Carlos Ruiz Zafón

El escritor español, fallecido la semana pasada, fue uno de los más leídos de habla hispana. La sombra del viento, su libro más conocido, vendió 10 millones de ejemplares y fue traducido a 45 idiomas. Esquivaba el mundo literario y era muy reacio a brindar entrevistas. Una de ellas se la concedió al autor de esta nota.

28 Jun 2020
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Por Alejandro Duchini

PARA LA GACETA - BUENOS AIRES

“Soy adicto a las gaseosas light”. Esa frase, o esa adicción, fue lo que me sorprendió del inicio de mi encuentro con el escritor español Carlos Ruíz Zafón. Fue hace tres años. Así empezaba la entrevista en una sala del Hotel Alvear, en Buenos Aires. Eran las 10 de la mañana y él acababa de despertarse y arrancaba con su vaso de Coca light. También me sorprendió la contraposición entre su enorme cuerpo y su voz aflautada. Uno imagina por lo general que una persona robusta, grande, tiene una voz como la de Darth Vader. Pero su voz, en cambio, se asemejaba a la de Ringo Bonavena.

En ese momento tenía 52 años y era el escritor en lengua española que más libros vendía. Acababan de publicarse los 700.000 (primeros) ejemplares de la edición inicial de su novela El laberinto de los espíritus, cuarta y última de la serie de “El cementerio de los libros olvidados”, iniciada en 2001 con el boom de La sombra del viento. Vendía tanto que la revista para la que escribí tituló “Tras los pasos de Cervantes”.

Había empezado a leerlo en orden de publicación, por un ejemplar que me regalaron de La sombra del viento. Me gustaba, pero nunca fui su fan. La historia de un padre y su hijo más otros personajes, entremezclados con bibliotecas y libros, resultaba una conjunción interesante. Eso mismo me había dicho la persona que me lo regaló.

Esta semana, mientras ordenaba mi biblioteca, dudé qué hacer con esos ejemplares, al que se sumó Marina, también vinculado a la historia y también ambientado en la Barcelona de fines del Siglo XIV y comienzo del XX. Los desempolvé y decidí que me los quedaré: siento como una señal en el hecho de que Zafón se haya muerto a las pocas horas de volver a mirar sus libros.

Me enteré de su muerte por un llamado de mi amigo y colega Cacho Lemos. A quien, justamente, inicié en la lectura de Zafón. Ahora que escribo esto pienso que tal vez Zafón me gustaba más de lo que creo. Si no, no lo habría recomendado. Cacho, lector imparable, se volvió su seguidor y con él compartimos comentarios de su lectura. Después me llegó el e-mail de Editorial Planeta que recordaba que tenía 55 años y que había muerto por un cáncer. Murió en Los Angeles, adonde vivía desde hace más de dos décadas. “No tenemos hijos. Por la vida que elegimos, de viajar mucho. No podríamos habernos ocupado de chicos”, me dijo.

El libro es un espejo

Soy de los que leen lápiz en mano y ahora veo que marqué frases como “existimos mientras alguien nos recuerde” o “un libro es un espejo y que sólo podemos encontrar en él lo que ya llevamos dentro, que al leer ponemos la mente y el alma, y que ésos son bienes cada día más escasos”.

El laberinto de los espíritus lo leí contrareloj. Más de 900 páginas que quería terminar antes de juntarme con él para hacer la entrevista. En esa urgencia recuerdo una tarde en el subte en la que una pareja me interrumpió para decirme que lo admiraban. Conversamos y les dije que lo iba a entrevistar. Cuando me bajé me pidieron que le mande saludos de parte de ellos, aunque no lo conocieran.

La lectura no sólo dispara conversaciones. A veces dispara sospechas: hay varios hechos que, aunque por azar, me acercan a Zafón: el regalo del primer ejemplar con el que lo conocí, mi amigo al que se lo recomendé y la pareja que me habló en un subte. Si sigo pensando, seguro hay más.

