Una peste orwelliana

Es triste, pero la pandemia de coronavirus, aparte del daño que apareja por sí misma para los habitantes del planeta, se ha transformado en una aliada para determinados gobiernos. Por su innegable importancia informativa relega a segundo o tercer lugar a otro tipo de hechos dolorosos para las personas, y opera como un biombo detrás del cual se ocultan las andanzas muchos mandamases.

10 May 2020
1

Por Danilo Arbilla

PARA LA GACETA - MONTEVIDEO

Más de un presidente ha pedido “poderes especiales” para combatir la pandemia, los que se han transformado es restricciones a las libertades y los derechos de los ciudadanos.

Las “cuarentenas” obligatorias y las reglas de aislacionismo dispuestas en la gran mayoría de los países son aceptadas, por cuanto es lo que la colectividad médica mayoritariamente aconseja. Pero ese tipo de estado de sitio, para que dé resultados, requiere del ánimo y la actitud de los ciudadanos que asumen la necesidad de las limitaciones, pero a la vez exigen la seriedad y el compromiso de los gobiernos de no abusar de estas y de no saltarse las vallas que el sistema democrático, aun en emergencia, establece.

Eso no ha pasado en algunos lados y ha habido medidas arbitrarias, incluso algo ridículas, que tienen que ver con las “excepciones” para el encierro que han agudizado las burlas, críticas y en ciertos casos generado brillantes creaciones humorísticas a través de las redes. Como que la gente aburrida adentro se divierte como puede y no está mal. Pero hay medidas muy discutibles, por no decir que están mal, como una liberación masiva de presos “vulnerables” que han pasado a gozar de sus penas a domicilio, como ha ocurrido en Argentina. La polémica ha sido grande por lo que implica una medida de ese tipo para la seguridad ciudadana, y se calienta más aún con el hecho que los primeros beneficiados por el sistema, antes de la “ampliación”, fueran presos condenados o procesados por actos de corrupción durante los anteriores gobiernos kirchneristas. Alberto Fernández les dio una mano, seguramente con la bendición u orden de su vicepresidenta Cristina Kirchner.

Al tan manido “bien común” o al ”interés general” se apela sin ningún fundamento en muchas circunstancias, sólo para recortar derechos a los ciudadanos (entre ellos, el primero, la libertad de prensa y el derecho a la información). Y eso, ahora, con la pandemia, está más que justificado. Esa potestad del ciudadano a saber lo que pasa ha sido “tocada” en algunos países con sistemas democráticos. En los autoritarismos ni hablemos de tocar: han sido manoseadas y violadas a gusto y gana.

Ello es lo que ya se venía haciendo en algunos lados, como es sabido y notorio, pero ahora al amparo de la peste. Para ganar tiempo ya no necesitan el auxilio del papa Francisco, como ha ocurrido con Maduro, pues la pandemia arregla todo. Justifica incluso las dificultades económicas que se arrastraban desde antes y también la falta de capacidad para afrontar la responsabilidad de gobernar y los desafíos de la economía agravados por la pandemia. A la covid-19 se le van a cargar muchas culpas extra además de las propias, sin duda.

La peste está ayudando a incapaces, autoritarios y dictadorzuelos. Hay algo orwelliano en todo esta situación que nos remonta a su 1984 y a aquel Gran Hermano totalitario que mantenía al estado en una guerra contínua y a los ciudadanos pendientes de ella, atemorizados y en vilo, y de hecho en régimen de cuarentena para enfrentar y defenderse de los enemigos que venían del exterior.

La covid-19 es hoy ese enemigo que viene del exterior. Sin duda hay que cuidarse de él, y mucho, pero al mismo tiempo no hay que descuidarse, ni un solo momento, de los designios de los que a caballo del virus se aprovechan para defender y justificar sus bastardas ambiciones.

© LA GACETA

Danilo Arbilla – Periodista. Ex presidente de la Sociedad Interamericana de Prensa.

Temas

Coronavirus
Comentarios