La historia de la madre que lucha para que sus hijos salgan de la droga

“Por primera vez siento que nuestra vida está cambiando”, confesó.

12 Oct 2019 Por Luciana Nadales

A los 12 años tuvo que ser encadenado a una cama para que no pudiese escapar y comprar más droga. Ahora, con 17 años, permanece internado en un hospital psiquiátrico y piensa qué será de su vida ahora que ya no depende de una sustancia.

Tiago residía en una casa del barrio 11 de Marzo junto a su madre, Myriam. También estaban sus hermanos Gabriela, Álvaro y G., de 21, 19 y 10 años. Desde junio, es supervisado por las enfermeras del Instituto de Psicopatología y Psicoterapia Integral Manuel Corbalán (IPPI), ubicado en avenida Colón al 1.000. Tiago fue consumidor durante muchos años de pasta base y marihuana. Mientras que su hermano Álvaro llegó a consumir cocaína mezclada con bebidas alcohólicas. Fue internado en la misma entidad, en agosto.

“Por primera vez siento que nuestra vida está cambiando”, expresó Myriam. “Hace años que vivo en un infierno y me levantaba cada día sin saber qué pasaría con ellos, a dónde los encontraría tirados”, agregó.

Mientras Myriam preparaba el desayuno en la casa y se preparaba para ir a trabajar, Tiago y Álvaro dormían. Cuando ellos se levantaban, automáticamente se iban para “la esquina”. Es el lugar más conocido en 11 de Marzo: la esquina de la droga. Allí, decenas de niños, jóvenes y adultos se juntan para consumir paco o cualquier otra sustancia. “Es la maldita esquina, de donde lo tuve que sacar cientos de veces. Eran las 23 y arrastrando lo metía a la casa”, contó Myriam. Según dijo, no había momento en el día en que ella pudiese compartir con sus dos hijos, como con Gabriela y G.. Ellos aprovechaban el tiempo durante la noche para comprar y consumir droga; y el día se tornó importante sólo para recuperar el sueño.

Luego de que en 2015 (a los 12 años), Tiago fuera internado debido a la gravedad que portaba por el consumo de droga, el chico pasó de internación en internación. Primero viajó a Río Cuarto (Córdoba), luego fue enviado a Chaco y terminó en Mendoza, hasta noviembre del año pasado. En el último lapso, Tiago llamó en reiteradas ocasiones a su madre para que le permitiera salir porque “no aguantaba”.

“Me acuerdo que me decía que iba a cambiar y que no iba a consumir más. Yo no quería saber nada con que salga de ahí porque en las clínicas los mantienen bien a los chicos. Incluso, me escribió una carta de despedida. Él ya no quería vivir”, relató. Myriam aceptó el pedido del chico y lo trajo de nuevo a casa. “Traerlo al barrio fue lo peor. Acá abunda la droga y la inseguridad. Mi hijo tuvo una recaída importante”, contó.

EN 2014. El chico fue encadenado para que no salga a comprar droga. captura de video

Luego de que el joven volviera a Tucumán y al mismo barrio, tuvo la recaída más grande. Tiago corrió riesgo de perder la vida. “Estaba desnutrido y súper débil. Salía a la calle y no sabía si volvería a verlo. Fueron años terribles”, expresó la madre. El chico comenzó a juntarse nuevamente con las mismas personas y retornó al paco.

Myriam decidió internar a Tiago y luego a Álvaro en IPPI. Desde junio, Tiago ha mostrado una mejoría: subió de peso y aunque suele visitar su barrio una vez a la semana, por el permiso que le otorgan, no volvió a pisar la esquina.

La tortura

Desde aquel día en 2014, cuando fue descubierto fumando paco, su familia teme por su vida. Tiago regresaba de la escuela con los ojos rojos y una actitud extraña. “Tenía la mirada perdida. Llamábamos a la Policía para que lo encontrara o salíamos a recorrer las calles”, dijo. El caso se conoció en esos momentos en el país mediante los medios de comunicación. Inclusive, la mujer fue invitada al programa que hasta hoy conduce Mirtha Legrand, en Buenos Aires.

Las ollas de la casa estaban escondidas debajo de la cama de Myriam. Luego de lavar la ropa, dudaba en colgarla en la soga para que se secara porque sus hijos la vendían para comprar droga. Según contó la mujer, los chicos convertían cualquier elemento de la casa en sustancia. “Me sacaban todo. Desde detergente hasta un paquete de fideos. La gente encima les compraba; ellos hacían unos cuantos pesos y se compraban droga”, se lamentó. Una tarde, cuando tenía aún 12 años, logró escaparse de su casa a través de un ventiluz del baño.

Cada vez que Tiago o Álvaro se quedaban sin estupefacientes, comenzaban los episodios de ansiedad y momentos de locura para Myriam, que debía contenerlos. “Una vez, Tiago fue encadenado a los pies de su propia cama para que no saliera. Me acuerdo que le había salido unos brotes en la cara por la misma basura de la droga”, dijo Myriam. “Se ponen en un estado de desesperación, como que ya quieren y no saben qué hacer. Yo los encerraba en casa si es que yo debía salir, justamente, para que no salgan. Sino, se iban a la esquina”, añadió.

A cuatro meses de haber vuelto a estar internado en una clínica, Tiago recuperó la confianza y ya sueña con salir y comenzar a trabajar, según contó su madre. “Está hermoso ahora y es muy inteligente. Lleva meses de abstinencia y merece una oportunidad laboral”, dijo.

Luego de haber transitado por cuatro clínicas de rehabilitación, el chico junto a su hermano, Álvaro (quien aún debe permanecer internado), dejó en claro que ya no formará parte de las drogas. “Me dijo: ‘Mamá, ya no quiero volver a eso. Esa esquina ya no es para mí’ ”, remarcó Myriam. “Quiero que Tiago tenga un trabajo. Le gustó la idea de inscribirse en el Servicio Cívico Voluntario. Ojalá nos tengan en cuenta. Sufrimos tanta discriminación todos estos años que espero que esta vez nos ayuden”, destacó.

Esta nota fue anteriormente contenido exclusivo, sólo accesible para suscriptores.

 

Comentarios