Historias detrás de la Historia: otra teoría que no sirvió para evitar una dura condena

Conmoción en Artes (tercera parte).

29 Jun 2020 Por Gustavo Rodríguez

Fue un doble homicidio que generó conmoción en la provincia. El decano de la Facultad de Artes Carlos Navarro y su hermana Clara Imelda fueron asesinados de manera brutal el 7 de diciembre de 1990. El autor del hecho, Segundo Inocencio “El Porteño” Benítez huyó de la provincia el mismo día que cometió el brutal doble crimen y se mantuvo cinco meses prófugo. Durante ese tiempo se registraron la supuesta muerte accidental del estudiante santiagueño Julio César Sprovieri y el asesinato de Jorge Marcelino Benítez, de tan sólo 13 años. Los cuatro decesos generaron terror en la comunidad de esa casa de estudios que no entendía lo que estaba sucediendo.

Benítez, correntino de nacimiento, pero que vivió gran parte de su vida en Buenos Aires, era un hombre oscuro. Se había separado luego de que su mujer lo denunciara de haberla agredido. Los trabajos no le duraban por su irresponsabilidad. Como chofer de colectivos fue suspendido varias veces por haberse quedado con la recaudación y, otras tantas, por haber faltado sin avisar. En esos días, todos se hacían la misma pregunta: ¿cómo una persona tan culta y reconocida como Navarro podía haberse relacionado con “El Porteño”?

EL ACUSADO. Segundo Inocencio Benítez, antes de ser condenado a reclusión perpetua.

Las conjeturas y habladurías eran muchas. Ariel Guerra, en el ya desaparecido diario “El Siglo”, publicaba todos los lunes una serie de notas bajo el nombre “Policiales en Casa”, donde relataba los crímenes más importantes que se habían registrado en la provincia. Cuando escribió sobre este caso fue el primero que aportó un dato clave para esclarecer la duda. Palabras más, palabras menos, el periodista relató que Benítez y Navarro podrían haberse conocido en un bar que estaba ubicado en Crisóstomo Álvarez entre 9 de Julio y Congreso. “Se habían convertido en compañeros inseparables desde algún tiempo antes de esa fatídica noche”, escribió.

TESTIGO CLAVE. La declaración de “El Tano” Gallettini, amigo del único acusado, fue determinante en el juicio.

“La imagen del asesino apareciéndose desde las sombras en cualquier rincón de Tucumán fue sólo una fantasía, nacida al abrigo de la profunda impresión que habían provocado las violentas muertes en el seno de una sociedad a la que muy pocas podían distraer de la profunda crisis económica que envolvería al país durante los primeros días de la gestión de Domingo Cavallo al frente de la cartera nacional de Hacienda”, detalló Guerra en la nota que se publicó el lunes 4 de junio de 2007.

Caída y confesión

Benítez había sido visto por última vez en la mañana del 8 de diciembre de 1990, cuando se escapó de un control caminero luego de que un policía le pidiera que abriera el baúl del Fiat Súper Europa que conducía que pertenecía al decano de Artes y en el que también viajaba un hombre elegante con anteojos de sol. Horas después se descubriría que transportaba el cuerpo de Navarro. Lo buscaron en todo el país y hasta en Bolivia, lugar al que realizaba misteriosos viajes. Pero su plan de fuga llegó a su fin a fines de mayo de 1991. Una comisión de investigadores lo ubicó trabajando en un taller mecánico de Loma Hermosa, provincia de Buenos Aires. No se resistió a la detención, pero sí se sorprendió que lo hayan encontrado.

“El Porteño” fue trasladado hasta la provincia en un vuelo de línea. El 4 de junio participaría de una medida judicial que se realizó en la casa de avenida Mitre primera cuadra. “Con asombrosa serenidad y recordando detalles que estremecieron a los testigos de la reconstrucción de los crímenes”, fue la frase que un periodista de LA GACETA utilizó para abrir la crónica de ese hecho. En tribunales recuerdan esa situación. Muy pocas veces en la historia de la provincia el acusado de un crimen había contado tanto en tan poco tiempo.

