La cifra que no angustia - LA GACETA Tucumán

La cifra que no angustia

Por Mariela Ventura, Dra. Psicología- Profesora Titular de la Facultad de Psicología (UNT) e Investigadora- Coordinadora del Centro Universitario de Atención Psicológica.

30 Oct 2020

Si algo desnuda la pandemia es la condición mortal de todo ser humano –a la que nadie escapa- y que como buenos neuróticos que somos, de la falta, de nuestros límites (la “castración”, desde el psicoanálisis), de la muerte, de “eso no queremos saber”. Tal vez hemos hecho un pasaje muy drástico de una época en la cual primaba un empuje al goce desmesurado, de exitismos y de egos al escenario que hoy se nos presenta con este virus covid-19 con un mundo y un sujeto atravesados por una barra implacable que nos recuerda nuestra finitud, nos lima nuestra omnipotencia, y nos muestra que por debajo de toda esa pura vanidad, está la muerte, imágenes de horror y de miedo (cadáveres, muertes, desolación, miseria) contadas de a cientos, de a miles, de a millones, que con su repiqueteo incesante resulta devastador. Dice Camus en La peste (1947), “la treintena de grandes pestes que la historia ha conocido había causado cerca de cien millones de muertos. ¿Pero qué son cien millones de muertos? (…) Y además un hombre muerto solamente tiene peso cuando le ha visto uno muerto, cien millones de cadáveres sembrados a través de la historia no son más que humo en la imaginación. Él explica esta imposibilidad de dimensionar – de un modo metafórico- estas cifras descomunales: “diez mil muertos hacen cinco veces el público de un gran cine. “Esto es lo que hay que hacer. Reunir a las gentes a la salida de cinco cines, conducirlas a una playa de la ciudad y hacerlas morir en montón, para ver las cosas claras. Además habría que poner algunas caras conocidas por encima del amontonamiento anónimo”.

El número hoy no nos conmueve, evidentemente, es un fenómeno conocido –como lo relata Camus- el que sucede cuando la vida de un sujeto pasa a engrosar una cifra estadística. Pero desde los medios es permanente la insistencia del conteo numérico, que ya no cumple la función de señal de alarma ni de cuidado, sino que pasa a ser una cifra vaciada de significado, demasiado grande como para que la mente lo entienda. Es que ese recuento frío la ha desubjetivado, se han perdido las biografías y las historias que pueden narrarse detrás de esos números, salvo cuando ese número es una vida concreta, con cara, dentro de una familia, conocida, próxima, entonces resulta una tragedia.

Este fenómeno que ha sido estudiado e investigado, es lo que se conoce como “entumecimiento psicológico”, un término traspolado de la medicina, que muestra que paradójicamente, cuanta más gente muere, menos nos sensibiliza, como en una relación inversa. Las personas pueden entrar en una especie de apatía que haga que se relaje en esto de mantener la distancia social, el uso de barbijo, el lavarse las manos o el uso de alcohol. Por definición, un entumecimiento a nivel físico describe la pérdida de sensibilidad causada por daño, irritación, compresión de nervios. A nivel psicológico también nos muestra que es el síntoma de un daño, de un trauma social, de un excesivo dolor que no se puede tramitar, entonces el afecto como mecanismo de defensa se desliga y se puede aparentar apatía e insensibilidad. El problema es que el riesgo de que se niegue esta realidad además de incrementar las cifras, es que se incurra en comportamientos autodestructivos ligados a la pulsión de muerte (no cuidado, pasajes al acto, depresión, consumo de sustancias, exceso en las comidas, etc., autolesiones).

Creo que además frente a este valor numérico descomunal, también hay un bombardeo permanente de imágenes de caos, de anomia de catástrofe. Y el sujeto humano necesita ilusionarse, creer en la promesa de un futuro posible que es necesaria para mantenerse en la vida … Las personas que se encuentran en lugares clave de la sociedad o en la familia, cada ciudadano, cada padre, cada profesor, cada dirigente, etc., debería poder transmitir la ilusión de un mañana y restablecer algunas certidumbres (que podremos volver a la vida, a un trabajo, a reunirnos, a viajar, a una sociedad en crecimiento, a un renacer). Como dice Pommier: “El que está en el lugar del jefe además de prohibirnos debe hacerlo en nombre de un ideal, de un trazo de identificación”. Pero si todo es crisis, pérdida, caída, muerte y destrucción, anomia, falta de ley, ¿qué posibilidad de ilusión nos queda? … Que se hable de un millón o 1,1 millón no es lo que va a hacer que la gente se cuide, sino el mostrar que tiene un límite, que no es para siempre, que podemos cambiar, ser mejores, que vamos a hacer mejor las cosas, que se premia el esfuerzo, que hay orden y promesa de futuro, por lo que vale la pena nuestro sacrificio que es hoy, pero para toda una vida

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