Con varias antologías a cuestas y un tránsito desacartonado como escritor del género, el narrador Juan Sasturain encara bajo el título “El crimen paga” una selección de veinte relatos que dan cuenta de las dos tradiciones más sólidas -la norteamericana y la británica- a través de autores como Edgar Allan Poe, Nathaniel Hawthorne, Jack London, Robert Louis Stevenson, Arthur Conan Doyle, Ambrose Bierce, Agatha Christie, Dashiell Hammett y Raymond Chandler.
El corte puede parecer arbitrario, como lo es toda selección, pero sirve a fines múltiples: recupera por un lado una secuencia temporal que describe cómo a lo largo de un siglo un género surgido de la periferia geográfica y literaria logró sacarse de encima esa fama marginal. Por el otro, esa cualidad inoxidable de resistir como una narrativa poderosa que no pierde la virtud de sintonizar con la agenda social.
Casi todos los relatos que integran “El crimen paga” (Edhasa) perfilan una escena donde asoman asesinos furtivos, detectives con implacable lógica deductiva y callejones en penumbras que habilitan las condiciones para el delito, aunque en la mayoría de los casos el crimen perpretado se transforma en el gesto errático y desesperado de hombres y mujeres que, antes de transformarse en culpables, han sido víctimas.
- ¿Cuáles son las particularidades de esta nueva antología?
- La antología está restringida a lengua sajona y abarca desde mediados del siglo XIX hasta mediados del XX, un siglo de literatura policial. Como todo corte, obviamente es arbitrario. La otra razón es conceptual: elegí los cuentos basándome en escritores y no en su pertenencia al género; yo no soy lector del género sino de autores. La literatura policial es una manera de leer. Y la palabra clásico tiene un sentido temporal que corresponde a los cuentos del primer período, pero lo excede. Hay un artículo de Rodolfo Walsh, que para todo era muy perspicaz, donde rastrea el origen del policial y dice que el primer detective está en la Biblia. Por eso el detective que aparece en las obras de Walsh se llama Daniel Hernández y funciona como un homenaje a ese primer detective bíblico.
- ¿Qué articulación se puede establecer con las anteriores antologías en las que trabajó?
- Argentina tiene una tradición en el género policial tanto en la practica como en la lectura. Nuestros grandes escritores son grandes lectores. Y además en la Argentina hay una riquísima tradición del cuento, cosa que en el resto de América Latina no es tan frecuente como sí lo es en lengua inglesa. Desde Borges a Walsh, nuestros escritores han sido cultores centrales o laterales del género. Y todos ellos han leído y antologado. Tenemos la antología de Borges y Bioy, que dirigieron la colección El Séptimo Círculo, aunque la que más marcó a mi generación fue la Serie Negra de Ricardo Piglia, que nos peritió conocer a autores como Hammett, a Chandler
- Poe, a quien identifica como fundador del cuento moderno y del policial, aparece en la antología a partir del relato “Tú eres el hombre” ¿En qué medida están representados en ese cuento algunos de sus recursos?
- La única razón por la que elegí ese cuento y no otro es porque no suele formar parte de las antologías, a diferencia de “La carta robada” o “El misterio de la calle Morgue”, un relato que establece todos los parámetros del cuento general y del policial en particular, e incluso su propia transgresión, porque no hay asesino. Extraordinariamente, Poe incorpora en un mismo relato las marcas del género como la presencia del detective o del método deductivo y en el mismo plano la posibilidad de quebrar las reglas, todo condensado en un mismo texto. Poe hace por un lado un elogio de la racionalidad como único disparador y camino para establecer la estructura y el desenlace de un cuento, pero el disparador es otro: conjurar el miedo, es decir, la neurosis. La idea es que el cuento policial o la apelación a lo racional deductivo, lo mismo que la filosofía de la composición y el modelo que utiliza Poe para la construcción de versos, es una manera de conjurar la locura. Es notable que todo eso haya surgido de un confín cultural porque ¿qué era Filadelfia allá por 1840? ¿Y Baltimore? ¿Y Nueva York? La primera generaciones de narradores norteamericanos nace de un confín. Melville, Hawthorne y Poe revolucionan la narrativa de su tiempo pensando desde un lugar muy periférico. (Télam)





