Horco Molle: la selva de Tucumán oculta tesoros de la cultura candelaria

La Reserva no sólo te permite entrar en contacto con la naturaleza, y conocer animales y plantas. También podés ser “arqueólogo por un día”.

26 Ene 2020 Por Claudia Nicolini

Allí por donde se desplazan tortugas, corretean tapires o el puma que apareció en Tafí Viejo; bajo los árboles entre los que saltan monos y en los que se refugian tucanes y águilas; bajo la tierra de ese trozo de naturaleza protegida que es la Reserva Experimental de Horco Molle, duermen tesoros antiquísimos. “En realidad -aclara María Gloria Colaneri, jefa del área Arqueología de la reserva-, el área abarca toda Yerba Buena, la capital, el Manantial, Tafí Viejo, el Cadillal... Todos estamos parados sobre un inmenso sitio arqueológico de la cultura candelaria”.

Quiénes eran

Ser, eran personas, claro; personas que no se hubieran reconocido a sí mismos con el nombre de “candelarios”. No sabemos cómo se llamaban (y hay mucho más que no se sabe, ya veremos por qué), pero sí que vivieron -según las evidencias halladas- en todo el piedemonte tucumano y la llanura adyacente, en las serranías del noreste de la provincia y en el la sur de Salta, entre 200 a.C. y 800 d.C.

EN LA SELVA. Con técnicas forenses se busca no contaminar las muestras. gentileza equipo de arqueologia forense reserva de horco molle

“Pero pueden haber sido más de 1.000 años -resalta José Dlugosz, también arqueólogo, entrerriano y tucumano por opción-; las fechas se basan en la datación de los restos encontrados; pero siempre son provisorias, pues no sabemos qué pueden decir los próximos descubrimientos”. Se sabe también que eran buenos alfareros, y que combinaban agricultura y ganadería con caza, pesca y recolección. “La naturaleza era pródiga; no hacía falta construir terrazas de cultivo. Era más sencillo migrar cuando cambiaban las condiciones”, resalta Dlugosz.

Esa prodigalidad de la naturaleza, que a ellos les hacía la vida “más sencilla”, es la que hasta hoy dificulta saber cómo eran sus costumbres, sus creencias, su organización social... “La humedad; la consecuente densidad de la vegetación; la pendiente, que favorece el escurrimiento de agua y genera mucha acumulación de sedimento, entre otros factores, hacen que las evidencias se deterioren muy rápido y que estén cubiertas por capas de tierra, sobre la que después se ha cultivado”, explica Colaneri.

El azar en ciencia

Volvamos a la reserva: fue creada 1986 para que la Facultad de Ciencias Naturales tuviera un laboratorio de campo para actividades e investigación en Biología, Geología y Arqueología. Hoy recibe visitantes todos los días de 9 a 19, y se transformó en un clásico; los chicos suelen ser felices con los animales. Pero pocos saben que también se puede ser “arqueólogo por un día”.

CERÁMICA. Restos de vasijas funerarias halladas por lugareños. Puede verse la decoración por incisiones. la gaceta / fotos de franco vera

Ana Bazán Sosa, Lorena Galarza y Juan de la Vega son estudiantes de Arqueología; Jesicca Trejo, de Biología. Los cuatro se encargan de los talleres que organiza la reserva. Se dictan en un sitio delimitado igual que las excavaciones “profesionales”, donde quienes se prenden en el desafío conocen y ponen en práctica las minuciosas técnicas necesarias para rescatar patrimonio arqueológico.

“Lo hicimos aquí porque estaba el lugar; pensábamos que siempre serían ‘simulacros’, pero lo cierto es que empezaron a aparecer restos prehistóricos”, cuenta Ana. Medio escondida detrás de ella, porque es muy tímida, estaba Luana Bazán, arqueóloga amateur de 10 años cuya familia vive cerca de la reserva. “Yo encontré trozos de cerámica”, cuenta. “Y yo, huesitos de animales”, agrega su hermano Lautaro, de 12.

Esto es lo que normalmente pasa con lo que quedó de la cultura Candelaria: por las características del territorio y de la cultura (como no se localizaron aldeas, no es sencillo saber dónde buscar), los hallazgos son con frecuencia casuales y de objetos fragmentados.

APRENDIENDO. Luana Bazán, que vive cerca de la reserva, ya es “experta” en las excavaciones de los talleres.

“Muchas de las evidencias se encontraron accidentalmente”, dice Lorena y enumera: a veces cuando se cavan cimientos de viviendas, como en La Rinconada (Yerba Buena); otras, porque baja mucho el agua de El Cadillal; los bikers en los senderos han tropezado con más de un mortero de piedra... hasta cuando hay tormentas fuertes los lugareños hallan urnas que el agua, bajando en correntada, deja al aire...

“Todos estos fragmentos -añade Colaneri, ya en el laboratorio, y señala el mesón con los tesoros- los encontraron vecinos de la zona. Trabajamos mucho con ellos: nos avisan los hallazgos, nos los facilitan, los registramos, los estudiamos y los devolvemos. Ellos los aprecian mucho; nosotros los ayudamos a saber cómo cuidarlos mejor”. El registro incluye una reconstrucción digital en 3D de las piezas, a cargo de Juan, que permite ir construyendo una base da datos que está disponible on line para cualquier interesado en conocer la cultura candelaria.

El valor de lo pequeño

Las dificultades que hasta ahora impedían avanzar en profundidad con la investigación siguen existiendo, pero nuevas técnicas de laboratorio están permitiendo conseguir datos incluso de restos incompletos o un poco degradados. Y aquí el trabajo de los estudiantes, en especial el de Jesicca, es fundamental. “Con tecnología actual, mucha usada en el ámbito forense, como el luminol, radiografías dentales y -cuando podemos acceder- pruebas de ADN conseguimos datos muy valiosos de los restos humanos: edad, sexo, enfermedades...”, cuenta. Y Lorena agrega: “el estudio de minerales en las piezas de cerámica nos permite saber si la materia prima es local o no, y comenzar a descifrar, por ejemplo, movimientos migratorios”. En general, añade, no están pintadas; la decoración se hacía con incisiones. “Un elemento característico de Candelaria es el uso de grandes urnas funerarias para el enterratorio de adultos; en otras más pequeñas, depositaban los niños. Algunas grandes urnas pueden contener hasta tres individuos”, cuenta Dlugosz.

Y, a la hora de los análisis, han podido establecer nuevos datos: contra lo que se supuso durante mucho tiempo, al menos en enterratorios de niños en las urnas no se colocaban los huesos, sino todo el cuerpo apenas fallecían. Lo saben porque encontraron rastros de hemoglobina humana y de albúmina, lo que implica sangre fresca.

Con este esfuerzo científico y este entusiasmo humano (que seguramente se reforzarán si el grupo consigue cómo hacer pruebas de ADN), los secretos que todavía encierran los sitios arqueológicos de Candelaria entre la selva tucumano podrán seguir siendo develados.

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