilidad es convertir lo variable en constante. Los seres humanos tendemos a transformar lo azaroso en rutinario. Ejemplo de ello es la rápida aceptación de la virtualidad en la pandemia. La inestabilidad de la crisis condujo a cada quién a realizar arreglos subjetivos para enfrentar dicho vacío o desacomodo, algunos al modo del síntoma como respuesta al malestar. Desde dificultad de actuar por la angustia, la inhibición de funciones yoicas, impulsiones, consumo compulsivo, cortes en el cuerpo, intentos de suicidio. En los jóvenes, la percepción de la “cronicidad de la inestabilidad” los empuja a buscar lo nuevo fuera del país, en la creencia de que allá podrían encontrarlo.  

Los seres hablantes transitan la vida entre destino y contingencia. Hay quienes en un momento dado de su existencia se resisten a resignarse a lo que se les revela como encadenamiento necesario y fatal, y dan un paso para romper la rutina. Hacen uso de otra manera de sus recursos y convierten lo inestable en oportunidad. Algunos emprenden un viaje, otros un trabajo, otros apuestan a una formación, a una pareja, hijos… Mientras que otros, cuando se advierten impedidos para acceder a cualquiera de estos objetivos y se sienten fijados como a un destino que les comienza a resultar perturbador, dan el paso y consultan a un psicoanalista. Porque analizarse supone “valentía ante fatal destino”, como dijo Lacan.

Un reflejo de lo que somos

María Laura Muñoz

Psicoanalista

“Ya seríamos felices”. Esta frase de Manuel Belgrano hace tiempo me maravilla y me inquieta. Me pregunto por qué no usó el futuro del indicativo, por qué el condicional para hablar de nuestro país relacionándolo con la felicidad. Supongo que porque somos un país adecuado a ese tiempo verbal, en tantos aspectos, sobre todo, en el económico. Basta hacer un recorrido por los avatares de nuestra historia económica para tener una idea de la forma en que nos valoramos. La economía es un reflejo de lo que somos como nación, de nuestra cultura. Los vaivenes de nuestra moneda muestran el aspecto fenoménico de una falla estructural. Muestran el valor que nos damos, más que el precio de las cosas. Nuestro país empezó con una grieta en los valores que nos damos, que algunos gobiernos acentúan, pero que ya estaba allí desde el principio. El dinero nos muestra el valor que nos damos, o en nuestro caso, el desvalor que nos arrojamos los unos a los otros. Ante eso, el precio de las cosas es lo de menos. Mientras no resolvamos esta cuestión de estructura, que está en la base de nuestra historia, y que cada tanto y cada vez con más insistencia, hace síntoma; nada cambiará.  
Estos son tiempos en que la herida de esa grieta está supurando. Es el momento de la responsabilidad de cada uno, ya que es lo único sobre lo que tenemos control. También es el momento de confiar en nosotros. ¿Qué podemos hacer de nuevo? Algo que nos refleje, que nos defina, lo mejor de nosotros, algo que podamos intercambiar orgullosos con el otro. Ya hemos comprobado que todo lo demás no funciona. Mientras no valoremos lo que somos como nación, nuestra moneda no va a tener peso.

Economía subjetiva

Ricardo E. Gandolfo

Psicoanalista

Las crisis económicas y la fluctuación inflacionaria de los valores de los objetos suelen traer múltiples crisis subjetivas que no deben ser confundidas con la significación inconsciente que el dinero tiene en todos los sujetos. Ansiado, despreciado, codiciado, el dinero se constituye en un valor libidinal, en una forma de tasar lo imposible del goce. Es por eso, que muchas variaciones económicas enmascaran la fijeza del goce inconsciente. No hablo de economía, por supuesto sino de psicoanálisis.

Todos admitiremos que una economía inflacionaria es perturbante, así como es soñolienta una que tenga una excesiva estabilidad, pero lo difícil de admitir es la cualidad de real del dinero y la pasión de la envidia que muchas veces se hace presente y que no necesariamente corresponde a las carencias materiales. ¿Si el sistema social es injusto e inestable, aumentan las neurosis? Freud pensaba que, por el contrario, disminuían ya que el esfuerzo de sobrevivir opacaba la división subjetiva. Pero aumentaban las psicosis, ya que las carencias materiales facilitaban las carencias de significantes fundamentales.

Como fuera, si un análisis está bien conducido no deja de lado el factor económico no solo en lo relativo al cobro del mismo, sino también en la atención a las quejas (incluso justificadas) del analizante sobre su falta de dinero.
Freud habló de una economía libidinal y está claro que no fue ingenuo al nominar de esa manera los movimientos del deseo y del goce en los sujetos.

Se vive el momento

Gabriela Abad  

Psicoanalista

Tiempos difíciles estos que nos tocan atravesar, la peste con su aliento de enfermedad y muerte, da paso a una nueva crisis económica. Una más en esta serie que parece inagotable, el piso de sustento tiembla, los bolsillos exiguos no logran afrontar el mes. Pero lo peor es que el horizonte se nubla dificultando tramar sueños, proyectos, tejer futuros. Una historia cíclica que parece, solo parece, responder a un designio del destino de estas tierras. Entre deudas y grandes culpables, un grupo muy reducido se enriquece a costa del futuro de todos. No siempre los sujetos identifican el origen de su malestar, en muchas ocasiones solo actúan un padecer del que no se habla, o se habla ligeramente, mal humor, desgano, irritabilidad, violencia contra los otros o vuelta sobre sí. En algunos casos imputan la falta a su cuenta y piensan que no les alcanza lo poco que ganan o que no consiguen trabajo por su propia ineficacia. Lo que se comienza a palpar en los consultorios es la angustia, esa opresión en el pecho tan conocida y a la vez siniestra, se pierde la medida, nadie sabe a qué atenerse, los planes caen y el mañana se oscurece, de una manera u otra a todos les toca la incertidumbre y la amenaza se pasea omnipresente.  

Sin descuidar, el efecto por excelencia en las subjetividades de nuestra época, nada quiere saber del malestar; se vive el momento, se gasta la plata y la vida como si el futuro no existiera, se vive el instante compulsivamente, no hay medida ni estimación de daños. Dóciles al capitalismo salvaje al que asistimos, muchos creen que mirando a otro lado, consumiendo mientras haya y tirando la responsabilidad afuera, la cosa pasa. Obviamente, en estos casos, la caída es más estrepitosa.

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