UNA VÍCTIMA. El decano Carlos María Navarro murió asfixiado en el baúl de su auto.

Lo primero que hizo Benítez es aclarar que estuvo solo, que nadie lo acompañó. También explicó que desde hace tiempo atrás quería cobrarle a Navarro una deuda de U$S 1.000 por las “fiestas” que organizaba y a las que asistía con la víctima. Detalló que en la madrugada él espero al decano en la puerta de su casa. “’Pagame’, dijo secamente ‘El Porteño’. ‘No te enojés, pasá’, invitó el decano. Lo llevó a la cocina y trajo de un estante una botella de gin y dos vasos. Benítez insistió con su reclamo. ‘No tengo plata, fíjate, hice un depósito esta mañana’, replicó Navarro mostrándoles un chequera. Después se levantó para ir a un baño cercano”, cronicó nuestro diario en su edición del 5 de junio.

“El Porteño” dijo que pensó que había ido a buscar un arma para matarlo, por lo que tomó un cuchillo cortó un pedazo de soga. Cuando el decano volvió a aparecer, le aplicó un golpe de puño que lo dejó inconsciente. En ese momento apareció Clara Imelda y comenzó a gritarle. La docente huyó hasta su pieza. “Benítez la siguió. Al llegar tropezó con un pesado candelabro, al tomarlo, vio que su víctima, aterrada, se ocultaba detrás de la cama. ‘¡Dejame! ¡Dejame!’, gritaba”, relató el periodista. “Enceguecido, le aplicó tres o cuatro golpes en la cabeza. Clara cayó boca abajo. Sangraba mucho, pero aún se movía. El asesino sacó de su bolsillo la soga, se la puso en el cuello y dio dos vueltas con el candelabro, así fue cerrándose el torniquete hasta que, al llegar a las 15 vueltas, ‘se le aflojó el cuerpo a la mujer’”, publicó LA GACETA.

“Volvió a la cocina, pero Navarro ya no estaba. Allí, casi desvanecido, encontró al decano queriendo abrir el portón para huir. El asesino con furia desatada lo derrumbó con varios puñetazos y dos patadas en la entrepierna”, se leyó en la crónica que tuvo un gran título: “Frialdad, ambición y furia”. En la reconstrucción se produjo un insólito momento. La defensora oficial le dijo a “El Porteño”, para hacerlo callar, que era suficiente todo lo que había contado. El respondió: “me quedan unos minutitos”. Esos “minutitos” le sirvieron para detallar cómo se había lavado las manchas de sangre de su ropa en una bañadera de uno de los baños y como cargó a Navarro en el baúl del auto para luego escaparse en el vehículo. El caso parecía cerrado, pero… en Tucumán nunca se puede decir nunca.

Otra teoría

Con el tiempo, “El Porteño” cambió de declaración. Dijo que en realidad Navarro había matado a su hermana porque le cuestionaba el estilo de vida que llevaba. Que ambos huyeron de la provincia con destino a Córdoba y que harían un trabajo que les permitiría vivir muy bien durante mucho tiempo: trasladar una importante cantidad de cocaína desde esa provincia hasta Buenos Aires. Incluso dijo que el proveedor se llamaba René Montivero. Contó que en el trayecto, el supuesto narco mató al decano de un golpe y que luego lo puso en el baúl del auto que manejaban y que ese era el misterioso acompañante que se vestía de manera elegante y que usaba anteojos de sol. Pero hubo detalles que la hicieron increíble a su hipótesis.

- La autopsia reveló que Navarro había fallecido por asfixia al permanecer encerrado en un lugar casi sin oxígeno y bajo un intenso calor.

- Nunca pudo precisar datos claves del supuesto narco. Detalles esenciales tales dónde vivía, a qué se dedicaba y dónde lo podían ubicar. Montivero, entonces, pasó a ser para muchos la creación fantasiosa de un hombre desesperado que no quería pasar el resto de su vida en prisión.

- “El Porteño” comentó que su confesión había sido realizada por los castigos físicos y psicológicos que le propinaron los investigadores de la fuerza, pero nada de eso se pudo probar. No hubo un solo estudio forense que comprobara sus palabras.

