“Entre la vida y la economía, sin dudas hay que elegir la vida”, dijo el decano de Medicina

Mateo Martínez avaló la cuarentena: calculó que precisa siete días más.

27 Mar 2020 Por Irene Benito
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la gaceta / foto de diego aráoz

Mateo Martínez dice que el mundo conoció muchas otras pandemias en el pasado, pero que ninguna tuvo la velocidad de expansión del coronavirus Covid-19. Para el decano de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Tucumán (UNT), el tiempo juega un papel decisivo en el ataque a este mal planetario, que supera la ciencia ficción. Durante una conversación telefónica, Martínez insiste en los días ganados y en los días perdidos, y en cómo unos y otros influyen en el resultado de la estrategia que aplicaron los distintos países. Si bien está de acuerdo con el plan implementado por el Gobierno argentino, el decano se declara partidario de una solución “a la china”, es decir, del aislamiento más riguroso posible. Y aunque sabe que este tipo de confinamiento total produce pérdidas materiales relevantes, el médico recuerda que la salud es lo primero. “Entre la economía y la vida, sin dudas hay que elegir la vida”, afirma.

Durante el diálogo, Martínez enuncia y defiende cuatro ideas: 1) en Tucumán hay galenos con la calidad y en la cantidad suficientes, pero una pandemia de este tipo supera a cualquier sistema sanitario; 2) en aras de ganar tiempo y evitar mayores daños, es necesario que la provincia haga los tests de coronavirus porque, además, tiene instituciones en condiciones de asumir esa tarea; 3) los profesionales de la salud necesitan mayor reconocimiento y 4) como mínimo, la cuarentena debería ser extendida una semana más. A modo de reflexión final, y después de distinguir los quehaceres de epidemiólogos e infectólogos (se informa por separado), el decano anhela que este fenómeno tan particular y angustiante no ocurra en vano, y que cada individuo y organización extraiga de él una lección edificante.

Al igual que la mayoría, la existencia de Martínez transcurre en el teléfono. “Mi unidad académica fue la primera que dijo ‘suspendemos todo’. Lo hicimos antes que la UNT y que el Estado Nacional. Desde entonces estamos en un estado de alerta. El Consejo Directivo sesiona día de por medio en forma virtual. No queremos ni podemos perder muchas clases, pero también somos conscientes de que debemos privilegiar el derecho a la vida por sobre el derecho a estudiar”, explica.

-¿Qué hace especial al Covid-19 respecto de las pestes pretéritas que conoció la humanidad?

-Hubo otras pandemias, pero ninguna con esta velocidad de propagación porque la interconexión que hoy tenemos es única en la historia. A eso hay que sumar la altísima densidad poblacional. Todo lo cual nos remite a un episodio con características novedosas por donde se lo mire. Desde hace 10 o 15 años, los epidemiólogos vienen pronosticando una pandemia de este tipo. En septiembre, siete u ocho expertos avisaron que el mundo no estaba preparado para el desafío sanitario que se preveía y presentaron sus conclusiones a la Organización de las Naciones Unidas. Este documento alerta sobre la tendencia a desinvertir en la salud pública y el peligro de mortandad humana que ello conlleva. Quienes reivindicamos con justa causa nuestras libertades individuales, en momentos de crisis miramos hacia el Estado y nos preguntamos cómo nos protegerá. Los especialistas calculan que habrá millones de muertes y que caerá el 5% del producto bruto mundial: eso equivale a casi 10 producciones anuales de la Argentina. Una epidemia de esta clase no sólo tiene connotaciones sanitarias y biológicas, sino también sociales y económicas. Lo que estamos viviendo es absolutamente excepcional y todos estamos aprendiendo sobre la pandemia a medida de que transcurre.

-¿Qué opina de la decisión de la cuarentena total?

-Es la mejor respuesta. Yo soy partidario de una reacción “a lo chino”. No soy autoritario, pero sí creo que una medida drástica es mejor que una relajada. En China hay una disciplina social acusada y los métodos de control son muy duros. En el otro extremo están países como Italia y España, y, ahora también, Estados Unidos. Allí siguen jugando con la idea de que la libertad y la economía son más importantes que la vida y la seguridad pública, y ese vacilación ralentiza la toma de decisiones drásticas. Creo que el Gobierno argentino ha actuado en forma intensa y razonablemente oportuna al decretar la cuarentena. No podemos evitar que el virus entre, pero sí aplanar la curva de los contagios para impedir la saturación del sistema sanitario, que es el mayor riesgo que corremos. Hay economistas que dicen que la parálisis cuesta U$S 1.000 millones diarios al país y, sin duda, es un lujo que no podemos darnos. Pero, ¿qué está primero? ¿La economía o la vida? Para mí no hay dudas de que sin vida no hay economía, no hay sociedad, no hay derechos… no hay nada. Por eso apoyo la decisión del Poder Ejecutivo de la Nación.

-¿En qué condiciones encuentra el coronavirus a Tucumán?

-En términos sanitarios y en función de lo que conozco de las escuelas de Medicina del país, nuestra provincia está en el mismo nivel que el resto. Cuando uno mira hacia Italia, que es el mayor temor que tenemos, advierte dos problemas: el envejecimiento de la población y el modelo liberal de atención de la salud. La proporción de adultos mayores allí asciende al 22% mientras que en la Argentina no supera el 10%. Los modelos liberales funcionan bien en condiciones de normalidad social e institucional. En la Argentina, el sistema sanitario estatal tiene una fuerza mayor que en otras naciones. No creo que en Tucumán sea distinto, pero en el Norte grande hay tasas e indicadores más preocupantes que en la Pampa húmeda. Ahí está nuestro problema: el riesgo de la crisis es que incremente las desigualdades preexistentes. No responde igual a una enfermedad una persona nutrida y abrigada que aquel que hoy está en Los Vázquez juntado comida. La pobreza del Norte grande establece la diferencia. Reitero: no veo que el sector estatal de salud de Tucumán sea distinto al de las demás provincias: ahora, que esté en condiciones de responder en tiempo y forma a esta pandemia, es otra cosa. De allí viene la importancia de la disciplina social de estar en la casa y de guardar la distancia debida para no contribuir al colapso sanitario.

