En busca de los hartos y de los desilusionados - LA GACETA Tucumán

En busca de los hartos y de los desilusionados

13 Jun 2021 Por Juan Manuel Asis
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Dentro de 90 días la sociedad votará en primarias abiertas en un contexto inédito: pandemia. Sin embargo, será una variable más en el juego electoral debido a esa locura nacional por tratar de sacar ventajas políticas de todo, por esa vocación de la dirigencia por imponer el relato propio a costa de torcer verdades o de disfrazar mentiras, para que la discusión profundice las diferencias del permanente juego entre el ellos y el nosotros. Entendible, más no justificable. El destinatario de esas acciones es el votante, ese ciudadano que pasó los últimos 15 meses encerrado temiendo al virus, soportando las consecuencias de las restricciones, de las idas y vueltas, esperando la vacuna salvadora, añorando la antigua normalidad y disfrutando los amagues de las flexibilizaciones.

Ese ciudadano, en este marco pandémico, ¿a quién votará?, ¿por qué razones lo haría?, ¿qué sopesará para definir el destino de su sufragio?, ¿qué emoción incidirá a la hora de tomar una decisión?, ¿observará el perfil de los candidatos?, ¿buscará sentirse identificado con alguno de ellos?, ¿respetará su simpatía política por sobre cualquier otra cuestión? Son preguntas que se hacen desde los distintos frentes políticos para orientar sus mensajes y conductas, para seducir voluntades a costa de asumir posturas interesadas. Naturalmente, como ocurren en estas épocas, las encuestas se multiplican, los referentes de las distintas estructuras partidarias pagan para ser “medidos” junto a aquellos que consideran rivales directos, buscando fortalezas y debilidades, las propias y las ajenas.

Lo llamativo por estos últimos tiempos es que en los relevamientos han aparecidos nuevos conceptos de medición o nuevas miradas para enfocar los gestos y los discursos contra los adversarios; ya no sólo los mueve el interés por conocer cuáles son las principales preocupaciones de la sociedad para acomodarse frente a ella sino que quieren saber qué sienten los ciudadanos respecto de algunos dirigentes que ocupan cargos públicos relevantes, que sienten del tiempo que les toca vivir, o padecer. Así es como aparecen ligados a hombres y mujeres públicas conceptos tales como desilusión, bronca, hartazgo, esperanza y odio. No parece ser suficiente conocer lo tradicional; como saber qué lugares ocupan la inseguridad -siempre a la cabeza de las inquietudes en todos los sondeos-, la corrupción, la inflación o la desocupación, sino más bien saber qué sensaciones les producen algunos dirigentes a la masa de votantes.

Cuando los muestreos indican cuáles son las preocupaciones centrales de la ciudadanía, la palabra y las acciones de la dirigencia siempre se acomodan para representarlas. Para tratar de concentrar el descontento. Por ejemplo, con la inseguridad hay un dirigente que viene levantando desde hace años esa bandera de lucha, tanto que consiguió que un sector lo apoye por su constancia en denunciar y en exigir más seguridad. Canaliza parte del voto castigo al Gobierno. Sólo por eso tiene un voto cautivo. Tampoco hace falta señalar quiénes son los que se plantan con las críticas contra la corrupción con claros señalamientos al peronismo, o a los kirchneristas. O bien, quiénes son los que acusan de los males actuales a sus antecesores.

¿Será acaso que se estará frente a una nueva forma de encarar la actividad proselitista? Se sabe que todo está mal en lo social y en lo económico, que la pobreza crece, que la desocupación aumenta, que se cierran fuentes de trabajo, que la gente vive ahogada en cuentas; y la pandemia colabora en profundizar esa triste realidad. De cada lado de la grieta se señalan y se echan culpas, se acusan pero no se aceptan responsabilidades por la crisis que vienen generando. Todos los políticos, como se indica en la mayoría de las encuestas, tienen mayor índice de imagen negativa que positiva; nadie se salva de la mirada social, ni del lado del oficialismo ni del lado de la oposición, todos en desgracia. Y siguen en picada. Si fuera por ese solo hecho, nadie debería ser respaldado o tener un voto de confianza en las urnas.

Sin embargo, la sociedad deberá resignarse e ir a las urnas, pese a todo para defender la democracia; ya vio que el que se vayan todos no sirvió para nada. Todos siguen. Por cierto, el voto tampoco se modificó demasiado porque hace 20 años que se mantienen las mismas caras dando vueltas; siendo escasa la renovación o la aparición de nuevos liderazgos. Y los nuevos que aparecen terminan incorporando y adaptando las mismas antiguas mañas de los que acceden a puestos de conducción: la pasión por el poder y las ansias de perpetuidad en los cargos, hasta tratando de modificar textos constitucionales. Ahora, según esas encuestas, se mide cuánto desilusionó tal o cual persona a sus votantes, cuánta bronca u odio les tienen, o qué nivel de esperanza tienen en su gestión.

