El humo que tapa la hipocresía

12 Ene 2020 Por Ezequiel Fernández Moores
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ESCENARIO. En Arabia Saudita se jugó el último Argentina-Brasil; Amnistía Internacional denunció que allí se maltratan mujeres. REUTERS (archivo)

“Estoy convencido de que, dentro de unos años, se recordará como una decisión acertada”. Lo dijo el presidente de la Federación Española de Fútbol (FEF), Luis Rubiales, sobre su decisión de modificar el formato de la Supercopa de España y de mudarla afuera del país.

Y la modificó tanto que hoy jugarán la final dos equipos que, de acuerdo al formato original, ni siquiera deberían haberla disputado. Porque ni Real Madrid ni Atlético de Madrid ganaron Liga o Copa del Rey -la Supercopa fue creada para enfrentar a los ganadores de ambas competencias-. Pero ambos ganaron sus semifinales a Valencia y a Barcelona, respectivamente, y allí están, definiendo el trofeo.

Zinedine Zidane vs. Diego “Cholo” Simeone. Ya no basta con crear nuevos torneos que alimenten vitrinas y cuentas de los clubes para ver quién es el más ganador. Ni alimentar el rating de las nuevas plataformas de transmisión, cada vez más caras, más elitistas. No basta ya con eso. Una vez creados, los nuevos trofeos son modificados. Y claro, invitar a Real Madrid, aunque no haya ganado nada en el año, atrae a la TV y a los patrocinadores.

El segundo punto es el escenario. Rubiales, el presidente de la Federación, impulsor del proyecto, respondió ayer a sus críticos desde Arabia Saudita, escenario insólito del torneo. Un clásico de España, un clásico madrileño, mudado al desierto. Rubiales habló ayer desde la localidad de Medina, donde llegó gracias a un tren diseñado, construido y operado por empresas españolas. Une las ciudades de La Meca y Medina. Es el segundo mayor contrato de empresas españolas fuera de España. Una inversión de € 7.100 millones; una infraestructura que, cuentan los enviados españoles, impresiona ya en la estación del aeropuerto de Yeda, ciudad sede de la Supercopa española. La estación tiene el acuario más grande de Arabia, con especies marinas y de coral autóctonas del Mar Rojo. Tanta obra hermosa, claro, sucede en medio de controles de seguridad y hasta salas de fumadores segregados por sexos (“fumar es un acto sensual”). Arabia Saudita levantó el veto en 2018 y la Supercopa de España muestra que las mujeres ahora sí son autorizadas a ir a la cancha. Algunos dicen que así el fútbol contribuye a impulsar cambios. Otros, todo lo contrario, creen que el fútbol se deja usar para sugerir cambios que, en rigor, son pura cosmética.

El miércoles pasado, horas antes de que Real Madrid y Valencia abrieran la Supercopa en Yeda, Amnistía Internacional (AI) protestó ante la embajada de Arabia Saudita en Madrid. Presentó algo así como su “equipo ideal” de la Supercopa. No estaban Gerard Piqué, Sergio Ramos, Luka Modric, Luis Suárez o Lionel Messi. No. Las camisetas amarillas del “Equipo por la Igualdad” mostraban los nombres de 11 mujeres que enfrentan penas de hasta 20 años de cárcel por haber reclamado derechos para las mujeres en Arabia Saudita. Algunas llevan más de 600 días presas; sufrieron descargas eléctricas y acoso sexual. AI recordó que las mujeres “no se pueden casar o trabajar sin autorización masculina”, deben tener un “wali o guardián hombre (generalmente padre, hermano o marido) y necesitan su consentimiento para numerosas actividades de su vida”, indumentaria incluida. Pero, eso sí, la Supercopa de España nos muestra que ahora las mujeres pueden ir a la cancha. “Estos grandes eventos -afirma AI- son una cortina de humo que trata de ocultar lo que se vive fuera de los estadios”.

Ya no se trata sólo de cambiar el concepto del trofeo y de quitárselo a los aficionados españoles. Es -a cambio de € 120 millones por tres ediciones- permitir que los principales equipos abandonen la propia Liga local en plena competencia, para dejar que la Supercopa sirva de vitrina a un país sin democracia. En Arabia Saudita está también ahora el Dakar. Y la última pelea entre Anthony Joshua y Andy Ruiz. O el último amistoso Argentina-Brasil.

Arabia Saudita es “amigo” de Occidente. Sus “faltas” son observadas con una vara distinta, respecto de otros países sin petróleo, o sin petróleo “amigo”. No importa si Arabia Saudita es responsable del asesinato de un periodista opositor dentro de una embajada, de crímenes de guerra en Yemen o de maltrato a las mujeres. Allí España formalizó negocios para construir trenes. Y la vieja amistad entre los reyes de ambos países. Y las inversiones mutuas. El fútbol, en rigor, es apenas un capítulo más. Un negocio como tantos otros. Sólo que más visible. Más ruidoso. Expone más la hipocresía.

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