¿A cuál imagen mercedaria Belgrano hizo entrega de su bastón de mando?

Desde hace más de un siglo se mantiene la duda de si el General victorioso se postró ante la imagen chica o a la grande de la Virgen.

18 Oct 2020

Por José María Posse. Abogado, escritor e historiador, miebro del Instituto Belgraniano de Tucumán.

El 26 de septiembre de 1812 el general Manuel Belgrano, en el primer parte que envía al Triunvirato, escribe: “La Patria puede gloriarse de la completa victoria que han obtenido sus armas el 24 del corriente, día de Nuestra Señora de las Mercedes bajo cuya protección nos pusimos”.

Desde la fundación de la ciudad de San Miguel en Ibatín, la imagen de Nuestra Señora de la Merced, liberadora de los cautivos, fue la Patrona y Abogada de Tucumán. Cada año, durante su festividad del 24 de septiembre, era sacada en solemne columna por los fieles tucumanos. Consta que la Orden Mercedaria tenía su templo en el antiguo asentamiento. Al trasladarse la ciudad, la imagen acompañó solemnemente a los tucumanos a “la Toma”, lugar donde se asentó la actual San Miguel.

Como la procesión no pudo efectuarse el 24 de septiembre de 1812, ya que se estaba en medio del fragor de la batalla, el 27 de octubre la imagen fue llevada al Campo de las Carreras, lugar donde había tenido lugar el hecho bélico.

El por entonces joven oficial José María Paz, testigo presencial de los hechos, relató en sus Memorias: “…por la tarde fue la procesión en la que sucedió lo que voy a referir: la concurrencia, pues, era numerosa, y además, asistió la oficialidad y tropa, sin armas, fuera de la pequeña escolta, que es de costumbre. Quiso además, la casualidad, que en esos momentos entrase a la ciudad la división de vanguardia, que regresaba de la persecución de Tristán y el general ordenó que a caballo, llenos de sudor y polvo como venían, siguiesen en columna atrás en procesión; con lo que se aumentó considerablemente la comitiva y la solemnidad del acto. Estos sentimientos tomaron mayor intensidad cuando desembocó la procesión al campo de batalla, donde aún no había acabado de borrarse la sangre que lo había enrojecido. Repentinamente el general deja su puesto, y se dirige solo hacia las andas en donde era conducida la imagen de la advocación que se celebraba; la procesión para; las miradas de todos se dirigen a indagar la causa de la novedad; todos están pendientes de lo que se propone el General, el que haciendo bajar las andas hasta ponerlas a su nivel, entrega el bastón que lleva en su mano, y lo acomoda por el cordón, en las de la imagen de Mercedes. Hecho esto, vuelven los conductores a levantar las andas, y la procesión continúa majestuosamente su carrera” (General José María Paz; “Campañas de la Independencia”; Memorias Postumas; Editorial “La Cultura Argentina”, Buenos Aires, 1917).

La costumbre continuó, transmitiéndose de generación a otra de tucumanos. Curiosamente, la siguiente vez en la que no hubo procesión un 24 de Septiembre, fue este año en razón de la pandemia.

IMAGEN GRANDE. En 1913, la señora Rosario López Ibazeta de Etcheverry la entregó en custodia.

Existían dos imágenes de nuestra señora de la Merced, la de “bulto” o de altar, que es la que se veneraba en el camarín, conocida como “imagen chica”; y otra, la de “rostro” o “procesional”, que resguardaban los cofrades mercedarios, de mayor tamaño. Se conocía popularmente como “Imagen Grande”. Era de uso común que existiera una imagen portante en los actos públicos. Fue encargada y pagada por la familia Tejerina, notorios miembros de la Cofradía de la Virgen de La Merced entre los años 1777 y 1778. Ésta era la que se sacaba en procesión.

Para ese día los cofrades se esmeraban con cada detalle: la prolijidad de su manto y del pelo, que era cambiado cada tanto y pertenecía a una de las mujeres de la familia; la adornaban prolijamente y la engalanaban con joyas donadas por las antiguas matronas tucumanas. Según refería el investigador Ignacio Tejerina Carreras, la posesión de esta imagen se transmitía dentro de la familia “camarera” donante, a la mayor de las mujeres de la siguiente generación. Ellos tenían la obligación no sólo de guardarla, sino también de mantenerla en condiciones.

Con los años, el antiguo templo mercedario se fue deteriorando, hasta que hubo que clausurarlo por el riesgo que significaba la construcción que se caía a pedazos. Incluso la Orden Mercedaria se fue de Tucumán. La imagen chica fue sacada de la antigua iglesia, pero la Procesión continuó con la imagen grande.

Durante los años previos a la reconstrucción del Templo, el gobernador provincial de turno, encabezando a los feligreses, iba todos los 23 de septiembre en busca de la imagen venerada a casa de los descendientes de la familia Tejerina; de allí la trasladaban al frente del templo mercedario, de donde comenzaba la procesión el día siguiente, rumbo al lugar de la histórica batalla. Por generaciones estuvo en poder de los Ibazeta Carranza, de allí que se decía que era la “imagen de las Ibazeta”.

