El cine, espacio único e irreemplazable - LA GACETA Tucumán

El cine, espacio único e irreemplazable

Por Carmen Perilli - Doctora en Letras, investigadora y docente en la UNT.

04 Mar 2021

El cine es una fábrica de sueños desde que surgió, con todo lo bueno y lo malo que esto tiene. Mi amor por las letras no disminuye mi pasión por las imágenes. Soy cinéfila y el cine, para mí, es una suerte de espacio único, un lugar irremplazable, sin desdeñar los videos, la televisión, las redes sociales, etcétera.

Formo parte de un grupo cada vez menos numeroso, que ama entrar a una sala a oscuras donde la única actividad es embelesarse con las imágenes. Quizá eso venga de mi niñez, cuando concurríamos al cine Gardel de Aguilares a ver diariamente dos películas, a veces aderezadas con un corto de cowboys. Allí, mi abuelo se había sentado durante muchos años en un lugar reservado todos los días; y podíamos encontrarnos con mi padre, que entraba en la parte en la que cargaba la caballería para salvar al héroe.

Desde aquellas épocas remotas en que los chicos esperábamos la camioneta con las cintas, mi vida está ligada a la ceremonia del cine. Todas mis experiencias están marcadas por películas. Recuerdo con nitidez la tarde que fuimos a ver “2001. Odisea del espacio” antes de ir a la facultad o el auditorio conmovido de “Love Story”, denostada por la vanguardia. He coleccionado imágenes inolvidables como la de Abakuk, el pequeño judío en “La Armada Brancaleone”; la del tío loco arriba del árbol en “Amarcord”; la muerte jugando al ajedrez en “El séptimo sello” y, por supuesto, los ojos del niño en “Cinema Paradiso”. Todas ellas iban seguidas por el diálogo con otros. En una época que no estaba bien visto que las mujeres vayan solas al cine yo encontraba allí un refugio de la realidad, viendo “El francotirador” o “La Marquesa de O”.

Antes de que la cuarentena obligara a cerrar los cines, ya muchas películas se habían refugiado en cineclubes o festivales. Las grandes salas se convirtieron en una suerte de plaza de superhéroes y dibujos animados. Aclaro que este hecho no aplacó mi placer. Concurrimos con los nietos, cumpliendo con el ritual familiar que pasó de generación en generación. Nada estorba el placer -ni siquiera los pochoclos o los celulares interrumpen mi concentración- y extraño el puntero del acomodador, que nos hacía callar. Otra buena costumbre que se interrumpió son los festivales: el Bafici, el de Mar del Plata, los de Tucumán, los de Cine Europeo, son lugares de encuentro que nos permiten ver maravillas como la historia de la gitana que quería leer o el testimonio del soldado analfabeto que escribió un libro. Recuerdo la alegría con la que Pepe Concha me anunciaba la fecha de su realización.

Los espectadores no estamos solos, ni aislados. La oscuridad y el silencio, hábitos cada vez más lejanos a los habitantes del mundo contemporáneo, no impiden que estemos juntos. Vi hace poco “El primer hombre”, basada en la obra de Albert Camus. La escena del niño leyendo la película a la abuela analfabeta es absolutamente inolvidable. Espero ansiosa que recuperemos la posibilidad de estar con los otros, esa que nos brindan los cines.

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