Henri, el traidor
Fue uno de los intelectuales socialistas más brillantes de su tiempo, sedujo a obreros, aristócratas y reyes y llegó a las puertas del poder. Pero Henri de Man atravesó demasiadas fronteras: del marxismo al revisionismo, del socialismo al autoritarismo y de la política a la colaboración con los nazis. Su extraordinaria parábola terminó con una condena por traición, el exilio y una muerte trágica.
Por Walter Gallardo para LA GACETA
Henri de Man no era un señor cualquiera. De hecho, el filósofo Jacques Derrida diría que se trataba de alguien fuera de lo común. Ni bueno ni malo, sino notablemente distinto, habitante de la zona gris en términos morales y ajeno al concepto binario al que Derrida solía acudir para caracterizar el pensamiento occidental. En ello se parecía al que fue su mayor admirador y mejor alumno, su sobrino Paul de Man, aquel talentoso profesor universitario que deslumbró en las aulas de prestigiosas universidades estadounidenses, para después de fallecido aparecer en la portada del The New York Times como el impostor que había ocultado un gigantesco pasado de estafas, traiciones y colaboración con los nazis, entre otros muchos pecados.
Habilidades
Masón, anticlerical y brillante orador, Henri de Man ostentaba además el don de la persuasión y una inteligencia aguda y febril. Su instintiva sagacidad para moverse en los laberintos del poder lo convertirían en el político que más influencia ejerció en Bélgica en los turbulentos años 30, incluso un poco más tarde, cuando las tropas alemanas desfilaron por las calles belgas ante una población resignada al fatalismo de su debilidad militar. Quienes lo frecuentaron lo describían como una mezcla de intelectual distinguido y hombre afable, alguien que se relacionaba sin conflictos con la aristocracia, que exhibía con franqueza y sin aires de superioridad sus hábitos burgueses y que, paralelamente, era capaz de hablar el lenguaje de la calle o encender a un auditorio de obreros con un verbo eléctrico y apasionado.
Nació en Amberes, en 1885. Como si fuera unido a su destino, ese mismo año se crearía el Partido Obrero Belga, partido que llegaría a liderar, insuflándole contenido intelectual y ambición de poder, y al que más tarde, cuando ya no era un instrumento útil para sus ambiciones o cambios de rumbo, acabaría destruyendo.
De Man provenía de una familia renombrada y próspera, aunque también protagonista de numerosos escándalos: desde el enredo indisimulado de romances e infidelidades entre parientes o las numerosas denuncias públicas por violación contra su sobrino Rik, encabezadas por la de su prima Minime; o las aventuras amorosas por todos conocidas de su hermano Bob, alguien que había renunciado al sentido familiar y a la discreción (llevaba sus amantes a casa y, sin afán de convencer, las presentaba como amigas de camino al dormitorio matrimonial); el suicidio de su cuñada Madeleine, esposa de Bob, al cabo de varios intentos y a la vista de su hijo Paul, que la encontraría colgando con una soga al cuello en el cuarto de planchar; y qué decir de su padre Joseph, famoso por su carácter explosivo y avasallador, aunque sobre todo por un episodio bochornoso: en medio de una misa arremetió contra el cura de una parroquia y lo golpeó casi hasta matarlo por haberle pedido a su esposa que respetara la cuaresma.
Con estos antecedentes, desde muy joven Henri de Man pensó que su papel consistía en una ruptura con su clase social. Eran los inicios del siglo XX, un tiempo de grandes antagonismos, conflictos sociales y partos ideológicos. Se inscribió en la universidad de Bruselas para estudiar Ciencias Naturales, pero pronto descubriría que su actividad política le impedía cumplir sus compromisos de alumno. Volvió a intentarlo en la Politécnica de Gante y de allí sería expulsado por manifestarse a favor de la Revolución Rusa de 1905.
Decidió entonces cambiar de aires. Al fin y al cabo, el dinero para solventar una educación de élite no era su problema. Se instaló en Leipzig, Alemania, una ciudad culta, eminentemente musical (lugar de nacimiento de Richard Wagner y donde vivieron y trabajaron Johann Sebastian Bach o Robert Schumann)
En la misma universidad donde estudió Goethe, emprendió dos carreras: Psicología Social y Economía Política. Se doctoró con apenas 24 años. Hablaba ya cuatro idiomas y ejercía desde los 22 el cargo de secretario de la Federación Internacional de la Juventud Socialista.
El estallido de la Gran Guerra lo encontraría alistándose en el ejército belga como reacción al asesinato del líder francés Jean Jaurés. Por su papel en el frente se le otorgaría el rango de teniente. Sería precisamente este conflicto y su resolución, con la firma del Tratado de Versalles, los que en 1926 lo llevarían a publicar Más allá del marxismo, su obra más conocida y premiada, además de polémica. Anticipaba la decadencia de los postulados de Marx y Engels y abría las puertas a un socialismo basado en la voluntad moral de los individuos. En esta etapa volvería a vivir en Alemania y más tarde en Suiza, con un periodo intermedio en Estados Unidos.
De regreso en Bélgica, su experiencia en el exterior y sus ideas harían crecer tanto su prestigio como las polémicas y los recelos hacia su carrera meteórica. Algunos sugerían, no sin mala intención, que su gran influencia sobre el joven monarca Leópold III pasaba por el romance clandestino que mantenía con la reina madre, Elisabeth. Fuera así o no, lo cierto es que su protagonismo no dejaba a nadie indiferente.
En 1933, ante una profunda depresión económica, da a conocer “El Plan del Trabajo”, que pronto pasa a llamarse “Plan de Man”. Consistía en la intervención del Estado en el crédito, el manejo de los sectores estratégicos, el aumento de los salarios para promover el consumo y la reducción de la jornada laboral como recurso para multiplicar la cantidad de empleos.
De Man avanzaba así a paso firme en las más altas esferas de poder. En 1935 es nombrado ministro de Obras Públicas y Lucha contra el Desempleo; al año siguiente, ministro de Finanzas, y por último, viceprimer ministro, la segunda autoridad de la nación en el comienzo de la Segunda Guerra Mundial.
En esta etapa se produce su enésimo giro ideológico. Poco después de que su país firmara una humillante capitulación, publicaría un manifiesto en el que aplaude la victoria alemana, disuelve su partido con el argumento de que la lucha de clases había terminado y pide a los trabajadores que colaboren con las tropas de ocupación.
A partir de aquí, su vida será la de un errante apestado, con una carga de desprestigio irreparable. Al principio se recluirá en la Alta Saboya. En 1944, ante el avance de los Aliados y su posible triunfo en la contienda, huye a Suiza. Sospecha con acierto que se le pedirá una rendición de cuentas. Y efectivamente, no pasará mucho tiempo para ello. En 1946, el Tribunal Militar de Bruselas lo condenará a 20 años de cárcel por traición a la patria. Su partido, el que había manejado a su antojo y ahora refundado, apoya la sentencia y lo declara un cadáver político.
Nunca más volvería a su país. El 20 de junio de 1953, en Greng, Suiza, estrellará su coche contra un tren marcha. Al lado iba su tercera esposa, Valeria von Orelli. Un antiguo compañero político llamado Paul-Henri Spaak lo recordaría así: “Sus errores no me impiden afirmar que fue el pensador socialista más auténtico del siglo XX, y uno de los pocos hombres que, en contadas ocasiones, me transmitió la sensación de genialidad”.
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Walter Gallardo - Periodista tucumano radicado en España.







