Su amiga le prestará la panza para ayudarla a ser mamá

La historia de dos docentes a las cuales a Justicia autorizó para realizar una práctica de vientre subrogado.

20 Oct 2019 Por Lucía Lozano
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LA GACETA / FOTO DE ANALÍA JARAMILLO.

Si tuvieras que pedir un deseo, ¿cuál sería? “Volver a ser mamá”, resume Inés. Es lo que más quiere en su vida. Lo sueña día y noche. Ha decorado en más de una oportunidad la pieza del bebé. Se ha visto ahí, con el pequeño en los brazos. Pensó en nombres para nene y nena. Y tuvo que rearmar su corazón dañado cada vez que ese anhelo se rompía en mil pedazos.

Inés (que es el nombre ficticio elegido para esta nota) tiene 41 años y es docente de inglés. Fue mamá por primera vez hace 14 años. Se separó de su esposo de entonces y unos años después, en 2012, volvió a apostar al amor. Con su segunda pareja planeó ser mamá otra vez. Apenas quedó embarazada, comenzaron a aparecer los inconvenientes. Su sangre es del tipo RH negativo y la incompatibilidad -que en el primer embarazo no fue un problema- en esta oportunidad se hizo patente porque su organismo genera anticuerpos contra el bebé si es de otro grupo sanguíneo.

"Me conmueve su historia y, aunque al principio fue algo espontáneo ofrecerle mi vientre, me tomé un tiempo para hablarlo con mi familia y para pensarlo bien". Monica, la amiga que presta su vientre.

Después de una cesárea de urgencia, en la semana 32 nació una bebé. Había sufrido anemia fetal y urgía hacerle transfusiones de sangre. La pequeña no resistió. Murió al cuarto día.

Luego de varios meses de profunda tristeza, Inés volvió a intentarlo. Se hizo estudios y viajó a Buenos Aires. Visitó a los mejores especialistas. Quedó embarazada. En la semana 12 perdió al bebé. Esta vez había sumado la trombofilia a su diagnóstico. Se hizo cinco análisis para probarlo. Todos lo confirmaban. Y para peor, sus trastornos en el sistema de coagulación sanguínea sólo se pueden tratar con una medicación que entra en conflicto con su primer problema.

La angustia era profunda hasta el alma, describe la mujer alta, rubia, dueña de una serenidad que sorprende. “¡Qué mal me sentí al saber que no dependía de mi voluntad! Nos sentamos con mi esposo y pensamos hasta dónde íbamos a llegar con nuestro deseo tan fuerte de ser padres juntos. Ya no había forma de ser madre de esta manera. Tenía mucha angustia”, recuerda.

Con esa desazón Inés intentó retomar su rutina. Volvió al colegio, a la sala de maestros, y fue justamente ahí donde iba a encontrar una nueva esperanza.

“¿Y si yo te presto mi panza?”, lanzó Mónica, otra docente de inglés a quien conoce hace más de 20 años. Habían estudiado juntas en la facultad y se reencontraron hace casi una década en el establecimiento escolar ubicado sobre avenida América.

“¿Vos me estás hablando en serio?”, le preguntó Inés. Alguna vez se le había cruzado por la cabeza la posibilidad de pedir un vientre prestado. Pero le sonaba a deseo inalcanzable. Incluso su médico especialista en fertilidad le preguntó si no tenía alguna hermana que pudiera gestar su hijo.

Y resulta que Inés no tiene hermana. Pero sí tiene una amiga y compañera incondicional que no hablaba en broma cuando le ofrecía su panza. Mónica tiene 40 años y es madre de dos adolescentes. En ambos casos tuvo excelentes embarazos y fue muy feliz durante esa etapa. Incluso asegura que ni siquiera sintió dolor al traerlos al mundo por parto normal.

“Entiendo lo que es el profundo deseo de tener un hijo y vi todo el sufrimiento de Inés, cuando perdió a su bebé de cuatro días, cómo le costó salir adelante, volver a intentarlo y no poder concretar ese sueño de tener un segundo hijo. Me conmueve su historia y, aunque al principio fue algo espontáneo ofrecerle mi vientre, me tomé un tiempo para hablarlo con mi familia y para pensarlo bien. Entonces volví, la miré a los ojos y le dije desde el corazón ‘podríamos probar’. Y así fue, sin ningún tipo de presión”, relató.

