El arquitecto que quiere salvar a Tafí del Valle de la defunción urbanística

Con cuatro décadas de experiencia en la villa veraniega, Merlini cuestiona el crecimiento agresivo y el incumplimiento del Código de Edificación vigente que él mismo redactó en 1990. El arquitecto dice que la falta de respeto a la cultura local y al paisaje generaron una pérdida de identidad y amenazas serias para el que sigue siendo el mayor paraíso tucumano.

26 Ene 2020 Por Irene Benito
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EN EL CAFÉ. El “Oso” Merlini bosquejó algunas ideas en un cuaderno. la gaceta / fotos de irene benito

Se nota que pasó más de la mitad de la vida en Tafí del Valle porque es difícil sacarle la edad, ventaja “antiage” característica del lugareño. Y, cuando habla y opina, Osvaldo Merlini (1950) rejuvenece definitivamente llevado por la pasión que le inspira el lugar donde desarrolló su inclinación por la arquitectura. Conocedor y luchador, el profesional discurre sobre los asuntos vitales para la preservación del que, con sus achaques y deterioros, sigue siendo el mayor paraíso tucumano. Merlini se rebela contra las agresiones que sufre este oasis con “aire acondicionado natural”, como lo definió Solano Peña, dueño del casco de la estancia Las Tacanas. Y autocrítico y crítico, enuncia en plural: “creo que los arquitectos tenemos que hacer un mea culpa en Tafí”.

“El Oso”, como lo llaman, subió en 1980, y presenció en primera fila la expansión y el crecimiento que asombra y alarma al mismo tiempo. En 1990 redactó el Código de Edificación municipal todavía vigente y tan vapuleado. Lejos de sumarse a la poética de la derrota, Merlini reivindica la arquitectura rural y “mimetizada” con el paisaje que plasmaron las estancias y puestos de montaña mientras advierte que la construcción en el cerro El Pelao es el ejemplo del desastre, y sentencia “la defunción urbanística” de El Mollar. El arquitecto y ex funcionario durante las intendencias del hoy legislador Jorge Yapura Astorga presiente que el hotel clausurado por transgredir las reglas de altura entre otras disposiciones terminará imponiéndose debido a la debilidad del Estado y llama la atención sobre el riesgo de extinción que enfrentan los yacimientos arqueológicos rodeados de loteos. En el café La Quebradita, Merlini atribuye estos escenarios penosos a la insensibilidad: “Tafí se hizo más grande de lo que pensábamos muy rápido. Hoy hay un turismo más extenso y más intenso, y sin la conciencia que precisa el lugar”.

-¿Qué significa esto?

-Llega más gente y, quizá, una porción significativa no está preparada culturalmente para vivir en este valle como es debido.

- ¿En qué consiste esa educación?

- Lo primero es el ambiente: hay que saber que este es un valle delicado, que está en el límite, lábil, vulnerable y expuesto a las agresiones. Lo agredimos con las motos, con los ruidos, con las construcciones… Es un paisaje que debemos cuidar los que lo habitamos y los que pasan ocasionalmente. O sea, este medio cada vez más presionado exige respeto. Aquí venimos a buscar solaz para el espíritu: es un paraíso con una temperatura extraordinaria. El problema es su uso abusivo. Si a este lugar natural que tenemos que cuidar le agregamos un urbanismo no planificado y que crece por donde se le ocurre a cada uno y por caminos hechos de cualquier forma, vamos mal, y el destino es bastante incierto y preocupante.

- ¿Qué hacemos para dejar de llorar sobre la leche derramada?

-Yo vengo bregando por esto desde el año 80 con distintos gobiernos, y con acciones públicas y privadas, y veo que es muy difícil encaminarlo porque aquí conviven dos culturas: la local y la del visitante. El habitante permanente va perdiendo su identidad al absorber las formas ajenas. Eso ocurre en todas partes, pero puede ser moderado para que lo propio no desaparezca. No pretendo que los chicos de aquí se queden anclados en la bombacha, las alpargatas y el caballo, sino que tomemos conciencia de una cultura subyacente que se va perdiendo y transformando en algo amorfo, que me parece triste. Es parte de la acción gubernamental insistir en el mantenimiento y la preservación de la cultura de los lugareños, que, reitero, están expuestos a una agresión impactante. Es un choque cultural total que genera conflictos. Hay que tratar de que lo que suceda en adelante sea distinto y mantenga cierto criterio de crecimiento. A mí esto me aflige porque cada vez más se ocupan áreas que deberían estar reservadas. El Pelao, por ejemplo, es el paradigma de lo mal hecho.

- ¿Por qué?

- Este lugar, que en el Código de Edificación aparecía como área de reserva paisajística y ecológica, fue urbanizado de cualquier manera con el agravante de que, encima, este cerro no pertenece a la jurisdicción municipal de Tafí del Valle. Las tierras más alejadas corresponden a la comuna de El Mollar, pero es imposible que esa administración las pueda atender porque apenas se ocupa de lo próximo. Las Carreras, Rodeo Grande… son lugares que están a la buena de Dios. Y allí se ve esa pérdida cultural que mencionaba porque el lugareño fue desplazado por un turismo desorganizado, que abre y cierra vías de circulación, e incorpora infraestructura de mala calidad. La lucha aquí, del día a día, es tomar el Código de Edificación de 1990, y adaptarlo a una realidad que ha cambiado muchísimo en estos 30 años y que seguirá cambiando.

- ¿Cuál es la edificación que debería hacerse en Tafí?

-Los arquitectos que construyen en sitios como este tienen que tomar nota del ambiente, de la mano de obra y de los materiales locales. La arquitectura debe ser un producto de eso, sobre todo del respeto del contexto porque una construcción es una afectación duradera del paisaje. En el Código está escrito que debemos buscar una arquitectura regional y sustentable... Muchos construyen con base a modas extranjeras en un lugar con una cultura ancestral que, desafortunadamente, está desapareciendo.