-¿Y cómo golpea esta coyuntura a los médicos? Se oyen muchas cosas sobre los salarios y las condiciones de bioseguridad…

-Tucumán tiene 6.500 médicos aproximadamente. Quienes estamos dentro de esta grey tenemos una mirada distinta a la que existe afuera. El éxito económico, por ejemplo, es una falacia. La mayoría de los médicos hace el mismo esfuerzo que el del conjunto de los trabajadores. Trabajamos con las miserias, el sufrimiento, las dolencias y las enfermedades de nuestro congéneres, y eso no es grato. Los enfermeros la pasan todavía peor porque carecen de la pátina de prestigio social. Pero nuestra sociedad valora más a los futbolistas y a las botineras que a los integrantes de la salud. Producimos servicios en forma manual, muy cara a cara: el elemento más valioso del sistema, entonces, es el personal. Y sí me gustaría que haya más reconocimiento. Me pregunto, más allá de los aplausos que valoro enormemente, si la sociedad y el Estado están reconociendo como corresponde a quienes hoy se encuentran en la trinchera: muchos de ellos pertenecen al grupo de riesgo, pero no pueden enclaustrarse. Por eso pienso que su reconocimiento debería ser significativamente mayor.

-¿Le parece correcto que Tucumán dependa de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires para la detección del Covid-19?

-Yo preferiría que haya más desconcentración. Varias instituciones de la provincia disponen de equipamiento y de personal entrenado para hacer los análisis. Entiendo que, al tratarse de pruebas recientes que no estaban suficientemente validadas, y que requieren de reactivos que no están disponibles en la cantidad necesaria, hubo una primera etapa de concentración de los tests en el Instituto Malbrán. La demora en la obtención de los resultados es un tiempo valioso porque el procesamiento de las muestras de Tucumán tarda varios días. Los europeos ya han resuelto este problema, a pesar del incendio que tienen sus países. No es un tema menor. Yo creo que hay tecnología suficiente en el país para desconcentrar el esquema de detección. Si presento los síntomas y a las seis horas me dan el resultado, rápidamente es posible someter al control y a la vigilancia epidemiológica a mi familia y a mis contactos estrechos. Pero, si tardamos seis días en vez de seis horas, hay un inconveniente. Discrepo en este aspecto del tratamiento de la pandemia y en que yo habría sido todavía más estricto con la cuarentena, pero, ¿es momento de discrepancias? Esto es como una guerra y en el medio de la batalla no se cuestiona ni a la autoridad ni a la conducción. En todo caso, esto debe suceder después.

-En función de la trayectoria de la curva del Covid-19 que estamos viendo, ¿cuántos días más de cuarentena avizora?

-Es una pregunta difícil. La cuarentena empezó con un plazo de 12 días: yo pienso que, de entrada, debió haber sido de 15 y hasta de 20 días. Porque se sabe que las medidas de restricción de circulación y la inmovilización son las alternativas más efectivas para reducir la circulación viral. Pero los dos o tres primeros días de cuarentena todavía hacíamos colas de 20 cuadras en el súper. O sea que perdimos 48 o 72 horas de los 12 días hasta que asumimos la necesidad de quedarnos en las casas. De modo que a ese término original hay que añadir cinco o seis días más. Con prudencia, le agregaría una semana más como mínimo.

-¿Espera que esta enfermedad global deje alguna lección a nuestra comunidad?

-Va a dejar una marca profunda. Estadísticamente, en Tucumán fallecen 9.000 personas por año: no parece un número significativo, pero la muerte es una tragedia para quien la sufre. Sería una pena que esto no dejara lecciones en la Facultad de Medicina. Está, por ejemplo, la revalorización de las tecnologías digitales para la enseñanza no presencial, que nosotros podemos aplicar al 30 o al 40% de nuestro programa: es imperioso que lo hagamos. Luego todos hemos de revalorizar el rol de la salud pública: es un bien social, no puede ser un producto del mercado. Si yo pongo un sanatorio es porque busco una renta legítima, honesta, honrada y legal en función de mis capacidades profesionales y ganas de servir, pero el objeto es una renta. Nuestros hospitales viejos, feos, sucios, no equipados, tienen como finalidad la protección y el servicio de la sociedad, con sus vicios y fallas. Esto muestra la importancia del sector público. La epidemiología no es una cuestión anecdótica, menos cuando hemos invadido el hábitat, y, por eso, tenemos dengue, zika y chikungunya. La Facultad de Medicina está, por su parte, generando lazos de mayor unión social. Yo tengo la esperanza de que esto nos humanice un poco más y nos enseñe que la solidaridad no se declama, sino que se practica. Y que aprendamos que la vida del otro depende de mí y que mi vida depende de la del otro. Ojalá que la pandemia nos ponga en alerta y que como sociedad ganemos conciencia sobre la existencia del prójimo. Eso es lo que espero.

Por tratarse de un contenido de máximo interés público, en el contexto de la pandemia que afecta al mundo, esta nota ha sido liberada por LA GACETA para que puedan acceder la totalidad de los usuarios sin restricciones.

 

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