“Sin Alberto no se puede”; una expresión de deseos - LA GACETA Tucumán

“Sin Alberto no se puede”; una expresión de deseos

Por Hugo E. Grimaldi.

06 May 2021
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Cristina Fernández y Alberto Fernández, vice y presidente de la Nación. ARCHIVO

Un día después de la sentencia por la cual la Corte Suprema le propinó un sonoro cachetazo a la Administración nacional, el Presidente se presentó en público para rendir examen ante su mentora, Cristina Fernández, con la clara decisión de mostrar que él puede ser más duro que los más duros. Eso se llama radicalización y es un atajo para reflejar también, como parte del relato, que Alberto F. es capaz de sobreactuar una unidad que sólo existe en los papeles. Esta es la línea que se ha intentado bajar, para que los más remisos se convenzan de que no hay grietas internas.

Si se pondera la situación desde el punto de vista comunicacional, el acting de Ensenada fue parte de una estrategia que el kirchnerismo lleva a adelante a partir de dos o tres elementos que cualquier Manual de Propaganda detalla, aunque los ha uniformado en un nuevo mandamiento: no convenzas a los no convencidos, dale elementos a quienes te acompañan para que repitan y repitan lo que se quiere instalar para que así todos los demás crean que son una minoría. No importa si se exagera o aún si se miente, lo importante es unificar el mensaje y darle argumentos a la tropa -incluida la prensa adicta- para que se pavonee y repita las consignas, que algo quedará. Es lo que en lunfardo se llama “meloneo”, un porteñismo bastante difundido como técnica para acondicionar cerebros. 

Por supuesto que, ante la manipulación,  los medios que no se tragan el caramelo pasan a ser los malos de la película, mientras que las redes sociales sirven como propaladora ideal de esta concepción que no es otra cosa que una subestimación de los ciudadanos, aunque se trata de algo mucho peor bajo la fachada de inyectar mística, ya que se trata de la alevosa utilización propagandística de los compañeros más fieles. Muchos se preguntan cuándo esta guerra de zapa armada con declaraciones que no buscan convencer sino inyectar sibilinos argumentos, alcanzará la figura del presidente de la Nación.

Seguramente, al Presidente no se le escapa que la propaganda que sale del Instituto Patria bajo tal formato busca limarlo a él en primera instancia y por eso se muestra duro, mientras muchos de sus votantes (y colaboradores) siguen sin entender por qué se subordina. El episodio de un Presidente que no puede echar a una cuarta línea debajo del poder que le confirió la Constitución y que devalúa simétricamente al ministro que debería sacarle las papas del fuego (Martín Guzmán) hoy lo muestra subido al tren de la orfandad. A su alrededor, se mueve apenas un grupo muy reducido de gente, amigos y funcionarios fieles que parodian aquella frase que ensalzaba la unidad y trastocan los nombres, mientras dicen el conjuro a la inversa, tal como si estuvieran invocando a espíritus más benévolos: “Con Alberto no alcanza, pero sin Alberto no se puede”.

El dicho, que busca contrapesar el poder de Cristina, realmente parece muy poco efectivo para compactar la autoridad tirada por la borda y para intentar salvar la ropa del año y medio perdido, con la pandemia como atenuante, es verdad. Pero también es verdad que el Gobierno ha gestionado muy mal especialmente este capítulo, mirándolo desde cualquier punto de vista, sobre todo desde  el de la dramática falta de vacunas. Y ni que decir el de la economía, cuya manifestación más sensible es la inflación que erosiona los bolsillos.

Pese a todos estos problemas objetivos, la búsqueda permanente del manejo de voluntades no cesa. Con el tema de la Corte a favor de la autonomía de los estados provinciales por sobre las directivas de la Nación, debido a la prelación de existencia, ha pasado algo similar. El Presidente hizo una crítica bastante profesional al fallo por lo que entiende como “decrepitud” del derecho, aunque luego se envalentonó con una mojada de oreja hacia las sentencias que no le gustan: “voy a seguir cuidando la salud de los argentinos”, reafirmó. En cambio, Cristina Fernández salió a hablar de “golpe institucional” y todos los que la siguen a machacar al respecto, seguramente habiendo leído poco y nada del fallo. Eran otros tiempos cuando el ciudadano Fernández decía de la entonces Presidenta: “si no entiende que la Corte es un contrapoder deberíamos averiguar quién la aprobó en Derecho Constitucional”.

La técnica del “meloneo” requiere que el eco siempre sea más importante que aquello que se dice. Así lo hace, el gobernador bonaerense, Axel Kicillof y sus funcionarios, especialmente para denostar a los habitantes de la CABA. Cuando la ex presidenta se despacha con 27 tuits sobre los eventuales méritos de un Joe Biden peronista no pretende convencer sobre esa construcción bastante rebuscada de su pensamiento, habida cuenta las diferencias de fondo entre los países, sino que quiere instalar que hay similitudes con un gobierno al que ella le presta poca atención, habida cuenta de que China y Rusia son sus faros ideológicos. Luego, el Presidente fue el primero en hacerle la claque bautizando al mandatario estadounidense como “Juan Domingo Biden”, algo alejado de toda perspectiva diplomática que él, como jefe constitucional de las Relaciones Exteriores, debería cuidar.

El punto más sensible de esa intervención presidencial es que Fernández justo cargó sobre el tipo que debería dar la luz verde para que la Argentina se haga de algunas vacunas misericordiosas, que por aquí se necesitan como el agua y ni que decir sobre el papel de los Estados Unidos en el Fondo Monetario.

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