- Los caciques y comuneros de la zona recibieron cierto poder en las últimas décadas, ¿cuál ha sido el efecto de esa política?

- Es una cuestión bastante discutida en la que es difícil entrar. Hay una letra jurídica escrita, pero, desde el punto de vista de la tenencia de la tierra, podés pelear hasta el fin del mundo. ¿De quién es? La Constitución protege la ocupación ancestral, pero, ¿hasta dónde? Hace 70 años los puestos de la montaña permitían que las vacas y las ovejas pastaran arriba y abajo, pero esto ya no es así. Las tierras fueron cerradas y loteadas: la gente dejó de tener la propiedad ancestral y pasó a tener la legal. Se iba a hacer un relevamiento general para determinar los territorios de los pueblos originarios, pero ese censo final no se concretó y todavía existe una nebulosa en ciertos puntos donde hay conflicto: La Costa, Rodeo Grande, El Rincón, La Angostura… El Instituto Nacional de Asuntos Indígenas (INAI) tenía que venir y no sé por qué causas no hizo el trabajo de delimitación. Supongo que en algún momento lo hará…

- ¿Pero no será ya demasiado tarde? Porque, mientras tanto, el crecimiento sigue.

-Sí, es un escándalo. Hay zonas que están en guerra, te diría. Hubo disparos, quemas de postes y ataques personales. Es un asunto muy complicado que yo todavía no tengo claro, pese a padecerlo todos los días.

-¿Los arquitectos tienen que hacer un mea culpa con Tafí del Valle?

-Creo que sí. Cuando llegué aquí hace cuatro décadas no sabía qué iba a hacer. Venía de la Facultad (de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Nacional de Tucumán) tremendamente ideologizada de los años 70. Me recibo en 1978 y subo con mi rollito. Y tengo la suerte de ser contratado para trabajar cuatro días en la Municipalidad de Tafí con la planificación del “perilago” de La Angostura junto al arquitecto Hilario Zalba. Este profesional había formado parte de la Escuela de Arquitectura de Tucumán en 1950 con (Eduardo) Sacriste, (Jorge) Vivanco y (Horacio) Caminos. Y yo de repente encuentro que soy la persona justa en el lugar y en el momento justos. El hombre que me ayudó y guió es Zalba, a quien conocí aquí y, después, me invitó a trabajar. Siempre digo que es como la plumita de (la película) Forrest Gump: uno no sabe para dónde va y, de pronto, aparece alguien que me indica el camino y que fue como un padre profesional para mí. Encuentro el valor de la arquitectura a partir de ese hombre y de su conversación. Así empecé a valorar el lugar y el ambiente de Tafí, y a aprender a respetarlo, senda que transito hasta hoy.

- Usted tuvo una formación privilegiada…

- Repito: cuando uno viene a trabajar aquí debe dejar de lado las modas. Esto es un valle particular con una historia particular, que tiene su tradición, y sus materiales ligados al clima y al lugar. Ahí es donde el arquitecto debe hacer pie: no puede prestarse a fabricar una casa de una revista o de Instagram.

- ¿Los arquitectos no están sabiendo decir que no?

- Es muy difícil cuando el cliente viene cargado con otra cultura, y pide una casa de Punta del Este o de Miami. Aquí hay una identidad arquitectónica que debe ser buscada y adaptada. Una buena forma de empezar es la Capilla Jesuítica de La Banda: es lo que yo hice. Visité las estancias, y me preocupé por averiguar cómo vivían; cómo usaban las galerías, los patios y salones… Por supuesto que incorporé nuevas técnicas y tecnologías, pero sin dejar esa raigambre tan noble, que no es de índole colonial, sino rural. Este mes salió un artículo muy importante en LA GACETA sobre los puestos de altura: es excelente el rescate de esas casitas que hizo Félix Montilla Zavalía. Hay que ver la forma de vida de los puestos; cómo distribuyen las unidades; cómo las “pegan” en el paisaje y cómo viven alrededor del patio central... Si uno toma las estancias y los puestos de altura, te sale la casa autóctona. Nosotros, los arquitectos, tenemos la responsabilidad de cuidar este valle, y de hacer una arquitectura acorde al lugar y al clima. No podemos levantar un monumento.

- También impactan las dimensiones y los contrastes actuales. Hay piecitas precarias, diminutas y típicas de la marginalidad del gran San Miguel de Tucumán, y mansiones y barrios privados…

- Las casas de “countries” no tienen nada que ver con Tafí: no van con el paisaje ni con la historia. Aquí tenemos que privilegiar la integración, los espacios verdes, las vistas… De pronto aparecen volúmenes que revelan falta de estudio y, en especial, una imposición al paisaje y no la mimetización que debemos buscar. El Código de Edificación cuida estas cuestiones, pero carece de mecanismos para obligar a su cumplimiento. En esto deberían jugar un rol fundamental los concejales y el intendente: ellos tienen que conocer las reglas de memoria porque de ellos depende su observancia. Los diagnósticos elaborados para el Código de Edificación vigente de 1990 son los mismos de hoy multiplicados por 100 y, si esto sigue así, terminará en un desastre. Mi criterio es que hay que seguir peleando y en este sentido valoro la acción que está desarrollando LA GACETA. Tenemos que difundir estas ideas para que la gente entienda los daños que ocasiona cuando horada el cerro con la moto, cuando suelta los caballos en la ruta, cuando saca el parlante a la puerta de la casa… El lugareño, el veraneante y el visitante ocasional tienen derechos y obligaciones, pero la convivencia sólo funciona si cada quien respeta la parte que le toca.

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