Cuenta que su esposo la apoyó desde el primer momento. Aunque le preguntó varias veces: ¿estás segura de que esto no te va a afectar? También lo habló con sus hijos. Al mayor de ellos le produce miedo que la mamá corra peligro durante el embarazo. Pero ella no tuvo reparos en decirle que “en la vida todo el tiempo estamos corriendo riesgos; en este caso vale la pena y mucho”.

Con todo charlado, en noviembre del año pasado, el médico de Inés les dijo que iba a ir adelante con este plan siempre y cuando tuvieran autorización judicial. Se abría un nuevo capítulo: con la ayuda de la abogada Florencia Sanna iniciaron los trámites legales. Pensaron que iba a ser más fácil. “Tuvimos que demostrar que se trataba de un acto totalmente altruista, que en esto no había dinero de por medio. Pasé por varias pericias psicológicas y psiquiátricas. Hicieron entrevistas en mi casa y también les tomaron declaración a los docentes del colegio. La directora, por suerte, siempre nos apoyó porque sabía del dolor de Inés”, cuenta Mónica. “Que una mujer ayude a otra de esta forma en otros países es común. Aquí da lugar a pensar cosas raras, como que hay un negocio por detrás. Entonces, la Justicia se debía asegurar que era algo solidario”, añade.

El 3 de mayo, cuando Inés ya casi había perdido sus ilusiones en esta batalla, le llegó un mensaje al celular. Estaba en la sala de profesores y pidió permiso. Salió corriendo a la cocina para gritar de felicidad. Cuando llegó Mónica se abrazaron y lloraron juntas. La Justicia les había dicho que sí a su pedido. Sólo restaba que ellas se pusieran de acuerdo en algunas cosas y que se diera el momento justo para hacer la inseminación artificial en el vientre de Mónica.

“Yo tengo muy clara las cosas: seré una especie de tía del futuro bebé; tengo permiso para malcriarlo un ratito y que después su mamá Inés se lo lleve a la casa”, cuenta, entre risas, la mujer de pelo corte carré y ojos claros. Dice que le gustaría tener parto normal y pidió no amamantar al pequeño.

"No sólo me prestará su panza, sino que ha tenido que pasar por un montón de pericias y situaciones incómodas. La gente le dice que está loca, pero no le importa". Inés, la futura mamá.

Las dos docentes ya empezaron a prepararse para la maternidad de Inés. Hubo un primer intento, pero no prosperó porque justo ella sufrió una peritonitis. Si todo sale bien, en noviembre volverán a alistarse para una nueva prueba. La futura mamá no puede esconder todas las ilusiones que ha depositado en esto. Se le nota en el brillo de sus ojos celestes. La mira a Mónica y le dice, una vez más, “no se cómo agradecerte por tanto”. “No sólo me prestará su panza, sino que ha tenido que pasar por un montón de pericias y situaciones incómodas. Cuando la gente se entera de esto le dicen que está loca, pero a ella no le importa”, confiesa Inés, en una charla relajada en el comedor de su sencilla casa de Lomas de Tafí.

Mónica sí tiene sus respuestas. Para ella las cosas son más simples: para tomar una decisión le basta ponerse en el lugar del otro un ratito, entender su lucha y su sufrimiento. “Yo tuve la suerte de tener mis hijos bien, sanos. Y hay personas que no tienen las mismas posibilidades. Y pensar que sólo con prestar una parte de tu cuerpo por nueve meses podés cambiarle la vida a alguien. Es muy fuerte. Claro que tengo miedos, dudas. Pero creo que de eso se trata la vida, y hay que ir para adelante”, resume. A Inés se le cae una lágrima. Le toca la panza a su amiga y compañera. Ha soñado tantas noches con ver crecer ahí a su bebé que hasta ensayó canciones para cantarle todos los días cuando se vean en el colegio. Cruzan sus manos y celebran que hoy, en el Día de la Madre, Inés haya recobrado la ilusión.

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