El juicio

En octubre de 1993 se inició el juicio por el doble crimen. Las audiencias no tuvieron muchos sobresaltos. La estrategia era clara. Benítez, que era asistido por la defensora oficial Zaira Silvia Rodríguez, intentó a toda costa tratar de que los jueces creyeran de que Navarro había matado a su hermana y que todo tenía que ver con el tráfico de drogas. LA GACETA, tituló “El cuento narco” cuando habló sobre la hipótesis.

En el debate fueron varios los testigos que complicaron la situación procesal del acusado. Pero hubo uno que fue totalmente incriminatorio. Francisco “El Tano” Gallettini era amigo del principal sospechoso. Estuvo detenido en más de una oportunidad por el caso. Todos creían que él había sido el misterioso acompañante de Benítez que escapó cuando policías lo detuvieron en un control en Arroyo Seco, provincia de Santa Fe. El testimonio que ofreció en el juicio fue demoledor. Dijo que el único acusado del doble crimen se presentó en la puerta de su casa el 7 de diciembre de 1990. “Me aproximé a la verja, vi el auto de Navarro solo. Él me dijo: ya está, le robé todo al ‘marica’. Tengo un televisor, dólares, joyas, oro y plata, pero me mandé una cagada: los maté a él y a su hermana”, dijo ante una sala que quedó petrificada con sus palabras.

“El Tano” señaló que él nunca tuvo relaciones con Navarro y que desconocía si Benítez le presentaba jóvenes para que estuvieran con el decano. “Lo que sí me pasó una vez es que Benítez me propuso a mí si quería hacerlo, pero le contesté que estaba loco”, declaró. También sostuvo que por las conversaciones sabía que este había tenido frecuentes encuentros con el decano.

En los alegatos, el fiscal Manuel López Rougés fue implacable. Describió las personalidades de las víctimas y de Benítez destacando que Navarro era un hombre valorable, “refinado en su carácter, culto. Y Clara Imelda, considerada una mujer discreta, educada y casi una monjita”. Para el acusador, “El Porteño” fue el único autor del doble crimen y que el móvil del crimen era la deuda que tenía el decano con Benítez. “El acusado mató a Clara e introdujo vivo al decano en el baúl del auto después de golpearlo, con la intención de secuestrarlo para sacarle dinero”, señaló.

También desestimó la teoría que pretendió hacer creer el acusado. “No se puede entender cómo un decano va a matar a su hermana, va a huir de esa forma, va a dejar el decanato y su vida social para huir con un compañero ocasional. Montivero parece surgido de la frondosa imaginación de Benítez. Todo es inverosímil”, dijo antes de pedir que se lo condenara a reclusión perpetua, por el doble homicidio, y el hurto de objetos, dinero y el auto de la víctima.

La defensora Rodríguez dijo que “El Porteño”, un solitario en afecto, fue víctima moral de la personalidad de Navarro, un hombre superior cultural y socialmente. “Cuando Clara vio a Benítez con su hermano, ella los insultó y Navarro la mató. Benítez no intervino porque fluyeron en él los sentimientos de culpa y cobardía moral. Debemos recordar que para mi defendido Navarro era como el Mesías”, agregó. También aclaró que el torniquete aplicado en el cuello de la docente tenía el sentido de las agujas del reloj y el acusado era diestro, por lo que era imposible qué lo haya hecho. Para la profesional, la única fuente de prueba en contra del imputado era su confesión, pero fue arrancada con torturas. Pidió la absolución.

Benítez pidió hablar antes de que se conociera el fallo. “Le doy gracias al tribunal por permitirme decir la verdad. Es la única vez que puedo hablar libremente”. Con la voz entrecortada por la emoción, agregó: “soy inocente. Pido que se siga al señor Montivero. Pido a Dios y a ustedes justicia. Nada más”. Dos horas después, en un fallo unánime, los jueces Carlos Francisco Ruiz, Alicia Noli y Carlos Norri decidieron condenarlo a reclusión perpetua por el doble homicidio. Se cerraba así un capítulo de una historia que seguía abierta por otras dos muertes.

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