Algunas enseñanzas de Maradona - LA GACETA Tucumán

Algunas enseñanzas de Maradona

29 Nov 2020
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Por Alfredo Ygel, psicólogo.-

Maradona fue ese ídolo maravilloso que hizo confluir en él los deseos contradictorios que nos habitan como seres humanos. Fue quien nos llevó a nuestras máximas aspiraciones ideales en los límites del cielo con su mano de Dios y la belleza de su gambeta; quien nunca renunció a sus orígenes poniéndose del lado de los pobres y de los humildes. Fue también el transgresor, el amante de la farra, el adicto, el alcohólico para quien el límite no existía. Representó para los argentinos la imagen ideal en la que cada uno de nosotros se proyecta en sus deseos más sublimes, como en los más oscuros y escondidos, conscientes o inconscientes. Se convirtió así en eso que Eduardo Galeano nombró Dios sucio, objeto del amor y la veneración de multitudes, tanto de hombres como de mujeres, realizando imaginariamente las fantasías que todos portamos. Lo que veneramos en él es lo que proyectamos en nuestros ídolos de nuestros deseos más sublimes y los excesos que cada uno desearía cometer.

Lo que amamos de Maradona no es su persona, colmada por las virtudes e imperfecciones de todo ser humano, sino eso que él representa. Si algo nos enseña Maradona es la magia de la belleza que hace más soportable la vida, la persistencia a resistir a lo real del padecimiento humano, la posibilidad de enfrentarnos a los mandatos del poder, el autorizarnos a acceder al goce de la vida. Lo que el maravilloso 10 nos dejó es la alegría en la belleza de la gambeta, o en la corrida interminable esquivando rivales para alcanzar el gol en esa batalla épica que nos devolvió la dignidad frente a los ingleses. Lo que amamos en Maradona, olvidándonos de sus excesos, es su obra, la belleza que nos regaló en sus jugadas, su espíritu contestatario que lo hizo enfrentarse a todo poder, su amor por la pelota, su objeto de amor único, a quien siempre le fue fiel. Cual héroe trágico llevó adelante la gesta heroica realizando ese destino inevitable siendo glorificado y al mismo tiempo degradado, como sucede con todo héroe.

Convertido en Dios por la humanidad no pudo sustraerse de gozar y de sufrir por ello. Gozó y pagó con su cuerpo tanto lo excelso como lo abyecto. Lo hizo como pudo, viviendo y muriendo a su modo, sin renunciar jamás a su destino forjado por su deseo desde la humilde infancia en Villa Fiorito. Y es por esto que lo lloramos conmovidos, paralizados frente a los televisores que transmitían las imágenes de lo inevitable, de la muerte que negamos llegaría alguna vez. Es esto lo que llevó a cientos de miles de personas a darle un último aDios en una ceremonia popular de despedida multitudinaria, impactante, desordenada y desorganizada, tal como fue su vida. Y así nos mostró Maradona que los ídolos no mueren.

Su muerte nos deja sin el amparo que ofrece la ligazón a un líder o a un ídolo. Nos deja así una vivencia de tristeza y fragilidad, nos devuelve al desamparo original, nos dice una vez más de nuestra soledad. Pero aún en el dolor por la pérdida nos lanza a que cada uno, en su singularidad, pueda seguir buscando afanosamente alcanzar su deseo y lograr una vida un poco más feliz.

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