Del encuentro personal me quedó mucho. Su buena onda, por ejemplo. El escritor famoso o vendedor llega a las entrevistas acompañado por su inseparable ego. Conozco a varios que hacen de su ego un compañero insoportable. No fue esa mi experiencia con Zafón.

Me contestó, tras mi interés por el prendedor de un dragón en su saco, que los dragones eran su obsesión desde pequeño. Que en sus ropas llevaba algo relacionado a los dragones y que en su casa de Los Ángeles, donde vivía con su esposa, había una gran colección en muñecos, fotos, prendedores y hasta tazas.

También me dijo que le gustaban la música clásica, el jazz y el blues. Que nunca dejaba de escuchar en su equipo de audio porque esa era “la más sublime de las expresiones artísticas del ser humano”. Y que no le gustaba escuchar on line porque la calidad del sonido, comparada con un cd, era bajísima. “Creo que con la moda de escuchar a través de internet estamos escuchando música en las peores condiciones de los últimos 50 años. Hoy hay tecnología de consumo, de baratilla, pagando una cuota mensual. Pero la tecnología no es eso. La tecnología nos permite cosas fabulosas. Y en audio existen otras cosas para disfrutar de la música de manera maravillosa. Muchos no lo saben y escuchan música en el Iphone: es como ver El padrino en tu Apple Watch”.

En sus lecturas encontraba placer en los libros históricos, ensayos y ficción. Decía que no tenía “etiquetas ni prejuicios” y que seguía sus propios criterios. Si podía, prefería leer tumbado en la cama. “Entiendo que las personas que leen lo hacen por placer. Y es para eso que hay que leer. Es muy importante no perder el goce en la lectura. Eso es lo que me interesa transmitir. No quiero moralizar sino contar historias de la mejor manera posible”, me dijo.

Releo aquella nota y vuelvo a sus libros y recuerdo a esa Selección de personajes increíbles. ¡Parecen Holanda del 74 de tan buenos! En cada libro asoman nuevos nombres. Algunos de buen corazón y otros demasiado malos. Pero todos muy humanos. Me acuerdo de Alicia Gris, quien aparecía para su último libro, El laberinto de los espíritus. Le dije que enamoraba, que me gustaría que fuese de verdad porque me había enamorado de ella. Zafón se rió y me dijo que a varios les pasaba lo mismo. Pero me advirtió sobre su peligrosidad, su oscuridad. “Un angelito en las tinieblas”.

© LA GACETA

Alejandro Duchini – Periodista.

Perfil

Carlos Ruiz Zafón nació en Barcelona en 1964 y murió en Los Angeles el viernes pasado, víctima de un cáncer, a los 55 años. Desde los 20 años trabajó en publicidad. En 1993 apareció su primer libro, El príncipe de la niebla. Le siguieron El Palacio de la medianoche, Las luces de setiembre y Marina, todas novelas juveniles. La sombra del viento, su primera novela para adultos, se publicó en 2001. La crítica española la ignoró, pero se convirtió en un fenómeno editorial: se vendieron 10 millones de ejemplares y fue traducida a 45 idiomas, batiendo el récord de su país. Luego aparecerían tres títulos más de la saga: El juego del ángel (2008), El prisionero del cielo (2011) y El laberinto de los espíritus (2016). Recibió muchas críticas negativas, pero también múltiples elogios y premios. “La sombra del viento es sin duda maravillosa, la trama es magistral”, dijo Stephen King. El premio Cervantes Eduardo Mendoza y Jorge Fernández Díaz (quien lo definió como “un autor muy culto que creía en la literatura popular”) fueron otros escritores que destacaron su obra. Fue finalista, como autor del año, de los British Books Award, y ganó el Prix Michelet, el premio de la New York Public Library y el Nielsen Book Award, entre otros 20 galardones.

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