Se buscará entonces el voto bronca, el voto odio o el voto desilusión acomodando la emotividad de los mensajes en contra de los rivales según las mediciones. Es como para ir escuchando desde ya las frases que se pronunciarán en la campaña: la gente se hartó de vos, te tiene bronca, ya no te soporta porque los has desilusionado. Los que oigan y se sientan identificados con esos discursos posiblemente sumen sus votos a esos postulantes por cantarles cuatro frescas a esos a los que ellos no pueden enfrentarlos cara a cara, como el que cacheteó a Macron. No bastaría aludir a la corrupción o a los datos económicos y sociales porque las culpas de alguna manera son compartidas por todos; hay que diferenciarse de alguna otra forma, desde la palabra y desde los hechos. He ahí la nueva modalidad: apelar a las emociones, a los sentimientos de bronca y odio; es decir a profundizar la grieta, sólo porque así lo reflejan los valores en esta tendencia nueva por encarar los muestreos. Mirar el malhumor social. Mirar el agrietamiento científico, apoyado en datos estadísticos, en muestreos; no más apelaciones intuitivas. Basta. Te tienen bronca, lo dicen los números. Menos mal para el oficialismo que el Presidente no es candidato, ya que ha sumado tantos yerros en los últimos días que su imagen está pagando el precio de un descenso creciente. Más vale que la vicepresidente no se convierta en un “Chacho” Alvarez.

Si hay poca esperanza en su gestión, nada mejor entonces para los opositores que proponer cambios desde la acción proselitista a los votantes: si hay desilusión en el ánimo ciudadano nada mejor que pintarles un horizonte esperanzador, así no sean más que espejitos de colores. Claro que en la realidad nuestra, el ciudadano tendrá que optar por el que los harte menos, porque los relevamientos realizados en este sentido valen tanto para dirigentes del orden nacional como del provincial. Los perfiles de los candidatos para las elecciones intermedias, entonces, tendrán que surgir en contraposición a lo que reflejan los muestreos que refieren a los contrincantes. ¿Quiénes serán esos?

Frente a la proximidad de los comicios y al hecho de que ninguno de los espacios políticos -o por lo menos los referentes principales de esas estructuras- se han preocupado por construir o formar dirigentes para renovar la política, los nombres en danza para las principales postulaciones serán todos conocidos, los mismos de siempre, y no más de una veintena. Como todos tienen más porcentaje de imagen negativa que positiva, deberán tenerse en cuenta las “sensaciones” de los votantes para con esos eventuales candidatos. Los que muestren un mejor índice de esperanza que de desilusión pueden aspirar a integrar la lista. Cuánto más sea la brecha entre uno y otro valor, mejores chances.

Detalle: para esta elección que es de distrito, cada elegido debe ser lo más conocido posible en todo el territorio provincial, porque el desconocimiento también pesa a la hora de sufragar, o de reconocer los apellidos en las boletas. Eso reduce el espectro de los aspirantes a ocupar una banca, o bien exigirá una profusa campaña proselitista para tratar de instalar a un desconocido o medianamente conocido. O sea, para tener mejores chances en las elecciones, los candidatos deben ser conocidos y despertar emociones positivas en el electorado. Condiciones necesarias, no suficientes.

¿Quiénes pueden ser, tanto por el oficialismo como por la oposición? No hay que ser Mandrake para descubrirlos. A partir de aquellas condiciones son pocos -y los mismos de siempre, por cierto- los que tienen las mejores oportunidades de estar en las listas. Cuente: Manzur, Jaldo, Yedlin, Cano, Elías de Pérez, Campero, Sánchez, Bussi, Alfaro, Beatriz Ávila. Ahí están los que deciden y algunos de los que se someterán a la voluntad popular. ¿Algún tapadito? Una mujer por el lado del oficialismo.

Lo que por el momento parece seguro es que la oposición, la de Juntos por el Cambio, irá a las PASO con un par de listas. No se vislumbra acuerdo por esos rumbos, mucha desconfianza y ambiciones personales como para pensar que pueda haber una lista de unidad, menos con el radicalismo en ebullición. Hay líneas internas que podrían presentar nóminas de candidatos en las primarias, especialmente de aquellos descontentos con el accionar de los que representan al partido, cuando este está intervenido y, por ende, desmovilizado.

Por el lado del oficialismo la casa tampoco está en orden, principalmente por la relación entre el gobernador y el vicegobernador. Uno no quiere saber nada con el otro y el otro que no quiere quedarse afuera; entre ambos un abismo, no una grieta. El hecho de que la fecha patria del 9 de Julio se festeje posiblemente con una ceremonia por zoom indica que Manzur no quiere ni estar cerca del tranqueño, o por lo menos no quiere darle la foto con Alberto, y menos la de ellos dos juntos, sonrientes. No hay tregua, ni la habrá, aún.

Que se diga que sólo será una ceremonia con videollamada es una muestra de que le escapa a esa imagen. Si Jaldo no consiguió una foto con Parrilli -tampoco Manzur con Cristina-, menos querrá el gobernador que el vice tenga una con el Presidente sonriendo o abrazándose con los dedos en “V”. Imposible. Esa tirantez tiene un solo final: el quiebre del peronismo.

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