Mundial de Rugby en Japón: comidas con sabor a nostalgia

Argentina Grill funciona en un famoso barrio de Tokio.

14 Oct 2019 Por Federico Espósito
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SIN SUSHI. Isamu Kato, el japonés “más argentino”, con sánguches de milanesa. la gaceta / fotos de federico espósito LA GACETA / FEDERICO ESPÓSITO

La comida japonesa cosecha amores y odios por igual entre los argentinos que visitan ese país. Tempura, yaki-soba, takoyaki, okonomiyaki y ramen son algunos de los platos típicos de una cocina en la que predominan el arroz, las frituras y el pescado, y en la que la carne de res es poco menos que una rareza. Debido a eso, para varios fue una bendición haber encontrado un local de comida argentina en un pequeño callejón de Shinjuku, uno de los barrios más famosos y comerciales de Tokio. 

“Los argentinos son especiales, loco. Acá a veces vienen tipos desesperados por comerse una milanesa; y cuando les pregunto hace cuánto están en Japón, me dicen que una semana”, cuenta Mateo Arakaki, argentino, hijo de japoneses, que atiende el turno del mediodía en Argentina Grill, la pequeña embajada gastronómica, en cuyas paredes se juntan Gardel, Messi, el Che y Cerati. “Después de la Segunda Guerra Mundial no había trabajo acá, así que mis viejos se fueron a la Argentina con ayuda del Gobierno de Japón. Lo mismo que ocurre hoy con los chinos, que con ayuda de su Gobierno pusieron un montón de supermercados en Buenos Aires. Yo nací y viví en Caseros hasta los 90, cuando me dieron a elegir entre quedarme o venirme a Japón porque la situación no estaba bien. Y me quedé hasta que terminé la secundaria, porque no me quería perder la gira a Bariloche. Qué locura fue eso”, rememora Mateo, mientras nos sirve un choripán con chimichurri que vale cada yen. Aunque se vino hace más de 20 años, a Mateo se le hace un nudo en la garganta cuando le preguntan si extraña Argentina. “Y sí. Dejé muchos amigos allá, y la sociedad acá es muy distinta. Recuerdo que al poco tiempo de llegar fui a ver un recital de Depeche Mode y mientras yo estaba como loco, los veía a los ‘japos’ todos parados. Con los años que llevo, ni a la comida me termino de acostumbrar. Lo que más me frena de volver es la inseguridad que hay allá. Acá perdés la billetera o el celular y aparece”, compara.

¡SALUD! Para el deleite de tucumanos y de cordobeses, Mateo ofrece fernet.

La bola se corre y a la noche siguiente varios periodistas y fotógrafos argentinos se llegan por Argentina Grill, un poco para sacarse el mal gusto por la eliminación de Los Pumas y otro poco para hacer la previa del supertifón que se acerca a Tokio. Algunos lo hacen acompañados por Isamu Kato, el japonés fanático de Boca, que va seguido a comer por ahí. “Isamu me dijo que venía con cuatro personas, pero llegaron como 10 y siguen entrando. ¿Así es siempre en Argentina?”, pregunta Inés Sekine, propietaria del local, quien lo atiende por la noche; y después de más de dos décadas viviendo en Shinjuku está acostumbrada a la precisión y puntualidad japonesa.

Inés es hermana de Mateo -aunque usa su apellido de casada-; y al igual que él, habla con un acento argentino inoxidable. “Lo que más vendo son empanadas, que hago yo misma. Ahora por el Mundial vinieron muchos argentinos, pero por lo general la mayoría de mis clientes son japoneses a los que les encanta la comida argentina. Hay uno que viene tres o cuatro veces por semana y con lo que gasta puedo pagar el alquiler. Le encanta el vino argentino”, comenta Inés. En la carta es posible encontrar incluso uno salteño. Y entre las opciones de comida, aparece la humita. Sí, se puede comer humita en Tokio. “Aunque está un poco adaptada al paladar japonés. Es más suave”, precisa Mateo.

Isamu, cuyo usuario de Instagram es @isamilanga, sorprende al pedir que levanten la mano los que quieren sánguche de milanesa. Un periodista de Buenos Aires pone sobre aviso a Inés que tiene un gran desafío, porque en el grupo hay dos periodistas y una fotógrafa que venimos de Tucumán, donde se rinde culto a la “milanga”. El resultado es un sánguche bastante diferente: pan muy crocante, una milanesa el doble de gruesa que el promedio de Tucumán y la ausencia total de tomate y cebolla. Así y todo, un manjar.

Para argentinizar aún más el ambiente, Inés sintoniza TN en el televisor, por medio de Youtube. Asegura que sólo lo hace porque estamos nosotros: no le gusta que sus clientes japoneses vean imágenes de asaltos, piquetes y esas cosas. Minutos después, el noticiero aborda casualmente la llegada de Hagibis, al que califica en un zócalo como “el peor tifón de la historia”. No, no es el peor de la historia, pero sí el más grande de las últimas décadas. La suerte parece echada, por lo que algunos deciden pedirse el que quizás sea el último fernet de sus vidas.

Al final, no es para tanto drama: el paso de Hagibis por Tokio se reduce a una tormenta sostenida durante todo el día con fuertes ráfagas de viento por la noche, pero nada de techos volando ni árboles caídos. El área metropolitana de la capital la termina sacando barata en comparación de prefecturas como Chiba, más cerca de la costa: allí se registran múltiples inundaciones y destrozos, además de un temblor de 5,7 grados en la escala de Richter, que hace sacudir los edificios en toda la región de Kanto, incluido Tokio. También golpea con dureza Kamaishi, sede del partido entre Namibia y Canadá, que se cancela por precaución. En Yokohama, en cambio, todo ha vuelto a la normalidad y hay juego. Japón elimina a Escocia con una actuación soberbia, a puro tiki tiki en la primera parte y a pura defensa en la segunda, confirmando que se parece más a Jaguares que los propios Pumas. Así, se clasifica como ganador de su grupo a cuartos de final, donde lo espera Sudáfrica.

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