Por María Eugenio Villalonga para LA GACETA
- Hace unos años, un presidente nuestro dijo: “los argentinos descendemos de los barcos”, exhibiendo el inconsciente de una sociedad que niega su origen indígena y criollo. ¿Cómo se construyó en México el imaginario sobre el origen?
-México es un país bastante más mestizo que Argentina, con una presencia indígena mucho mayor pero también con una presencia criolla que como en toda América Latina, suele ser la clase alta. Pero el imaginario con el que yo crecí es muy distinto al que se está reconstituyendo ahora. Por ejemplo, de mi bisabuela materna, que era otomí, siempre nos habían dicho que la había adoptado una familia española y entonces el mensaje era: “bueno, es indígena, pero educada por españoles”. Pero resultó que no era cierto, no había sido adoptada, sino que era trabajadora en una hacienda española y que por el derecho de pernada, el terrateniente español podía disponer del cuerpo de las mujeres que trabajaban para él. Y entonces nacían en las haciendas muchos niños mestizos. Fue muy chocante saber que el linaje de uno viene de una violación. Pero, de cuántas, ¿no?
- “En el principio eran una madre y una hija” se lee en el comienzo. Y frente a lo masculino como fundador de civilizaciones, sostiene lo femenino como transmisor de conocimientos. ¿Esta es tu relectura de la tradición europea occidental?
-Pues sí. La novela revisita antiguos mitos griegos, con el intento de entender cómo se resignificaría la historia si no estuviera definida por las estructuras que inventaron los hombres para ellos. Hay un ensayo maravilloso de Ursula K. Le Guin que habla sobre eso, e invita a imaginar un mundo cuyas instituciones fueran inventadas por las mujeres. Dice que imagina que sería un mundo un poco más horizontal y fluido, como un caudal, y no una estructura rígida, vertical. Y fíjate que durante todo el periodo en que estuve escribiendo esta novela, mi vida cotidiana se redefinió por completo. Tras un divorcio, yo había comprado una casona vieja en el Bronx y vivía ahí con mi hija y mi perra. Llegó al poco tiempo mi madre a ayudarnos, luego llegó una sobrina a vivir conmigo y luego otra sobrina. Y luego la sobrina número uno tuvo una hija. Y luego se vino a vivir una amiga divorciada y luego otra amiga. Y a lo largo de los años, llegamos a ser siete, ocho mujeres viviendo en casa. Y eso redefinió la manera en que entendía la forma del cuidado, la forma de la conversación, la manera de estar.
- ¿Qué pasa cuando la lengua materna se desintegra, se pierde?
-Una vez, en Nueva York, una mujer triqui -que es otro grupo indígena oaxaqueño-, me dijo una frase sobre cómo las mamás nos enseñan a hablar y luego el mundo no hace más que callarnos. Ella me dijo eso como respuesta a mi pregunta de si sus hijos hablaban triqui y me dijo no, porque tienen miedo de que se rían de ellos en la escuela. Entonces, hay algo ahí de las lenguas maternas que se pierden constantemente. Pero en esta novela creo que tiene que ver más con la pérdida de la memoria. ¿Qué pasa cuando una madre, un padre, que fueron el sustento de tu estar en el mundo, pierden la memoria?
- En un texto de Borges, “Kafka y sus precursores”, él plantea que el escritor elige a sus precursores, inventa su genealogía y pensaba que en la novela hay dos robos: el del mosaico del dios Proteo y el de los libros de Plinio. ¿Qué le dio Borges a tu novela?
-Me encanta que estés viendo ahí algo que creo que se piensa poco, que uno elige a sus precursores, pero también usurpa lo que suele pensarse como perteneciente a solo un grupo de elegidos. No sé, solemos pensar pasivamente y cuando nos pronunciamos contra el canon, creo que tenemos que pensar que podemos usarlo para hacer lo nuestro, para reinventarlo.
- Pensaba si el dios Proteo, el que cambia de forma cuando se lo quiere atrapar, no sería una imagen de la lectura.
-Y de la escritura, en el sentido de que quien puede finalmente apresar a Proteo es quien tiene una capacidad suficientemente aguda, paciente, meticulosa de observación como para entender cómo se está transformando en una cosa u otra, como supuestamente lo fue Menelao. Pero, ahora que lo dices, me gusta más que sea una gran metáfora de la lectura. Así que me lo robo.
- Hay un diálogo en el que la hija le pregunta cómo es posible que no tenga licencia de conducir (antes se había hablado de la licencia por maternidad) y ella le responde, “la llevo perdida”. Es muy lindo este modo ¿mexicano? de expresarlo, que habla de llevar la pérdida con uno. ¿Ese pánico con el que se vive por perder a un hijo es lo propio de la maternidad?
-Sí, es un modo muy mexicano, “la tengo perdida”. Pero, ahora que me haces consciente de eso, sí es un modo rarísimo de decirlo. Y sí, siempre estás atravesada por ese rayo psíquico de terror por la pérdida. Pero te iba a decir que me encanta lo que destilaste de este modo extranjero para ti, de decir las cosas. Esa es la belleza de moverse entre idiomas, en donde uno es ligeramente extranjero en un idioma tan vasto como el nuestro, que ocupa un continente entero y más. Y es muy rico poder traducirnos así.
© LA GACETA
PERFIL
Valeria Luiselli nació en Ciudad de México, en 1983, y vive en Nueva York. Es autora de las novelas Los ingrávidos (2011), La historia de mis dientes (2013) y Desierto sonoro (2019), y de los libros de no ficción Papeles falsos (2010) y Los niños perdidos (2016). Ganó la beca «Genius» MacArthur, el American Book Award, el Folio Prize, el International Dublin Literary Award y el Premio Mondello. Es profesora en Bard College y en la Universidad de Harvard. Principio, medio, fin es su última novela.







