El drama de Las Piedritas: vivir sin agua en pandemia

En invierno adolecen por la poca presión y en verano no tienen servicio. Para la SAT se trata de conexiones irregulares y no pueden intervenir.

08 Ago 2020 Por Martín Dzienczarski
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EN LOS BARRIOS. En Las Piedritas, muchas de las casas no cuentan con las comodidades para quedarse en casa y prevenir el contagio de la covid-19. LA GACETA / FOTO DE INÉS QUINTEROS ORIO

Viviana Cajal tiene que acostar y llevar casi al ras del suelo el caño de agua de su casa, que no está empotrado a la pared sino que corre por sobre el piso del patio, para que pueda salir un hilo de agua y pueda juntarla en una palangana. Ella siente el sol más cálido en el patio y sabe que viene lo peor: si ahora en invierno es cuando tiene algo de presión de agua, en primavera y verano empezará otra vez la penuria. Cargar agua toda la madrugada en palanganas para poder llenar tachos, el lavarropas o irse a las casas de los vecinos de otras zonas a juntar agua y acarrearla. Si vivir sin agua es “injusto” -como dice ella-, en pandemia se vuelve “malo, casi malvado” -agrega-: ¿cómo lavarse las manos constantemente sin agua? ¿cómo diluir alcohol y lavandina para desinfectar?

“Ahora haciendo así (acuesta el caño sobre una palangana en el piso) tengo agua con poca presión y junto en tachos para tener para usar. En verano tengo que estar despierta toda la noche. Entre las 2 y las 5 voy juntando agua. Si tocan las semanas sin nada de agua, tengo que ir a sacar de la casa de mi mamá, que vive acá cerca de la autopista o otras casas”, cuenta la mujer.

La llegada de días más cálidos, sobre el final del invierno tucumano, genera preocupación entre los vecinos de Cajal en la barriada Las Piedritas, al sureste de San Miguel de Tucumán, encerrada entre la autopista de Circunvalación (junto a los cruces de distribución de San Cayetano) y el río Salí, al sur de La Costanera y al norte de Autopista Sur y Los Vázquez.

El barrio comenzó a poblarse a partir del 2000 y viven, estiman los vecinos, 300 familias. Uno de los puntos centrales de la barriada es una cancha de fútbol donde la vecindad se reúne como si fuera una plaza. Las casas de la vuelta son en su mayoría de material y tienen contrapiso. Las cuadras más cercanas al río tienen -en su mayoría- casillas pequeñas. Algunas con piso de tierra y ni siquiera cuentan con conexión de agua con una manguera precaria, ni baño. Tienen luz porque comparten la conexión y dividen la cuenta de la boleta entre varias casas.

Muchas conexiones de agua son precarias. Ante una consulta de LA GACETA, los técnicos de la SAT indicaron que la solución para mejorar la provisión de agua es compleja porque se trata de un “asentamiento con conexiones irregulares”. Explicaron que analizan la manera de que esas familias puedan formalizar su condición con los lotes para poder proveerles de servicio.

Fuente de Casa de Gobierno comentaron que esas familias se instalaron en terrenos que pertenecen a Vialidad Nacional, por lo que regularizar la situación requerirá de la cesión de las tierras, aunque por la ubicación se trata de un barrio emplazado en un terreno que debería quedar descubierto por seguridad. El secretario de Gobierno de la Municipalidad, Rodolfo Ocaranaza, afirmó que está en ejecución una obra de iluminación sobre la autopista que beneficiará a esos vecinos, para dar seguridad en el cruce.

SIN AGUA NI BAÑO. Abeldaño muestra su trajín para juntar agua en casa.

Las Piedritas figura, sin embargo, en el listado del Registro Nacional de Barrios Populares, establecido por ley nacional para ceder terrenos del Estado, otorgar escrituras de lotes y urbanizarlos.


Sin agua

En una de las calles cercanas al río, Cinthia Peralta y Tamara Abeldaño charlaban y tomando mate, cada una con el suyo. Ellas comparten el temor de Cajal: si no hay una vacuna pronto, será difícil mantener la higiene necesaria para prevenir el contagio de la covid-19 si no se puede diluir lavandina para limpiar y desinfectar. O para lavarse las manos.

“En mi casa no tenemos baño y vivimos sin agua”, comenta Abeldaño. “Estoy intentando hacer ahora un bañito, para usar un baño tengo que ir hasta la casa de mi suegra. Ahora me robaron la garrafa así que cocino a leña, tengo que buscarla en el río. Necesitamos agua, le tenemos miedo a contagiarnos de coronavirus”, cuenta mostrando los tachos de agua. “Lo que me preocupa también es que necesitaría camas”, agrega. Peralta apunta que el otro problema es la falta de alumbrado público: “los colectivos que nos dejan más cerca desde el centro son el 4 y el 8 El Bosque, en el club Lince. Desde ahí tenemos que caminar ocho cuadras y cruzar la autopista. No se ve nada, no tenemos puente peatonal ni zona de cruce. Además por dentro del barrio tampoco se ve nada. Cuando tenemos que ir a cobrar al cajero o por un trámite en Anses nos avisamos con las vecinas así una se queda cuidando las casas”.

“Acá nos da bastante miedo porque cuando empieza la primavera arrancamos con los cortes de agua. Ahora hay poquita presión pero después hay que ir a pedir agua a las casas de cerca de la cancha o a vecinos de otras zonas. Es difícil, porque si es un problema estar sin agua, con la pandemia es peor”, coincide Lorena Ríos con su bebé en brazos.

En una de las casas frente a la cancha de fútbol, Sebastián Canto abre el caño y tiene algo de presión. Muestra los tachos en los que junta líquido y coincide con el diagnóstico general. “El agua es tan esencial siempre y con esto -la pandemia- es fundamental para poder evitar contagiarte. Ahora tenemos poca presión, pero en primavera y verano no hay nada. Algunos vecinos tienen bomba y la prenden para juntar, pero el problema es que los demás se quedan sin agua”, comenta.

Él trabaja de vendedor ambulante, de electricista. De lo que sea. “Me da miedo trabajar porque sé que me expongo, pero es lo que hay. Vendo en Francia y Soldati, los viernes vendo diarios. También subo a colectivos, vendo en los semáforos. Golosinas, bolsas. Los fines de semana lavo autos afuera de bares. Si hay trabajitos de electricista, los agarro. Lo que sale, hago”, cuenta.

Canto colabora con el merendero de la Corriente Clasista y Combativa (CCC) que funciona en el barrio. Es profesor de vóley, entrena y hace jugar a chicas y chicos varias veces por semana. Ahora, siempre con distancia social y sin contacto. “Por la mañana nos juntamos a amasar. Antes, el merendero era dos veces por semana y venían 60 chicos. Ahora funciona con viandas y desde marzo se hace tres veces a la semana para 300 niñas y niños. Ahí tampoco hay presión de agua así que a la mañana, cuando empieza la amasada, ponen a cargar la olla de 150 litros para el mate y demora tres horas en llenarse”, vuelve sobre la falta de agua.

La falta de alumbrado público también le preocupa: “con la falta de iluminación hubo muchos accidentes y gente que falleció intentando cruzar. Nos dijeron que la Municipalidad pondría luz pero debíamos poner nosotros los postes. Me da miedo aunque uno se acostumbra, porque me asusta el coronavirus pero tengo que salir a trabajar. Voy caminando hasta el centro y vuelvo, por el costado de la autopista, porque no puedo gastar en colectivo. Y me pueden chocar, robar o me puedo enfermar. Pero bueno, hay que vivir, hay que sobrevivir”, cierra.

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