La generosidad del matrimonio de don Alfredo Guzmán y de la señora Guillermina Lestón permitió la reconstrucción de la Iglesia Mercedaria, pero ello recién ocurrió en 1950, años más tarde de la polémica que voy a relatar:

En 1912, coincidente con el centenario de la histórica batalla, el Papa Pío X, dispuso la Coronación pontificia de la Imagen de Nuestra Señora de la Merced de Tucumán. Fue cuando surgió la duda acerca de cual de las dos merecía tal honor; a la Chica que se atesoraba como a una reliquia sagrada desde la Colonia, y ante la cual el general oró antes de la Batalla, o a la grande o “procesional”, que por tradición se decía que era la que recibió el bastón de mando. Con ello surgió una discusión que mantuvo en vilo a nuestros abuelos, en una sociedad donde lo religioso era central.

Luego de una minuciosa investigación en la que se levantaron testimonios de antiguas comadronas vinculadas a la cofradía, surgieron fuertes indicios que fortalecían a uno y otro bando. Entre ellas, la señora Rosario López Ibazeta de Etcheverry tenedora de la imagen, presentó una enérgica nota a la Comisión de Festejos del Centenario de la Batalla de Tucumán, que se acompañó en su momento por diferentes pruebas testimoniales (copia en poder de la académica, profesora Patricia Ibazeta, en Tucumán).

Finalmente, y con la entendible razón de dar preeminencia a la imagen venerada en el camarín mercedario, se decidió coronar a esta. Ante ello la señora López Ibazeta, enfurecida por la decisión, entregó la imagen que custodiaba a los mercedarios de Buenos Aires, quienes estaban por entonces construyendo su templo. Dos de ellos vinieron a la provincia y se la llevaron en 1913. Es la razón por la cual la histórica imagen salió para siempre de Tucumán.

CORONA Y ORNAMENTOS. Honores en los actos por el centenario de la batalla de Tucumán.

En 1936 el Obispo de Tucumán, Monseñor Barrere, solicitó formalmente a los mercedarios la devolución de la imagen grande a Tucumán. Para zanjar dudas, creó una comisión especial compuesta por sacerdotes, historiadores, juristas y hombres de la cultura, a fin de dilucidar de una vez a cuál de las dos imágenes Belgrano había designado Patrona y generala del Ejército Argentino en 1812, en el aún ensangrentado Campo de las Carreras.

El historiador Manuel Lizondo Borda, voz cantante de la comisión, al dar las conclusiones finales afirmó entre otras razones, que se había determinado que, como en 1812 la imagen grande estaba en poder de doña Josefa Tejerina de Carranza, y como su marido, Don Manuel Fernández Carranza era un notorio realista, enemigo de Belgrano, se había negado a entregar la imagen para el solemne acto en el que el general la nombró Generala de los Ejércitos de la Patria.

A pesar del pedido fundamentado del Obispo tucumano, la Orden mercedaria, decidió conservarla en Buenos Aires. Pero aún con el dictamen mencionado, la duda quedó flotando generación tras generación de tucumanos.

En 1993 la investigadora Hilda Helena Zerda de Cainzo publicó un detallado estudio, revisando toda la documentación y refutando varios puntos del dictamen de aquella comisión (Hilda Zerda de Cainzo, 1993: “La verdad sobre la imagen a la cual Belgrano entregó su bastón de mando el 28 de Octubre de 1812”, en “Revista de la Junta de Estudios Históricos de Tucumán”, Año VIII, N° 5).

Lo medular que estableció fue que el argumento acerca de que los Carranza Tejerina hubieran negado al general Manuel Belgrano era absolutamente descabellado, pues un español peninsular (sumado al bando realista) estaba en una situación de absoluta inferioridad. Todos ellos habían sido obligados en agosto de 1812 a jurar “Fidelidad a la Patria y al Gobierno”. Fueron además objeto de fuertes exacciones en dinero, mercaderías y haciendas para sostener a los ejércitos patriotas, sumas que jamás se les fueron devueltas. Realmente no estaban en posición de negar nada a un general que comandaba esas fuerzas variopintas.

Si nos atenemos al testimonio de las ancianas consultadas, tradicionalmente se sostuvo que fue efectivamente la imagen grande la depositaria del bastón original, que por cierto era de mimbre y que luego fuera reemplazado por orden del propio Manuel Belgrano por el de marfil con regatón de oro, que hoy se conserva en la Basílica de la Virgen de la Merced en Tucumán, encargo cumplido por su hermano Joaquín (Julio P. Avila (1920); “La Ciudad Arribeña, Tucumán 1810/1816, Reconstrucción Histórica”).

Pero esa no es la única polémica que levantó el asunto, pues la fecha del 27 de octubre fue también puesta en discusión. Pero esta vez, un documento irrefutable apareció para aclarar las cosas. Una carta del jesuita tucumano Diego León Villafañe a don Ambrosio Funes, fechada el 9 de noviembre de 1812, manifiesta que la entrega ocurrió el 28 de octubre, día de la festividad de San Simón y San Judas, vicepatronos de la ciudad y cuyas imágenes (hoy resguardadas en la Iglesia Catedral de Tucumán) eran veneradas también desde los tiempos de la colonia en Ibatín (Hilda Zerda de Cainzo, op. cit.). Claro que en este caso la tradición fue más fuerte y la fecha no se ha alterado y sigue conmemorándose en el día que los antiguos tucumanos recuerdan aquella entrega.

Volviendo a la polémica por la imagen chica o grande, lo que hoy puede resultarnos algo sin mayor entidad, en su tiempo levantó grandes enconos entre nuestros antepasados situados en uno y otro bando de la discusión. Lo cierto es que hasta hoy no apareció una documentación de época que nos aclare la cuestión de manera indubitable. En lo personal me inclino por la verosimilitud de la tradición oral.

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